Bloomberg Línea — El conflicto en Medio Oriente ha reactivado un patrón que los mercados reconocen. La reacción inicial de los activos sugiere un episodio de tensión energética con implicaciones macroeconómicas, aunque la magnitud del ajuste aún no alcanza niveles históricos comparables.
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La evolución reciente de bonos y acciones apunta a una respuesta coordinada frente al riesgo de inflación con menor crecimiento, en línea con episodios anteriores asociados a disrupciones en el petróleo. Sin embargo, la profundidad del movimiento todavía no refleja un deterioro macroeconómico consolidado.
El análisis de Henry Allen, estratega de Deutsche Bank,introduce una lectura que combina paralelismos históricos con diferencias en la escala del impacto. “Mientras la guerra en Medio Oriente continúa, la perspectiva de un shock estanflacionario significativo ha hecho que muchos activos sigan un patrón similar a los shocks petroleros de 2022 y de la década de 1970”, considera.
La referencia a estos episodios históricos no se limita a una coincidencia en la dirección de los mercados, sino que plantea un análisis sobre la posible evolución del shock en función de su persistencia, en donde la la duración del alza en los precios del petróleo y la reacción de la política monetaria son claves.
Un patrón reconocible con menor intensidad
El comportamiento de los mercados financieros ha seguido una trayectoria que replica episodios previos, con caídas simultáneas en renta fija y renta variable. Esta dinámica responde al canal energético como mecanismo de transmisión hacia la inflación y las expectativas de política monetaria.
Allen establece que “ha habido una caída sincronizada en los bonos y las acciones globales”, aunque el ajuste presenta una diferencia en escala frente a episodios anteriores. “No hemos visto aún la magnitud de los movimientos que ocurrieron en 2022 o en la década de 1970”, considera el analista.
La explicación se encuentra en la ausencia de señales que confirmen un shock persistente. El mercado de futuros del crudo no anticipa un escenario prolongado de precios elevados, lo que limita la presión sobre las valoraciones de activos financieros.
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El analista de Deutsche Bank precisa que “los mercados aún no están incorporando un shock petrolero sostenido, con los futuros del Brent a seis meses todavía ‘solo’ en US$84 por barril”, un nivel que contrasta con referencias recientes en las que el precio se mantuvo durante meses en torno a US$100.
Política monetaria y actividad aún sin ruptura
La reacción de los bancos centrales constituye otro factor que explica la moderación del ajuste. A diferencia de 2022, cuando la Reserva Federal y el Banco Central Europeo iniciaron ciclos de alzas de tasas, el entorno actual se caracteriza por una pausa en las decisiones, aunque con señales de vigilancia sobre la inflación.
Allen subraya que “no ha habido aún ningún endurecimiento de la política monetaria por parte de los principales bancos centrales”, lo que introduce una diferencia relevante en la transmisión del shock hacia las condiciones financieras.
Al mismo tiempo, los indicadores de actividad no reflejan una contracción. La información disponible mantiene a las principales economías en terreno expansivo, lo que limita la probabilidad de una corrección más profunda en los activos de riesgo.
El análisis destaca que “los PMI compuestos preliminares de marzo todavía se encontraban en territorio de expansión en la zona euro, el Reino Unido y Estados Unidos”, lo que reduce la presión sobre las expectativas de recesión en el corto plazo.
Este conjunto de factores contribuye a que las valoraciones no incorporen un escenario adverso completo, aun cuando la trayectoria de precios energéticos y las tensiones geopolíticas mantienen el riesgo latente.
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Lecciones históricas y señales de alerta
El contraste con episodios anteriores permite identificar patrones consistentes en el comportamiento de los activos. En contextos de shocks petroleros, la renta variable presenta debilidad generalizada, con excepción del sector energético, mientras que los bonos reflejan presiones asociadas a inflación y tasas de interés.
Allen indica que “las acciones generalmente tuvieron un mal desempeño en distintos sectores en shocks petroleros pasados, aunque el sector energético es la excepción consistente”, una dinámica que también se observa en el entorno actual.
En el mercado de deuda, la historia muestra ajustes en rendimientos ante la expectativa de inflación. Sin embargo, el movimiento reciente se mantiene por debajo de referencias previas, lo que sugiere que el mercado no descuenta un deterioro prolongado.
El informe recoge que “el Treasury a 10 años subió 100 puntos básicos, en promedio, después de 220 días en esos shocks petroleros previos, mientras que hoy solo han subido 42 puntos básicos desde que comenzaron los ataques el 28 de febrero”, lo que evidencia una brecha en la intensidad del ajuste.
El análisis también introduce una referencia sobre activos reales, que en episodios anteriores han mostrado resiliencia frente a entornos de inflación, aunque el comportamiento actual presenta divergencias en algunos segmentos.
“Claramente nos estamos acercando a los umbrales que han provocado ventas significativas en el pasado”, dice Allen aunque precisa que los eventos históricos estuvieron acompañados por recesiones o ciclos de endurecimiento monetario, condiciones que aún no se materializan.
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La lectura final sugiere que el mercado transita una fase intermedia, en la que los paralelismos con episodios de estanflación resultan evidentes, pero la ausencia de señales macroeconómicas más profundas limita la magnitud del ajuste. El desenlace dependerá de la persistencia del shock energético y de la respuesta de la política monetaria en las próximas semanas.