Wall Street cambia de opinión sobre el oro: estas son las nuevas proyecciones para su precio

La fortaleza del dólar, los elevados rendimientos reales y la incertidumbre sobre los tipos de interés dominan las previsiones para el oro, mientras los bancos centrales siguen siendo el principal soporte estructural del mercado.

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Bloomberg Línea — El oro encara la segunda mitad de 2026 con el mercado dividido. Mientras la política monetaria de la Reserva Federal sigue presionando al metal, los grandes bancos creen que aún existen factores capaces de devolverlo a la senda alcista.

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Después de alcanzar máximos históricos por encima de los US$5.500 por onza en enero, el metal acumula una corrección cercana al 30% y cotiza alrededor de US$4.129,66, un movimiento que ha obligado a los analistas a recalibrar sus previsiones para el segundo semestre sin modificar, por ahora, su visión positiva a largo plazo.

Ewa Manthey, estratega de materias primas de ING, dijo que siguen “creyendo que los factores estructurales que respaldan al oro permanecen intactos, aunque el camino al alza probablemente será más lento y más volátil de lo que esperábamos anteriormente”.

Por ello, la diferencia radica en el calendario: el mercado ya no debate si existen catalizadores que sostengan al metal, sino cuándo volverán a imponerse por encima del impacto que han dejado las expectativas sobre la Fed.

La Reserva Federal marca el rumbo

El elemento que más se repite entre los grandes bancos es la importancia que ha adquirido la Reserva Federal. Mientras durante buena parte de 2025 el mercado descontaba un ciclo de recortes de tipos, ahora la discusión gira en torno a cuánto tiempo permanecerán elevados e incluso a la posibilidad de nuevas subidas.

Ese cambio altera directamente el atractivo del oro. Al tratarse de un activo que no ofrece rentabilidad, unos tipos de interés más altos incrementan el costo de oportunidad de mantener posiciones en el metal y favorecen alternativas como la deuda pública estadounidense o determinados segmentos del mercado bursátil.

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Para Chris Weston, analista de Pepperstone, el cambio de narrativa ha sido profundo. “El mercado ya no debate cuándo se producirá la primera bajada de tipos de interés. En cambio, la atención se ha centrado en cuándo podría producirse la próxima subida de tipos de interés y en cuán agresivo podría llegar a ser ese ciclo de endurecimiento monetario”.

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A ese escenario se suma otro factor: el ascenso de los rendimientos reales de la deuda estadounidense. Pepperstone recuerda que la rentabilidad real del bono del Tesoro a diez años ha alcanzado máximos desde abril de 2025, mientras el capital continúa desplazándose hacia sectores con elevado potencial de rentabilidad, especialmente las compañías vinculadas a la inteligencia artificial.

La consecuencia es doble. Por un lado, el oro pierde atractivo relativo frente a activos que generan rendimiento. Por otro, la fortaleza del dólar añade presión adicional sobre un activo denominado precisamente en la divisa estadounidense.

Ese diagnóstico también aparece en Deutsche Bank. Michael Hsueh, analista de la entidad, considera que “la revisión de las expectativas sobre la Reserva Federal, junto con la resistencia de la economía estadounidense, ha desempeñado el papel principal al empujar al oro a la baja”.

Las previsiones del banco alemán reflejan esa cautela. La entidad espera que el oro cierre el cuarto trimestre cerca de US$4.800 por onza, frente a una previsión media para 2026 de US$4.631, mientras mantiene un objetivo de US$5.300 para 2027.

Sin embargo, también dibuja un escenario de riesgo mucho más exigente: si el mercado termina descontando entre tres y cuatro nuevas subidas de tipos por parte de la Fed, el metal podría retroceder hasta US$3.800 por onza.

Los precios objetivo reflejan un mercado dividido

Goldman Sachs también revisó sus previsiones. El banco redujo en US$500 su precio objetivo para finales de año y ahora espera que el oro alcance US$4.900 por onza, después de eliminar de su escenario central la posibilidad de recortes de tipos durante 2026.

Aun así, la entidad mantiene una visión positiva para horizontes más amplios. Lina Thomas y Daan Struyven señalan que las “perspectivas sobre el precio del oro siguen siendo estructuralmente optimistas, pero tácticamente cautelosas, con riesgo a la baja a corto plazo y riesgo al alza a medio plazo”.

Ese matiz resulta especialmente relevante. Goldman no considera que haya cambiado la tesis de inversión de largo plazo, sino que estima que el mercado necesitará más tiempo para reencontrarse con esos factores estructurales.

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No obstante, el banco también advierte de un riesgo adicional. Si finalmente la Reserva Federal volviera a subir los tipos este año, calcula que el oro podría terminar 2026 cerca de US$4.400 por onza, un escenario que supondría nuevas presiones sobre la demanda financiera del metal.

Más prudente aún se muestra ING respecto al corto plazo. La entidad rebajó sus previsiones hasta US$4.300 por onza para el tercer trimestre y US$4.600 para el cuarto trimestre, después de reconocer que los elevados rendimientos y la fortaleza del dólar probablemente persistirán más tiempo del previsto.

Para buena parte del mercado, el posible impacto del encarecimiento del petróleo sobre la inflación terminó reforzando precisamente el argumento de una Reserva Federal más restrictiva, neutralizando parte del atractivo tradicional del metal como activo refugio.

Los bancos centrales mantienen el soporte

Aunque la mayoría de las entidades coincide en que el oro afronta un segundo semestre más complicado, también existe un amplio consenso sobre el principal factor que podría limitar nuevas caídas: la demanda de los bancos centrales.

UBS destaca que el oro ha superado por primera vez a los bonos del Tesoro de Estados Unidos dentro de la composición de las reservas oficiales mundiales. Según las estimaciones del Banco Central Europeo, el metal representa ya el 27% de las reservas internacionales, por delante de los bonos del Tesoro estadounidense, con un 22%, y del euro, con un 15%.

La entidad considera que ese cambio refleja una transformación más profunda en la gestión de las reservas internacionales. Los bancos centrales ya no compran oro únicamente como instrumento de diversificación, sino también como cobertura frente a episodios de tensión geopolítica y posibles perturbaciones financieras.

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Desde 2022, China ha adquirido más de 350 toneladas, Polonia alrededor de 320 toneladas, India unas 130 toneladas y Turquía cerca de 220 toneladas, antes de reducir parcialmente sus posiciones a comienzos de este año.

ING también considera que esa demanda oficial continúa siendo el principal pilar del mercado. Durante el primer trimestre de 2026, los bancos centrales incorporaron alrededor de 244 toneladas de oro a sus reservas, mientras China prolongó hasta 19 meses consecutivos su ciclo de compras.

Además, la última encuesta del World Gold Council muestra que el 84% de los bancos centrales espera que el oro gane peso dentro de las reservas mundiales durante los próximos cinco años y cerca del 90% prevé aumentar sus propias reservas en los próximos doce meses. Ese proceso de diversificación continúa ofreciendo un soporte estructural incluso cuando la demanda financiera pierde intensidad.

Para Manthey, “la reciente corrección ha estado impulsada principalmente por factores macroeconómicos cíclicos más que por un deterioro de los fundamentos estructurales del oro”.

El consenso apunta a más volatilidad

El debate entre las grandes entidades ya no gira tanto sobre si el oro conserva argumentos para volver a subir, sino sobre cuándo podrán imponerse esos factores frente a un posible endurecimiento de las condiciones financieras.

En el corto plazo, la mayoría coincide en que la evolución del metal dependerá de tres variables: las decisiones de la Reserva Federal, el comportamiento de los rendimientos reales y la fortaleza del dólar.

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Desde un punto de vista técnico, Pepperstone considera que el nivel de US$4.000 por onza sigue siendo la referencia más importante para el mercado.

Según Dilin Wu, “el oro necesita primero recuperar el mínimo de finales de marzo cerca de US$4.100 y superar el máximo del miércoles en US$4.115”, mientras “un cierre sostenido por encima de esa zona sería necesario para desencadenar una cobertura significativa de posiciones cortas y abrir la puerta a una recuperación más importante”.

En cambio, advierte de que “una ruptura por debajo de US$4.000 seguida de un movimiento bajo US$3.960 probablemente aceleraría la venta hacia la zona de US$3.880-US$3.900”.

Forex.com comparte esa visión técnica. El analista Fawad Razaqzada considera que el oro ha roto definitivamente la tendencia alcista iniciada en 2025 y sostiene que “el camino de menor resistencia sigue siendo a la baja”.

El analista sitúa los siguientes niveles de soporte en US$3.900, US$3.800 e incluso US$3.500, mientras identifica resistencias en US$4.275, US$4.500 y US$4.890, nivel cuya superación invalidaría el escenario bajista.

No obstante, el tono cambia cuando el horizonte temporal se amplía.

El World Gold Council considera que el precio actual refleja de forma razonable el consenso macroeconómico y estima que, si las condiciones no cambian de forma significativa, el oro debería moverse dentro de un rango aproximado del ±5% durante el segundo semestre.

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Sin embargo, el organismo identifica varios catalizadores capaces de modificar ese escenario: un deterioro económico, un aumento de las tensiones geopolíticas, un cambio en las expectativas sobre los tipos de interés o el regreso de las compras por parte de los inversores de largo plazo.

La institución también subraya que el mercado del oro ya no depende exclusivamente de Estados Unidos. El informe muestra que buena parte de los avances registrados este año se produjeron durante la sesión asiática, reflejando el creciente peso de esa región en la formación de precios.

Por ahora, el consenso de mercado apunta a que la evolución del oro dependerá menos de los acontecimientos geopolíticos que de los próximos datos de inflación y empleo en Estados Unidos. Esas referencias serán las que determinen las movidas de la Reserva Federal, que condicionará si el metal encuentra un suelo definitivo o prolonga la corrección iniciada tras los máximos históricos de enero.