Combatientes talibanes en Kandahar, el 15 de agosto. Fotógrafo: Sidiqullah Khan / AP Photo
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Bloomberg Opinión — A los miembros del Talibán les gustaría que el mundo supiera que ya no son los asesinos en masa que solían casarse con menores de edad.

En una conferencia de prensa el martes, el portavoz talibán Zabihullah Mujahed dijo que no habría represalias contra los afganos que colaboraron con el ejército estadounidense. Las mujeres tendrían libertad para trabajar y estudiar, y los medios de comunicación serían libres de transmitir lo que quisieran, siempre que ambos se mantuvieran “dentro de nuestros marcos culturales”. Qué ilustrado.

Estas promesas quedan desacreditadas por los acontecimientos sobre el terreno. Los afganos que se colgaban de un avión militar estadounidense que despegó de Kabul no creen en la palabra del Talibán. Tampoco les creen las mujeres a las que hombres talibanes armados escoltaron fuera de sus puestos de trabajo en un banco de Kandahar y les ordenaron no volver. Tampoco lo hacen los periodistas que trabajan en una emisora de radio de Kabul y que vieron cómo el director de su emisora era asesinado a principios de este mes por talibanes armados.

Pero Mujahed no está trantando convencer a los afganos de las intenciones del Talibán. Espera que su fantasía convenza al presidente Joe Biden y a su administración de seguir subvencionando al gobierno afgano que estos yihadistas acaban de derrocar.

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Es fácil ver por qué. El jefe de Mujahed, el mulá Abdul Ghani Baradar, probable presidente interino de Afganistán, logró convencer al enviado estadounidense Zalmay Khalilzad haciéndole creer que los talibanes estaban interesados en un acuerdo político para compartir el poder. Ahora es evidente que el Talibán utilizó esas negociaciones como arma política para desmoralizar a los militares afganos, sin intención de llegar a un acuerdo. El plan funcionó sorprendentemente bien, como atestigua el rápido colapso del ejército afgano.

Así que ahora los talibanes esperan engañar a EE.UU. por segunda vez. Hasta este fin de semana, el gobierno de Biden se había comprometido a destinar al menos US$300 millones en ayuda a la reconstrucción tras la retirada de EE.UU. con el fin de “demostrar nuestro apoyo duradero al pueblo afgano”. Y el pueblo afgano ciertamente lo necesita. Según un estudio del Banco Mundial de 2019, el 75% del presupuesto del gobierno afgano está financiado por donantes internacionales, siendo EE.UU. el mayor por mucho.

La buena noticia es que el gobierno de Biden ha comenzado a establecer condiciones para reconocer al Talibán. El secretario de Estado, Antony Blinken, dijo el domingo a la CNN que EE.UU. reconocería y trabajaría con un emirato talibán en Afganistán si este respeta los derechos de sus ciudadanos y no alberga a terroristas. Más prometedora es la noticia de que el departamento del Tesoro congló todos los activos del gobierno afgano en los bancos estadounidenses.

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Pero nunca se sabe con la administración Biden. Después de todo, todavía está intentando negociar el levantamiento de las sanciones y la devolución de los activos congelados con otro régimen islámico, el de Irán, que muestra tanto respeto por los derechos humanos (y tanta hospitalidad con los terroristas internacionales) como los talibanes. Cuando el rápido colapso de Afganistán se hizo evidente la semana pasada, Khalilzad ofreció la posibilidad de que EE.UU. ayudara a un gobierno liderado por los talibanes si éste dejaba indemne a la embajada estadounidense durante su avance por Kabul.

Biden haría bien en rechazar las propuestas que intentan aprovecharse de la ayuda de EE.UU. para reformar al Talibán. Son irredimibles. Ya fue bastante malo que Biden abandonara Afganistán a pesar de las advertencias de sus líderes militares. Peor aún fue cómo la administración no planificó el rescate de los civiles estadounidenses y aliados afganos antes de la retirada militar. Subvencionar el régimen bárbaro que ahora ha tomado el control sería un golpe final e ignominioso para el honor de EE.UU.