Silenciosos, pero ensordecedores son los numerosos mensajes encubiertos que apuntan a que la política exterior de Estados Unidos del presidente Donald Trump está basada, al menos en parte, en la raza y, más concretamente, en el nacionalismo cristiano blanco.
Ningún miembro de la administración lo ha admitido abiertamente. Es más, todos los que están involucrados rechazan la idea con una bien ensayada indignación.
Trump dijo hace poco: “Por cierto, soy el presidente menos racista que ha tenido este país en mucho tiempo”, mientras se negaba a disculparse por publicar un video que mostraba a los Obama como simios en la selva.
Y, aun así, las señales son demasiado evidentes como para ignorarlas, desde lo más alto de la administración hasta las bases.
Por poner un ejemplo de las bases, está el nombramiento de Jeremy Carl como subsecretario de Estado para Organizaciones Internacionales en el Departamento de Estado, un cargo que principalmente implica interactuar con las Naciones Unidas (ONU), a la que la administración menosprecia.
Carl, un agitador de derechas que desempeñó un papel poco relevante en la primera administración Trump, ha ido ganando, según cómo se mire, prestigio o notoriedad últimamente por su teoría de que “el racismo anti-blanco está dividiendo a Estados Unidos”, tal y como reza el subtítulo de su libro.
Él cree, por ejemplo, en que se está llevando a cabo un “genocidio blanco” y respalda la teoría del gran reemplazo (Great Replacement Theory, según la cual las élites de EE.UU. y Europa están fomentando intencionadamente la inmigración para sustituir a los blancos autóctonos).
La audiencia de confirmación de Carl en la Comisión de Relaciones Exteriores del Senado el otro día se transformó en lo que un senador describió como un espectáculo “desgarrador”. Uno tras otro, los demócratas confrontaron a Carl utilizando sus propias citas y opiniones.
Carl se retorció ante algunos de sus comentarios previos que minimizaban el Holocausto, aunque mantuvo sus opiniones sobre la persecución contra los blancos y el gran reemplazo.
Durante un tenso intercambio, un senador le pidió que definiera la identidad blanca que, según Carl, está siendo borrada. Carl no pudo, o quizás no quiso, ser explícito. En cambio, murmuró sobre la cultura, la comida y la música, sin explicar jamás cómo sus estilos “blancos” corren el riesgo de ser borrados.
“Señor, no tiene decencia ni honor”, concluyó Cory Booker, senador demócrata de color; “nunca he visto a un individuo tan descaradamente racista”. Un colega republicano, John Curtis, declaró tras la audiencia que se opondrá a la nominación, principalmente por los “comentarios insensibles de Carl sobre el pueblo judío”.
Aun si Carl no es confirmado y al final no llega a la ONU, es increíble que haya llegado tan lejos. Es más, algunas de sus palabras clave se han vuelto populares en este gobierno.
Por ejemplo, su Estrategia de Seguridad Nacional critica fuertemente a los aliados de Europa por supuestamente contribuir a su propia “desaparición como civilización” al permitir la inmigración no europea.
Dicho documento, a su vez, se hace eco de los discursos pronunciados por el vicepresidente J. D. Vance en los que hace causa común con partidos europeos de extrema derecha como Alternativa para Alemania, algunos de los cuales defienden la teoría del gran reemplazo y conceptos relacionados como la “remigración”.
Incluso miembros de la administración que solían considerarse moderados han ajustado su retórica.
Cuando Marco Rubio, asesor de seguridad nacional y secretario de Estado, se dirigió recientemente a la Conferencia de Seguridad de Múnich, el público respiró aliviado al principio, ya que se mostró menos confrontativo que Vance un año antes.
Sin embargo, Rubio también presentó una narrativa de la civilización occidental como exclusivamente europea y cristiana, citando incluso a dos de sus propios antepasados del siglo XVIII en Italia y España, y pasando por alto, de alguna manera, a sus padres, quienes emigraron de Cuba en 1956.
Entre tanto, en la cima, el presidente parece tener muy claro cómo ve las diferentes partes del mundo.
En diciembre, habló ante una multitud sobre una reunión en la que participó: “Y yo digo: “¿Por qué solo aceptamos a gente de países de mierda?, ¿no? ¿Por qué no podemos tener a gente de Noruega, Suecia? ¿Solo unos pocos? Traigamos a unos cuantos de Dinamarca. ¿Les importaría enviarnos a unos cuantos? Envíennos a gente agradable. ¿Les importa? Pero siempre acogemos a gente de Somalia, lugares que son un desastre, ¿verdad? Asquerosos, sucios, repugnantes, plagados de delincuencia”.
Esta visión del mundo también se expresa en las políticas.
Por ejemplo, Trump ha reducido drásticamente el límite anual de refugiados que acepta Estados Unidos, de 125.000 a 7.500, y ha reservado esas plazas principalmente para afrikáners de Sudáfrica.
Eso cobra cierto sentido una vez que se comprende que la administración ha extendido a Sudáfrica la narrativa sobre el genocidio blanco propugnada por Carl. Los afrikáners, como ven, descienden de colonos holandeses y se parecen mucho más a los daneses, noruegos o suecos, y mucho menos a, por ejemplo, los somalíes.
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