Después de más de una semana desde que EE.UU. e Israel lanzaron ataques aéreos contra Irán, ninguna de las partes parece estar dispuesta a detener las hostilidades. La República Islámica seguramente pagará un precio más alto por su intransigencia. Sin embargo, eso no significa que Estados Unidos pueda ignorar los costos a largo plazo de una guerra sin un final realista en mente.
Aunque afirma haber “ganado ya en muchos aspectos”, el presidente declaró este lunes que EE.UU. “no cederá hasta que el enemigo sea derrotado de forma total y decisiva”. Aún no está claro cómo se logrará esto.
El Pentágono ha planteado cuatro objetivos tácticos, de los cuales solo unos pocos parecen alcanzables únicamente mediante ataques aéreos: garantizar que Irán no pueda fabricar armas nucleares, destruir su armada y su arsenal de misiles balísticos, y cortar su apoyo a milicias aliadas como Hezbolá.
Si la administración cuenta con una estrategia de salida más detallada, los demócratas del Congreso que han sido informados sobre sus planes aseguran no haberla escuchado.
Entre tanto, los continuos esfuerzos por desmantelar el aparato represivo del régimen tienen tantas posibilidades de provocar el caos como un levantamiento a favor de la democracia.
No cabe duda de que el mundo saldría ganando si Irán dejara de amenazar a sus vecinos, Israel y Occidente. Y suceda lo que suceda, la coordinación militar, la sofisticación tecnológica y la potencia de fuego ya demostradas por las fuerzas de EE.UU. deberían hacer reflexionar a rivales como China, Rusia y Corea del Norte, que podría verse tentados a poner a prueba la voluntad estadounidense.
Por otra parte, aunque la campaña tenga éxito y finalice pronto, Estados Unidos y sus aliados en la región se quedarían con un déficit peligroso de municiones clave, en especial de los costosos interceptores de misiles, cuyos reemplazos podrían tardar años. El desgaste de los aviones y buques de guerra exacerbará las deficiencias en la preparación.
Si bien el Pentágono no ha solicitado formalmente fondos adicionales al Congreso, el costo de esta operación se está acumulando rápidamente: según una estimación, cerca de US$1.000 millones por día.
Cualquier cosa que no sea una victoria limpia y rápida, mientras tanto, amenazaría con agitar todavía más los mercados energéticos y erosionar otros elementos del poder de EE. UU. La administración ya se ha ganado enemistades con aliados en Europa, ha molestado a socios en el Golfo Pérsico y ha ocasionado un lío diplomático totalmente innecesario con la India.
El alza de los precios del petróleo y el alivio de las sanciones a Rusia meterán más dinero en las arcas de Vladimir Putin, a la vez que la demanda de misiles Patriot amenaza con limitar el flujo de interceptores que tanto necesita Ucrania.
Sin duda, los enemigos están aprendiendo de las tácticas que se están empleando en la campaña estadounidense y ajustarán sus propias estrategias militares acorde con ellas.
Además, cuanto más se prolongue la lucha, mayor será el peligro de que otros países se vean involucrados. Los ataques iraníes podrían provocar represalias en las naciones del Golfo. Un movimiento de los insurgentes kurdos para alzarse contra el régimen podría sembrar el caos, extendiéndose a Irak, Turquía y Siria.
Por muy distante que esté, Estados Unidos no sería inmune: una región desestabilizada sería una distracción estratégica constante, incluso cuando la administración afirma, al igual que sus predecesores, querer volver a centrarse en China y otras prioridades.
Teniendo en cuenta estos riesgos, la Casa Blanca debe fijar unos objetivos bélicos claros y alcanzables. Sin tropas sobre el terreno, es poco probable que se produzca el colapso del régimen. Lo que se necesita es una solución negociada, que mantenga la integridad y la estabilidad de Irán, pero lo contenga militarmente.
Incluso tras el nombramiento del intransigente Mojtaba Jamenei como líder supremo, la administración debería estar trabajando a través de canales secretos para explorar si existen figuras dentro del sistema iraní dispuestas a aceptar acuerdos de seguridad aceptables y a colaborar con la sociedad civil para implementar reformas internas.
Los diplomáticos deberían buscar el apoyo de los aliados del Golfo y de otros lugares para dicha estrategia. Es crucial que los funcionarios de la Casa Blanca comiencen a involucrar al Congreso en su planificación y a ofrecer objetivos plausibles al público.
Esta guerra plantea la misma pregunta que cualquier otra: “¿Dime cómo termina esto?“. La administración necesita encontrar una respuesta mejor, pronto.
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