El regreso de María Corina Machado a Venezuela tiene algo de la magnitud y el dramatismo del regreso de Simón Bolívar hace más de dos siglos. Pero si quiere que su historia tenga un final mejor que el de una de las grandes hazañas heroicas de la Latinoamérica del siglo XIX, tendrá que combinar su pasión por su nación con paciencia para el cambio.
Aquí llega la heroína emblemática del país, una premio Nobel, que finalmente regresa a casa tras repetidos intentos fallidos y casi un año en el exilio, con miles de venezolanos que se apresuran a recibirla con admiración y orgullo. Para cualquiera que haya presenciado el sufrimiento que han padecido los venezolanos en los últimos años, las imágenes resultan sumamente emotivas.
En un momento en que Venezuela es objeto de cínicos cálculos geopolíticos, y mientras se forman alianzas políticas improbables y comienza una carrera por sus recursos petroleros, la dramática reaparición de Machado el domingo aporta un ingrediente esencial a esta historia: la esperanza. Para Washington, es un recordatorio oportuno de que esta compleja transición política solo se concretará si los venezolanos de a pie tienen una visión clara de un futuro mejor.
El regreso de Machado refuerza la necesidad de una transición política y un voto popular legítimo en Venezuela. No puede ser casualidad que, al día siguiente de su llegada a la capital, el Departamento de Estado de EE.UU. presentara su plan más claro hasta la fecha para nuevas elecciones, tras un proceso de reconstrucción institucional. Aún no se ha fijado una fecha definitiva, pero el plan contempla la creación de un nuevo Tribunal Supremo de Justicia (TSJ) para mediados de diciembre y una reforma del Consejo Nacional Electoral (CNE) poco después. Tras unos seis meses de funcionamiento de ambas instituciones, podrían celebrarse elecciones legislativas y presidenciales, lo que situaría una posible votación a finales de 2027 o principios de 2028.
Machado, quien ha sido apartada de las negociaciones mediadas por Estados Unidos entre el gobierno y parte de la oposición, ahora enfrenta el reto de cómo calibrar su influencia al regresar a la confrontación política directa. Las tensiones con la Casa Blanca han ido en aumento y, con razón o sin ella, algunos en la administración del presidente Donald Trump sospechan que su mera presencia en el país podría ser perjudicial tras la buena relación que forjaron con su acérrima rival, Delcy Rodríguez. Si ejerce demasiada presión, Machado podría descarrilar las llamadas conversaciones de “reconciliación” del secretario de Estado Marco Rubio.
Por eso, su mejor estrategia sería colaborar estrechamente con el gobierno estadounidense en temas como la restauración institucional y la recuperación de la industria petrolera, incluso si esto implica aceptar condiciones difíciles de digerir, como un proceso electoral más lento. Machado debería resistir la tentación de apresurar el proceso o hacer exigencias poco realistas, aunque tenga la legitimidad para hacerlo. Cuanto más sólidas sean estas nuevas instituciones, mejor podrán servirle cuando llegue al poder.
Sin la tutela estadounidense, el proceso de institucionalización será difícil. La idea de que Venezuela pueda pasar inmediatamente de la dictadura a elecciones libres y justas es una ilusión. Tan solo establecer el CNE requerirá esfuerzos titánicos: nombrar autoridades independientes, conformar un equipo profesional, cambiar el sistema electoral, rehabilitar decenas de partidos políticos y actualizar el registro electoral para incluir a millones de personas que viven en el extranjero. Todo eso llevará meses.
La buena noticia es que el tiempo está a favor de Machado. A menos que se produzca un cambio radical en la opinión pública, es muy probable que sea la presidenta de Venezuela. Las encuestas muestran que sigue siendo la política más popular del país. Su sola presencia otorga mayor fuerza popular a la campaña electoral.
Su reto será no impacientarse demasiado. “No se va a lograr una democracia a base de protestas callejeras”, declaró Rubio a la prensa esta semana, recordando los numerosos intentos fallidos de transición en Venezuela en los que ha participado. “La forma pacífica de lograrlo es mediante un proceso, y es el que hemos establecido. Y si este proceso no funciona, la alternativa será peor”.
Eso podría requerir concesiones políticas al régimen, algo que Machado nunca se ha caracterizado por hacer. Es comprensible que, tras décadas de abusos políticos, desee acabar con el chavismo. Pero eso no sucederá de la noche a la mañana. La reconstrucción nacional que Venezuela necesita no puede ser llevada a cabo por un solo grupo político.
“Esta es la última y mejor oportunidad que tenemos para hacer avanzar al país”, dijo Enrique Márquez, excandidato presidencial de 2024 que pasó un año en prisión por denunciar los resultados fraudulentos de las elecciones de Nicolás Maduro. Me comentó que era “consciente de la importancia de que los estadounidenses supervisen este proceso y de la necesidad de reconciliación entre los partidos políticos”.
Algunas de las personas con las que hablé en Caracas están convencidas de que el chavismo ha llegado a una etapa terminal, debilitado no solo por su falta de cohesión, sino también por el peso de ser un títere del imperio que siempre despreció. Quizás. Pero en cualquier caso, tras su fachada de fortaleza, Rodríguez y su séquito son cada vez más impopulares y no tienen cabida en el futuro de Venezuela. La torpe reacción a la llegada de Machado evidencia su evidente debilidad.
En tales circunstancias, es fácil comprender por qué Machado querría castigar a sus rivales. Pero ahora no es el momento. Venezuela está más cerca que nunca de una transición genuina, que será clave para atraer la inversión extranjera que necesita. Y para Machado, una postura más conciliadora no solo facilitaría la transición, sino que también demostraría que posee la capacidad política para ser la presidenta que Venezuela necesita con tanta urgencia y que merece con creces.
Esta nota no refleja necesariamente la opinión del consejo editorial de Bloomberg LP y sus propietarios.
Lea más en Bloomberg.com