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Bloomberg — El dominio de Netflix Inc. sobre las audiencias de la televisión por streaming está llevando a otras empresas de medios de comunicación a realizar costosas fusiones y adquisiciones que huelen a desesperación. ¿La ironía? Netflix podría ganarles a todos sin haber gastado un solo centavo para adquirir a ningún competidor.

Brian Roberts, de Comcast Corp., es el último magnate de la industria de medios de comunicación que, se dice, está a la caza de adquisiciones. Está estudiando la posibilidad de adquirir ViacomCBS Inc. (formada a su vez por una fusión bastante reciente) y Roku Inc. para tratar de mejorar la oferta de streaming del proveedor de cable, informó el Wall Street Journal, citando fuentes no identificadas. Mientras lo considera, David Zaslav, de Discovery Inc., está trabajando para cerrar un acuerdo por la división WarnerMedia de AT&T Inc. El operador inalámbrico es la última empresa que ha tirado la toalla en el ámbito del streaming, dejando que las redes de cable y los gigantes tecnológicos se encarguen de ello. Amazon.com Inc. acordó el mes pasado (mayo) la compra de Metro-Goldwyn-Mayer, el estudio cinematográfico conocido por producir la franquicia de James Bond. Mientras tanto, PlayStation Vue de Sony Corp. y Quibi cerraron tras darse cuenta de lo difícil que sería ganar dinero.

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El contenido es rey, pero de la deuda. La guerra del streaming está llevando a empresas que antes eran indiscutiblemente dominantes, como Comcast y Walt Disney Co., a endeudarse hasta límites insospechados para proteger su cuota de mercado y su prestigio. AT&T pasó a ser conocido como el mayor tomador de deuda no bancario del mundo después de adquirir Time Warner por US$102.000 millones en 2018; tres años después, está deshaciendo esa transacción. En 2019, Disney se tragó a 21st Century Fox por US$85.000 millones, sumándose a la trifecta de adquisiciones del ex director ejecutivo Bob Iger (Star Wars, Marvel y Pixar) que construyó los cimientos de Disney+. Comcast, tras perder la oportunidad de adquirir Fox, se hizo con Sky Plc por unos US$50.000 millones, y Shari Redstone volvió a unir las dos entidades de su padre, Viacom y CBS, que estaban en decadencia.

Todas estas fusiones y adquisiciones que han tenido lugar durante los últimos tres años suman más de lo que vale Netflix en capitalización bursátil y, sin embargo, no han terminado con el control de Netflix sobre más de 200 millones de suscriptores ni sobre los muchos inversores que favorecen sus acciones. De hecho, el pionero del streaming posee la moneda de acuerdo más valiosa del sector, pero no la ha utilizado para ninguna operación. Llama la atención que los nuevos competidores intenten parecerse tanto a Netflix sin adoptar los principios rectores que la convirtieron en la favorita: mantener las cosas sencillas, enriquecer a los creadores de contenidos en lugar de a los banqueros, garantizar que la tecnología sea la mejor y ofrecer la posibilidad de ver toda la cantidad de contenido que se quiera sin anuncios.

En lugar de adquisiciones corporativas, los codirectores generales de Netflix, Reed Hastings y Ted Sarandos, han invertido miles de millones de dólares en programación, cerrando acuerdos con destacados productores, directores y actores de Hollywood y comprando los derechos de obras populares. El hecho de que su último acuerdo sea con Amblin Partners, la productora de la estrella de la taquilla Steven Spielberg, lo dice todo. Y aunque su gasto en contenidos fue en su día una misión cargada de deudas precarias, ahora dicen que el éxito de Netflix es tal que la empresa ya no necesita recurrir a los mercados de deuda para financiar las operaciones diarias, y pronto debería empezar a desprenderse regularmente del exceso de efectivo.

La creciente popularidad de Disney+, HBO Max y Discovery+ sigue haciendo que Netflix trabaje más. Hastings y Sarandos están invirtiendo más en reality shows de competición dignos de ser vistos de un tirón, intensificando los esfuerzos de comercialización para el consumidor y, dado el acuerdo con Spielberg, tal vez también reconociendo la necesidad de abordar la debilidad de Netflix cuando se trata de la calidad de las películas. En Estados Unidos, la aplicación puede haber alcanzado su límite de crecimiento, por lo que su trabajo ahora es mantener a todos esos usuarios satisfechos. Será toda una hazaña si son capaces de lograrlo sin tener que recurrir a una sola fusión anticompetitiva o caer en la trampa a la que los egos y la paranoia de los CEOs les llevan con demasiada frecuencia: la construcción de un imperio que rara vez da resultados.