Bloomberg Línea — La acción militar en Venezuela trae de vuelta los fantasmas de la intervención de Estados Unidos en América Latina, plantea un desafío para los gobiernos de izquierda, que enfrentan crecientes cuestionamientos sobre su relación con Washington y reconfigura de manera dramática el panorama político de la región.
La segunda administración de Donald Trump decidió endurecer la política exterior estadounidense, ahora inspirada y operando bajo la lógica de la Doctrina Monroe, con el fin de reforzar la influencia de la mayor economía del planeta en el hemisferio occidental, a cuyos países el postulado Monroe los considera “su patio trasero”.
Además, plantea interrogantes frente al margen de maniobra diplomático de los Gobiernos de izquierda en la región y el impacto electoral que este escenario podría tener en países como Brasil y Colombia.
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Para el académico y analista internacional Roberto Pérez, este giro reduce de manera sustancial “el margen de ambigüedad estratégica” al que muchos gobiernos de izquierda han apelado en los últimos años.
“Ya no resulta tan viable sostener discursos soberanistas o antiestadounidenses mientras se preservan relaciones pragmáticas con Washington”, consideró. “La nueva postura obliga a definiciones más claras, con costos políticos internos inevitables”.
De cara a las elecciones próximas en la región, una mayor presencia de Estados Unidos introduce un nuevo eje de polarización.
En algunos países, puede fortalecer a fuerzas de derecha o centroderecha que se presentan como garantes de estabilidad y buenas relaciones internacionales, según Roberto Pérez.
En otros, puede alimentar discursos de izquierda más radicalizados que capitalizan el rechazo histórico a la injerencia externa. “El resultado probable es una mayor volatilidad política, con campañas en las que la política exterior y la relación con Washington ganan peso frente a los temas puramente domésticos”, apuntó el académico.
Nace la “Doctrina Donroe”
Más de dos siglos después de su formulación original, el enfoque intervencionista reaparece bajo lo que el propio Trump ha denominado la “Doctrina Donroe”.
“La Doctrina Monroe es muy importante, pero la hemos superado con creces, por muchísimo”, dijo Trump poco después de las acciones militares en Venezuela. “Ahora la llaman la ‘Doctrina Donroe’”, aseguró Trump ante un grupo de periodistas a bordo del Air Force One.
Manuela Jiménez, analista Asociada para la Región Andina de la consultora Control Risks, dice a Bloomberg Línea que los antecedentes de la Doctrina Monroe plantean cuestionamientos al servir como una justificación de la intervención y la influencia de Estados Unidos en América Latina.
“Ha sido ampliamente cuestionada por legitimar injerencias políticas, militares y económicas que han vulnerado la soberanía de América Latina”, dijo a Bloomberg Línea Manuela Jiménez. “Esto marca un precedente conflictivo por parte de Estados Unidos, en el que incluso aliados históricos están cuestionando la legalidad y legitimidad de estas acciones militares”.
Cambian las reglas de juego
Con la Doctrina Donroe, hay una modificación de las reglas de juego en términos de las relaciones internacionales, comenta a Bloomberg Línea el analista y académico Alejandro Mantilla Quijano, profesor del Departamento de Ciencia Política de la Universidad Nacional de Colombia.
“Trump cambió las reglas del juego. En términos de la manera como usualmente Estados Unidos se comportaba frente a la región”, según Mantilla Quijano. “Es decir, siempre ha habido intervencionismo, imperialismo y un control de la región, pero ahora es mucho más directo y con menos rodeos. Y eso, sin lugar a dudas, muestra que Trump es una amenaza para las democracias de la región”.
Plantea que lo ocurrido en Venezuela debe leerse en un contexto más amplio de competencia entre grandes potencias por el control de recursos, territorios estratégicos y capacidad militar.
Esto en un escenario marcado por el aumento global del gasto en defensa y por tensiones derivadas de una crisis económica y ecológica de largo plazo.
“Estamos en un momento en que las tensiones militares y políticas entre grandes y medianos actores a escala mundial se van a profundizar”, comentó el académico Alejandro Mantilla Quijano, que agrega que Washington ha dado un giro profundo en su doctrina de seguridad.
Esta una nueva lógica estaría caracterizada por una intervención mucho más directa, con menor peso de la democracia y los derechos humanos. “La clave es el control de recursos”, dijo Mantilla.
Mantilla QUijani subraya que, aunque persisten especulaciones sobre fracturas internas en el chavismo tras la captura de Maduro, por ahora el oficialismo se muestra cohesionado alrededor de Delcy Rodríguez, lo que contrastaría con el relato de una transición negociada promovido por la Casa Blanca. “Por ahora, lo que se va dando es como una continuidad en el marco de la institucionalidad del madurismo”.
La izquierda se reconfigura
Para gobiernos como los de Brasil, México y Colombia, el desafío es particularmente complejo.
El analista Roberto Pérez señala que estas administraciones han intentado combinar agendas progresistas en el ámbito doméstico con una política exterior moderada y funcional.
“Una postura estadounidense más dura estrecha el menú de opciones: alinearse explícitamente con Washington puede erosionar apoyos en sus bases políticas, mientras que una confrontación abierta podría afectar flujos comerciales, inversión y cooperación financiera”, dijo el Roberto Pérez, académico de la Universidad del Rosario, en Colombia.
En la práctica, ve probable que estos gobiernos opten por una estrategia de retórica cautelosa y diplomacia activa, “buscando evitar rupturas, sin aparecer subordinados”.
Desde una perspectiva regional, considera que esta dinámica podría generar una mayor fragmentación de la izquierda latinoamericana en dos grandes grupos.
Por un lado, los gobiernos o movimientos que adoptan una postura confrontacional y de denuncia del intervencionismo, reforzando narrativas nacionalistas.
Por otro, podrían emerger izquierdas más pragmáticas que priorizan la estabilidad macroeconómica, el acceso a financiamiento y relaciones funcionales con Estados Unidos, "incluso a costa de tensiones ideológicas internas", analiza Pérez.
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Choque diplomático
La operación militar de EE.UU. en Venezuela generó un choque diplomático en la reunión de urgencia celebrada el lunes por el Consejo de Seguridad de la ONU, en la que EE.UU. defendió su lucha contra el narcotráfico.
El secretario general de la ONU, António Guterres, pidió respetar el derecho internacional que “prohíbe el uso de la fuerza contra la integridad territorial de los Estados”.
Ya el fin de semana, los Gobiernos de Brasil, México, Chile, Colombia, Uruguay y España expresaron su “profunda preocupación y rechazo frente a las acciones militares ejecutadas unilateralmente en territorio de Venezuela”.
A su juicio, estas operaciones “contravienen principios fundamentales del derecho internacional, en particular la prohibición del uso y la amenaza de la fuerza, el respeto a la soberanía y a la integridad territorial de los Estados”, señalaron en un comunicado conjunto emitido el domingo pasado.
Escalada de hostilidades
El reclamo de estos países se produce además en medio de la escalada de la hostilidad entre el Gobierno de Donald Trump y el del presidente colombiano, Gustavo Petro.
“A mí me suena bien eso”, respondió Trump sobre la posibilidad de emprender una operación militar en Colombia como la que llevó a la captura de Nicolás Maduro y su esposa en Venezuela.
Petro, quien formó parte de la ya desmovilizada guerrilla del M-19, amenazó con volver a tomar las armas en defensa de la soberanía de su país.
Esa misma semana, ambos mandatarios mantuvieron una llamada telefónica en la que limaron asperezas y en la que Trump abrió la puerta a una reunión con Petro en el “futuro cercano”.
La sombra de la injerencia estadounidense en la región resurge en el contexto de las recientes victorias de la derecha en países como Chile y Bolivia, que marcan el preámbulo de los procesos electorales en Brasil, la mayor economía de Latinoamérica y el Caribe, Perú y Colombia.
En la región, Trump mantiene como acérrimos discípulos a los mandatarios de Argentina, Javier Milei; de Ecuador, Daniel Noboa, y de El Salvador, Nayib Bukele.
El candidato de la izquierda colombiana, Iván Cepeda, líder de las encuestas en el país de cara las presidenciales, dijo el miércoles que “Colombia no es una colonia, no es un protectorado, ni siquiera es un Gobierno incondicional del Gobierno estadounidense. Es un país soberano”.
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El presidente brasileño, Luiz Inácio Lula da Silva, opcionado para la reelección, dijo el sábado tras la incursión en Venezuela que las operaciones militares de EE.UU. cruzan “una línea inaceptable”.
“Atacar países, en flagrante violación del derecho internacional, es el primer paso para un mundo de violencia, caos e inestabilidad, donde la ley del más fuerte prevalece sobre el multilateralismo”, dijo Lula.
Para el académico Pérez, las posturas más abiertamente antagónicas frente a la estrategia del gobierno de Donald Trump han sido asumidas por los presidentes de Colombia y Brasil.
“Ambos mandatarios han condenado la captura de Nicolás Maduro en Venezuela y han advertido públicamente contra la posibilidad de acciones similares en el futuro, ya sea en Venezuela o en cualquier otro país de América Latina”, expone el analista.
Dice que si bien las Fuerzas Armadas estadounidenses cuentan con la capacidad operativa para llevar a cabo más acciones militares de esta naturaleza, dichas intervenciones constituirían una violación directa de la soberanía de los Estados involucrados.
Aumenta la desconfianza de cara a elecciones
Manuela Jimenez, analista de Control Risks, sostiene que la percepción de que Washington prioriza sus intereses estratégicos por encima del derecho internacional y de los marcos legales existentes genera cautela, e incluso desconfianza, entre países aliados y no aliados.
Dice que los países son conscientes de que las consecuencias de estas acciones pueden ser significativas independientemente de su legalidad.
“En el plano doméstico colombiano, esta dinámica también tiene implicaciones políticas, aunque todavía no del todo claras”, apuntó Jiménez. “En un escenario como el que estamos viviendo, en el que Estados Unidos interviene militarmente en un país de América Latina, esta situación podría afectar negativamente a la izquierda de cara a las elecciones de 2026”.
En su opinión, es probable que los candidatos de derecha se aprovechen de esta situación mediante un discurso más abiertamente en favor de EE.UU., argumentando que una relación deteriorada con Washington generaría impactos.
La estrategia electoral podrían incluir desde amenazas o incluso acciones directas, lo que “resultaría perjudicial para Colombia”, de acuerdo a la analista de Control Risks.
Asimismo, ve que este enfoque podría convertirse en un eje central del debate electoral, particularmente en términos de política exterior, seguridad y estabilidad económica.
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