Ray Dalio advierte el fin del orden mundial y anticipa nuevo ciclo que redefine a los mercados

El colapso del orden posterior a 1945 abre una nueva etapa de competencia entre grandes potencias. Ray Dalio advierte que la historia muestra cómo las guerras económicas preceden a los conflictos abiertos.

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Bloomberg Línea — El orden internacional que surgió tras 1945 ha dejado de operar bajo las reglas que lo definieron durante décadas. Las principales potencias reconocen que el marco institucional que estructuró la seguridad, el comercio y las finanzas globales ya no ofrece certidumbre. En este contexto, los mercados vuelven la mirada hacia los ciclos históricos de conflicto y reorganización del poder.

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En la Conferencia de Seguridad de Múnich, varios líderes occidentales admitieron el fin de esa etapa. El canciller alemán Friedrich Merz afirmó que “el orden mundial tal como ha existido durante décadas ya no existe”, mientras el secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio, sostuvo que “estamos en una nueva era geopolítica” porque “el viejo mundo se ha ido”. Las declaraciones reflejan un diagnóstico compartido sobre el tránsito hacia una fase de competencia entre grandes potencias.

Uno de los inversionistas más influyentes y el fundador de Bridgewater Associates, Ray Dalio, encuadra este momento dentro de su teoría del Gran Ciclo. En su libro Principles for Dealing with the Changing World Order sostiene que “estamos en la Etapa 6 de la parte del Gran Ciclo en la que hay gran desorden que surge de estar en un período en el que no hay reglas, el poder hace el derecho y hay un choque de grandes potencias”. Su marco analítico conecta la dinámica actual con episodios previos de transición sistémica.

Dalio describe que las relaciones internacionales carecen de un árbitro efectivo y que, cuando las instituciones multilaterales no superan en poder a los Estados dominantes, prevalece la fuerza relativa. En su formulación, “el orden internacional sigue la ley de la selva mucho más de lo que sigue el derecho internacional”. Este enfoque sugiere que la competencia económica y financiera antecede a los conflictos militares y que los mercados reaccionan ante cada fase del deterioro.

De la guerra económica a la guerra militar

El análisis identifica cinco tipos de confrontación entre países. Incluye guerras comerciales, tecnológicas, de capital, geopolíticas y militares. La experiencia histórica indica que las primeras cuatro tienden a preceder a la quinta. Dalio advierte que “antes de que haya una guerra con disparos suele haber una guerra económica”. Esa secuencia resulta visible en los años treinta, cuando el proteccionismo, las sanciones y los bloqueos financieros anticiparon la conflagración global.

Durante la Gran Depresión, el colapso del crédito y el aumento del desempleo alimentaron tensiones internas y externas. Las potencias recurrieron a aranceles, controles de capital y expansión fiscal. El caso de Alemania mostró una recuperación acelerada apoyada en gasto público y monetización de deuda. Entre 1933 y 1938, el desempleo cayó del 25% a niveles cercanos a cero y el mercado bursátil alemán avanzó cerca de 70% hasta el inicio del conflicto abierto.

En Estados Unidos, la administración de Franklin D. Roosevelt impulsó programas financiados con déficit y expansión monetaria. Desde 1933 hasta finales de 1936, el mercado accionario registró un retorno superior a 200%, mientras la economía creció a una tasa real promedio cercana a 9%. El repunte coincidió con políticas de gasto masivo y con un aumento del impuesto marginal máximo hasta 75%.

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Dalio subraya que las depresiones deflacionarias derivan en emisión monetaria y reestructuración de deudas. En su texto señala que “las depresiones deflacionarias son crisis de deuda causadas por no haber suficiente dinero en manos de los deudores para atender sus deudas”. El patrón histórico muestra que la expansión fiscal y monetaria puede sostener a los mercados en la fase inicial, aunque la escalada geopolítica termina por alterar las expectativas.

El tránsito hacia la guerra abierta suele redefinir la valoración de activos. Dalio recuerda que “después de la Batalla de Midway de 1942, las acciones de los Aliados subieron casi continuamente hasta el final de la guerra, mientras que las acciones del Eje se mantuvieron planas o bajaron”. El desempeño bursátil reflejó la probabilidad percibida de victoria o derrota y anticipó la configuración del nuevo orden.

El dilema actual y la respuesta de los mercados

El marco del Gran Ciclo plantea que el riesgo máximo surge cuando una potencia en ascenso desafía a otra en declive. Dalio advierte que “el mayor riesgo de guerra militar es cuando ambas partes tienen 1) poderes militares que son aproximadamente comparables y 2) diferencias irreconciliables y existenciales”. La rivalidad entre Estados Unidos y China en torno a Taiwán encaja en esa definición.

La experiencia histórica muestra que las sanciones financieras, los bloqueos de capital y los embargos energéticos pueden forzar decisiones estratégicas. En 1941, el embargo petrolero de Estados Unidos a Japón cortó 80% de su suministro de crudo y aceleró el ataque a Pearl Harbor. En el entorno actual, las restricciones tecnológicas y los controles de exportación cumplen una función similar en la competencia por la supremacía industrial.

Para los inversionistas, la lección central reside en la preservación del capital durante fases de conflicto. Dalio sostiene que normalmente se vende deuda y se compra oro “porque las guerras se financian con endeudamiento y emisión de dinero, lo que devalúa la deuda y el dinero”. La recomendación se basa en el patrón de monetización de déficits y en la pérdida de valor real de los activos nominales durante guerras prolongadas.

La reorganización del orden mundial también redefine la arquitectura financiera. Tras 1945, Estados Unidos emergió como potencia dominante con el dólar como eje del sistema. Dalio concluye que ningún imperio ha sostenido su primacía de forma indefinida y que los ciclos de auge y declive forman parte de la historia económica. En su visión, la transición puede gestionarse mediante acuerdos que eviten una confrontación directa.

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Los mercados tienden a anticipar estos cambios antes de que se consoliden en el terreno político. En las etapas iniciales, la expansión fiscal y la inversión en sectores estratégicos pueden impulsar bolsas y materias primas. Sin embargo, cuando la competencia escala hacia sanciones amplias o conflictos armados, la volatilidad aumenta y el capital busca refugio en activos reales y en monedas de reserva.

La lógica estructural del poder

El diagnóstico sobre el fin del orden posterior a 1945 no se limita a una coyuntura diplomática, sino que remite a una dinámica estructural que se repite cuando una potencia dominante pierde ventaja relativa frente a otra en ascenso. En ese punto, las tensiones dejan de ser episódicas y pasan a ser sistémicas.

Dalio sostiene que “el conflicto surge cuando la potencia dominante comienza a debilitarse o una potencia emergente comienza a acercarse en fuerza —o ambas cosas”. La estabilidad no se erosiona por un evento aislado, sino por un desplazamiento gradual del equilibrio económico, tecnológico y militar que altera los incentivos estratégicos de ambos actores.

En ese contexto, la potencia establecida tiende a defender el statu quo institucional que consolidó en su fase de supremacía, mientras la emergente busca ajustar las reglas a la nueva correlación de fuerzas. La fricción surge cuando las diferencias no son meramente negociables, sino percibidas como esenciales.

Dalio advierte que el peligro no radica simplemente en la competencia, sino en la combinación de paridad estratégica y disputas que cada parte considera vitales para su supervivencia o legitimidad.

La transición entre órdenes internacionales también está condicionada por dinámicas psicológicas y políticas. Retroceder implica costos reputacionales internos y externos; escalar implica riesgos económicos y militares difíciles de calibrar. Dalio subraya que “la elección que enfrentan los países opuestos —luchar o retroceder— es muy difícil de tomar. Ambas son costosas”.

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Esta tensión crea un entorno en el que los errores de cálculo, la sobreestimación de la propia fortaleza o la subestimación del adversario pueden acelerar la deriva hacia escenarios de confrontación abierta.

El problema se agrava por la naturaleza acumulativa de las escaladas. Una vez que comienzan represalias sucesivas, cada movimiento tiende a exigir una respuesta proporcional o superior. Dalio describe cómo “las escaladas de acción y reacción son peligrosas” porque obligan a cada parte a no ceder terreno sin pagar un costo político.

En estas fases, la competencia se convierte en una prueba constante de credibilidad, donde la percepción de debilidad puede resultar más costosa que la propia confrontación.

No obstante, la historia también muestra que las transiciones no siempre desembocan en guerra directa. El propio Dalio enfatiza que “para lograr más resultados de beneficio mutuo es necesario negociar considerando qué es lo más importante para la otra parte y para uno mismo, y saber cómo intercambiarlo”. La capacidad de identificar líneas rojas, reconocer intereses esenciales del adversario y diseñar arreglos que preserven elementos clave para ambas partes puede amortiguar el choque sistémico.

El desafío central, por tanto, no es solo económico ni exclusivamente militar, sino estratégico y político. En fases de declive relativo, la gestión del poder exige evaluar cuándo conviene negociar y cuándo conviene confrontar. “Tener poder, respetar el poder y usar el poder sabiamente”, resume Dalio, aludiendo a la necesidad de combinar capacidad material con prudencia estratégica.

La declaración de que el orden posterior a 1945 ha concluido no constituye un episodio retórico aislado. Refleja una percepción extendida entre líderes y analistas de que el sistema entra en una fase de redefinición. La historia sugiere que los mercados no permanecen al margen de estas transiciones y que su comportamiento responde a la evolución del equilibrio de poder.