Bloomberg Línea — El conflicto en Medio Oriente ha reconfigurado las expectativas sobre precios energéticos, crecimiento global y condiciones financieras, pero América Latina enfrenta el shock desde una posición distinta a la de otros mercados emergentes.
La región combina una exposición limitada a disrupciones físicas con presiones crecientes en inflación, financiamiento y cuentas externas.
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“Creemos que los impactos soberanos serán bastante limitados, incluso en un escenario adverso”, dijo Todd Martinez, director sénior y codirector del grupo de deuda soberana de Fitch Ratings para las Américas. “Las variables financieras, han evolucionado en una dirección algo mejor para Latinoamérica que en otras regiones. Probablemente, se deba a que Latinoamérica está lejos del epicentro de este conflicto y no depende en gran medida de los recursos energéticos de la región”.
El impacto inicial ha sido contenido en términos financieros, con monedas relativamente estables, rendimientos sin movimientos abruptos y mercados bursátiles resilientes. Aun así, la estructura de la región revela una dinámica más compleja, donde la aparente resistencia convive con vulnerabilidades diferenciadas entre países y sectores.
Blindaje energético y reconfiguración del mapa global
El análisis de Oxford Economics introduce un elemento clave para entender la posición relativa de la región. América Latina “permanece mayormente aislada de las disrupciones físicas de suministro causadas por la guerra en Irán y el cierre del estrecho de Ormuz”, según el analista Mauricio Monge.
Este aislamiento responde a factores estructurales. La región “es menos expuesta a la disrupción física que muchas otras economías emergentes y países europeos”, apoyada en producción local, baja dependencia del Medio Oriente y un flujo estable de importaciones energéticas desde Estados Unidos.
Sin embargo, este blindaje convive con una tendencia de largo plazo menos favorable. Monge dice que América Latina “ha experimentado una caída estructural en su producción de hidrocarburos”, impulsada por la reducción en México y Venezuela y un crecimiento insuficiente en otros productores. A pesar de ello, el dinamismo reciente de Brasil, Argentina y Guyana introduce un cambio relevante en la oferta regional.
Monge destaca que estos tres países “están expandiendo su producción de petróleo y gas y pueden fortalecer su rol como socios comerciales energéticos clave”, mientras que la producción regional crecería 6% interanual en 2026 y 3,9% en 2027 hasta alcanzar cerca de 10 millones de barriles diarios.
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Este reposicionamiento ocurre en un contexto de recomposición del comercio energético global. Estados Unidos obtiene cerca de una quinta parte de sus importaciones de hidrocarburos de la región, mientras China ha incrementado su participación hasta cerca del 10%, consolidando a América Latina como proveedor relevante en un entorno de fragmentación geopolítica.
Términos de intercambio, inflación y cuentas fiscales
Pese a ese potencial energético, el balance inmediato es menos favorable. Desde Fitch se advierte que “no vemos a nadie como un ganador absoluto de este conflicto en América Latina”, en una evaluación que subraya la heterogeneidad del impacto.
El análisis de la calificadora se estructura sobre dos trayectorias posibles para el conflicto en Medio Oriente, construidas a partir del comportamiento del petróleo como principal canal de transmisión hacia la economía global.
El escenario base contempla una normalización gradual, donde los precios del petróleo promedian US$70 por barril este año y convergen hacia ese nivel en el corto plazo. En contraste, el escenario adverso incorpora una escalada más prolongada del conflicto, con disrupciones más persistentes en la percepción de riesgo energético.
Bajo este supuesto, los precios del petróleo suben hasta alrededor de US$130 y solo vuelven a US$70 hacia finales de 2027. Esta trayectoria no sólo eleva los costos energéticos, sino que introduce efectos de segunda ronda sobre demanda, mercados de capitales y política monetaria.
Aunque la agencia reconoce que el escenario actual ha evolucionado por encima de lo previsto inicialmente, mantiene que la trayectoria más probable se acerca al caso base.
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En ese contexto, solo cuatro economías actúan como exportadores netos de energía, Colombia, Brasil, Argentina y Ecuador, lo que implica que la mayoría de los países enfrentará un deterioro en sus cuentas externas. Para estos últimos, “verán balances de cuenta corriente más débiles como resultado de precios energéticos más altos”, según Martinez.
Incluso en los casos donde hay beneficios, estos resultan acotados. El impulso en términos de intercambio no resuelve necesariamente vulnerabilidades estructurales, salvo en situaciones específicas. En Argentina, por ejemplo, el cambio hacia exportador neto de energía “la posiciona mejor para acumular reservas internacionales y fortalecer sus colchones frente a futuros shocks”.
En el frente fiscal, el impacto tiende a ser negativo o, en el mejor de los casos, neutral. Los mayores ingresos por exportaciones energéticas pueden verse compensados por subsidios internos. Fitch señala que estos ingresos “probablemente solo les darán recursos para ayudar a subsidiar el combustible”, sin traducirse en mejoras significativas de las finanzas públicas.
Para los importadores, el dilema es más evidente. El aumento en los precios implica un costo fiscal directo o un riesgo político asociado a trasladar el ajuste a los consumidores. En economías como Bolivia o República Dominicana, la presión sobre subsidios y reservas introduce riesgos adicionales en un contexto de márgenes fiscales limitados.
La inflación emerge como el canal más extendido. Para Martínez, el shock energético “no es buena noticia para nadie” y puede frenar procesos de relajación monetaria. En Brasil, Colombia y México, donde la política monetaria ya se mantiene restrictiva, el escenario podría impedir recortes de tasas o incluso requerir ajustes adicionales.
Crédito, financiamiento y resiliencia bajo presión
El impacto financiero se amplifica en el frente corporativo y bancario, donde las condiciones de liquidez y refinanciamiento adquieren centralidad. Desde Fitch, se advierte que “las ratios de cobertura de intereses son las más débiles entre corporativos a nivel global” y que el flujo de caja libre agregado es negativo.
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El caso de Brasil concentra las mayores vulnerabilidades. En algunas compañías, “el gasto por intereses está consumiendo entre 50% y 75% del EBITDA”, reflejando el efecto combinado de deuda elevada y tasas persistentes. Este entorno puede tensionar estructuras de capital si se prolonga el shock de precios y crecimiento.
El acceso a financiamiento también muestra señales de ajuste. La emisión internacional, que crecía a tasas de dos dígitos desde 2022, se ha desacelerado tras el inicio del conflicto, mientras que los spreads, aunque contenidos, podrían ampliarse bajo un escenario adverso.
En contraste, el sistema bancario parte de una posición más sólida. Según Larissa Arteaga, directora sénior de bancos latinoamericanos de Fitch, “los bancos de América Latina están bien posicionados para gestionar este período de mayor volatilidad”, respaldados por niveles de capitalización robustos y una base de depósitos estable.
La estructura de financiamiento representa una fortaleza relativa. Para la analista, los bancos “están mayormente enfocados en el crédito en moneda local”, con baja dependencia de financiamiento en dólares y mercados domésticos más profundos, lo que reduce la exposición a shocks externos.
Aun así, los riesgos se concentran en la calidad de activos. La presión inflacionaria puede deteriorar la capacidad de pago de los prestatarios y afectar métricas de cartera. Fitch advierte que “la calidad de activos es el principal factor que debemos observar en 2026”, en un entorno de crecimiento más débil.
El panorama general combina resiliencia y fragilidad en proporciones variables. Mientras la región se beneficia de su distancia geopolítica y de una menor dependencia energética directa, enfrenta un entorno financiero más exigente, donde la evolución del petróleo, la inflación y las condiciones globales de liquidez definirán la trayectoria en los próximos trimestres.