Opinión

Cómo los turistas ricos podrían ayudar a preservar el Ártico

Los riesgos medioambientales del turismo de aventura polar son considerables, pero si se gestionan de forma sostenible los cruceros pueden apoyar en la conservación del Ártico

Ártico
Por Adam Minter
24 de julio, 2022 | 02:45 PM

Opinión — ¿Están tus planes de vaciones siendo estropeados por aeropuertos y hoteles abarrotados? La respuesta podría estar en un viaje al Polo Norte en el primer y único crucero rompehielos de lujo del mundo.

El buque turístico Le Commandant Charcot, construido a medida, atravesó el hielo marino el 13 de julio para realizar con éxito su primer viaje con pasajeros. Está previsto que haya más viajes hasta el final del verano boreal, con pasajes que cuestan desde US$40.000 hasta US$126.000 por pasajero.

La demanda para las 245 plazas no es escasa. Llegarán a Longyearbyen, el archipiélago de Noruega del que zarpa el barco, no menos 57.000 pasajeros que también abordaran otros cruceros con el mismo destino. Los riesgos medioambientales del turismo de aventura polar son considerables, incluida la posibilidad de contaminación. Pero si se gestionan de forma sostenible, los cruceros turísticos pueden ayudar a conseguir apoyo para la conservación del Ártico y los esfuerzos de mitigación y adaptación al clima.

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Hace mucho tiempo que el Ártico es un lugar que atrae a los turistas. Muchas décadas antes de la primera expedición exitosa al Polo Norte, ya se exploraba el Ártico escandinavo. La gente ya disfrutaba de los fiordos y de las excursiones de montaña, de caza y de pesca guiadas por indígenas a principios del siglo XIX.

Los barcos de vapor crearon el mercado de los cruceros por el Ártico, incluyendo, con el tiempo, visitas a destinos de Alaska, Islandia y Groenlandia. A principios del siglo XX, los viajes por el Ártico eran un negocio floreciente, impulsado por los libros de guías y la cobertura mediática.

Con la tecnología se facilitó gradualmente la exploración del Ártico y entre 1977 y 2004 llegaron al Polo Norte 52 rompehielos. De estos viajes, trece se dedicaron a la investigación científica y los 39 restantes fueron por turismo.

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A lo largo de la última década, el retroceso del océano Ártico y el prolongamiento del verano favorecieron aún más los cruceros por el Ártico. La cantidad de buques turísticos únicos que entraron en el Ártico aumentó de 77 a 104 entre 2013 y 2019. La capacidad de esos barcos, sobre una base anual, creció de 74.177 a 91.166. Son cifras modestas. Después de todo, más gente visitó Venecia durante el fin de semana de Semana Santa, pero el constante crecimiento está despertando la preocupación por el turismo y el sobreturismo.

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Existen buenas razones para preocuparse. Si se produce un derrame de combustible, una fuga de aguas residuales u otra clase de accidente, se dispone de poca infraestructura para limpiar el desastre. Un crucero de mayor tamaño implica un mayor impacto humano en los puntos de interés de la fauna, lo que altera el comportamiento de los animales y puede pisotear la flora y los escasos hábitats.

Por último, los turistas y operarios del Ártico no deben ignorar su impacto climático. Las emisiones de carbono asociadas al transporte turístico (aviones, barcos, coches y otros medios de transporte) representaron en 2016 alrededor del 5% del total de las emisiones mundiales. Dichas emisiones contribuyen al calentamiento global y al deshielo del mar, creando más oportunidades para los cruceros en el Ártico. Es un circuito de retroalimentación perverso que sirve para fomentar aún más el turismo, especialmente el de los turistas acaudalados en busca de paisajes que desaparecen.

Ahora bien, la posibilidad de que se produzcan daños debe considerarse una razón para gestionar los cruceros por el Ártico con prudencia, en lugar de avergonzarlos y detenerlos. La conservación de los espacios naturales y del medio ambiente lleva más de un siglo garantizando un suministro constante de visitantes. Dichos visitantes no sólo crean incentivos económicos para la conservación de los espacios naturales, cada vez más reducidos, sino que además crean grupos de interés que quieren protegerlos. Sir David Attenborough, el famoso naturalista y personalidad de la televisión británica, lo expresó mejor cuando señaló, “nadie protegerá lo que no le importa; y nadie se preocupará por lo que nunca ha vivido”.

El Ártico precisa de gente que se preocupe por él. El hielo marino seguirá derritiéndose en el futuro, quizá a un ritmo acelerado. El Consejo Ártico, la organización sin ánimo de lucro formada por ocho naciones del Ártico que podría promover una normativa turística razonable, se tambalea tras la invasión rusa de Ucrania.

Aunque los turistas puedan permitirse boletos de US$126.000 en lujosos rompehielos, ninguno puede detener por sí solo el cambio climático y el deterioro del hábitat. Sin embargo, tampoco son impotentes. Durante el último siglo, los turistas adinerados comprometidos con los lugares naturales han desempeñado un papel crucial en la preservación, desde los bosques de Nepal hasta los primeros años del ahora popular sistema de parques nacionales de Estados Unidos. El Ártico y sus defensores podrían hacer algo peor que hacerse amigos de las élites amantes del lujo, cautivadas por el hielo marino de camino al Polo.

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Esto no quiere decir que las compañías de cruceros deban tener un pase libre sobre cómo se comportan esta parte mundo. Una asociación comercial, la Association of Arctic Expedition Cruise Operators, elaboró directrices de sostenibilidad para los cruceros por el Ártico y representa y certifica a la mayoría de los operarios de cruceros por el Ártico.

Por ejemplo, se espera que los cruceros turísticos colaboren con la ciencia y la investigación, al tiempo que se utilizan buques limpios y sostenibles. Le Commandant Charcot, propiedad del operador de cruceros francés Compagnie du Ponant, está dotado de dos laboratorios científicos y varios científicos (que también imparten charlas a los pasajeros) y puede servir de modelo a otros constructores de barcos del Ártico y operadores turísticos.

Con el calentamiento del mundo, una excursión al Ártico será un lujo costoso. Pero es un boleto que podría llevar a la humanidad a un futuro más refrigerado.

Esta nota no refleja necesariamente la opinión del consejo editorial o de Bloomberg LP y sus propietarios

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