Los mejores esfuerzos de Powell no son suficientes para salvar la independencia de la Fed

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Jerome Powell
Por Clive Crook
21 de enero, 2026 | 10:29 AM

La determinación del presidente Donald Trump de dirigir la política monetaria ha sufrido un notable revés. La audaz respuesta del presidente de la Reserva Federal, Jerome Powell, la semana pasada ante la amenaza de una investigación criminal pareció poner a la Casa Blanca contra las cuerdas.

Junto con el apoyo a Powell de una sorprendente variedad de gobernadores de bancos centrales, financieros, economistas destacados e incluso —¡por Dios!— de uno o dos miembros del Congreso, sin duda cambió el panorama. De momento, al menos.

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Para recuperar o afianzar la independencia de la Reserva Federal, se precisa una de dos cosas: o bien un presidente que respete la buena fe y la experiencia técnica de la institución y que, por lo tanto, esté dispuesto a encomendarle la política monetaria; o bien un Congreso decidido a imponer su voluntad con la misma finalidad. En la actualidad, EE.UU. carece de ambas cosas.

Ello no resta mérito a la respuesta de Powell ante el ataque de Trump.

Luego de recibir una citación del gran jurado por su testimonio ante el Congreso sobre las renovaciones de los edificios del banco central, un proyecto que ha sido objeto de críticas implacables por parte del presidente, Powell no se anduvo con rodeos.

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“La amenaza de cargos penales tiene su origen en el hecho de que la Fed fija las tasas de interés basándose en nuestra mejor evaluación de lo que servirá al público, en vez de seguir las preferencias del presidente”. Para un hombre conocido por su modestia y moderación, que antes se había negado a involucrarse en discusiones con la Casa Blanca, una resistencia tan evidente fue sorprendente.

Lo mismo ocurrió con los respaldos que Powell recibió de todos los sectores. Lo más significativo fue que el senador republicano Thom Tillis (que, curiosamente, no se presentará a la reelección) expresó que, a menos que la Casa Blanca retroceda, bloqueará la confirmación de cualquier candidato para sustituir a Powell como presidente cuando concluya su mandato en mayo.

Aún no está clara la primera opción del presidente para sustituir a Powell, pero estos sucesos hacen que resulte más difícil confirmar a cualquier candidato claramente preferido, aunque se retiren las amenazas contra Powell. Es posible que se requiera a alguien menos cercano a Trump y/o menos claramente dispuesto a cumplir sus órdenes.

Me compadezco en cierta medida de Kevin Hassett, director del Consejo Económico Nacional, anteriormente el favorito para ocupar el cargo. Seguro que ha sido todo un reto repetirle al presidente que tiene razón en todo, a la vez que coincidía con los inversionistas en que la independencia del banco central es indispensable para la estabilidad económica.

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Cuando se le presionó sobre la declaración de Powell, Hassett señaló que el actual presidente era un buen hombre, pero también que los inversionistas deberían acoger con buenos ojos la investigación del Departamento de Justicia.

“Si estoy aquí sentado en la Casa Blanca y alguien me dice: “Oye, el Departamento de Justicia desea revisar todos tus correos electrónicos o ver lo que has hecho en tal o cual tema”, aceptaría con gusto la oportunidad de demostrarles que no hay nada por lo que preocuparse”, expresó.

Tal vez no se sentiría tan bien si, como presidente de la Fed, tuviese que soportar las acciones legales emprendidas en su contra por una administración demócrata iracunda y despiadada.

No obstante, en la actualidad, esto es más bien una cuestión especulativa: el presidente ha insinuado que Hassett permanecerá en el Consejo Económico Nacional, lo cual podría interpretarse como una concesión implícita ante lo ocurrido con Powell.

Partiendo de la base de que el revuelo en torno a Powell se disipe y Tillis reconsidere su postura, otra persona, como el exgobernador de la Reserva Federal Kevin Warsh, deberá recopilar sus mensajes de correo electrónico, solicitudes de préstamos, declaraciones de impuestos y otras pruebas que demuestren su conducta irreprochable.

Entre tanto, los defensores de la independencia del banco central se sentirán reconfortados por lo estos acontecimientos:

La marginación de Hassett, si llega a suceder; el compromiso de Powell de desempeñar su cargo correctamente; la posibilidad de que decida dejar el cargo de gobernador cuando expire su mandato; los rumores de descontento entre los republicanos en el Congreso; y todos estos evidentes reveses a la anexión del banco central por parte de la Casa Blanca.

El 21 de enero, la Corte Suprema escuchará los argumentos sobre los esfuerzos del gobierno para destituir a la gobernadora de la Reserva Federal, Lisa Cook, por acusaciones no probadas de irregularidades financieras.

Se trata de una oportunidad para que los jueces reafirmen el estatus especial de la Fed entre las agencias independientes e insistan en que sus gobernadores no pueden ser despedidos a voluntad. Si la aprovechan, eso también será alentador.

Sin embargo, nada de esto bastará.

Es cierto que una toma de control total por parte de la Casa Blanca es improbable, ya que, si se lleva demasiado lejos, los inversionistas probablemente ejercerían su propio veto y forzarían una retirada. Pero algo menos que una toma de control explícita ya es un hecho y, a pesar de la valentía de Powell, no puede revertirse tal como están las cosas.

Todos los responsables de la política monetaria de la Fed saben que una administración con sus propias opiniones idiosincrásicas sobre la política económica sólida, decidida a maximizar su poder y sin escrúpulos en cuanto a métodos, vigila cada uno de sus movimientos.

Como lo demuestra Powell, esto no significa que simplemente acatarán las normas. Pero es poco realista pensar que no se verán influenciados en absoluto.

Cabe destacar que esto no es solo una cuestión de interés personal. Hacer concesiones limitadas a las exigencias de la Casa Blanca puede justificarse legítimamente como una buena política.

Lo último que quieren los responsables de la política monetaria de la Fed es asustar a los inversores, y una guerra abierta entre ellos y la Casa Blanca corre ese mismo riesgo. (La persistente cortesía de Powell hacia Trump hasta la semana pasada, a pesar de las constantes provocaciones del presidente, sin duda refleja este cálculo. Podría optar por dejar la junta en mayo por la misma razón).

Al final, si la Reserva Federal valora la estabilidad más que la administración, consentirá, hasta cierto punto, que la presionen; cuanto más imprudente sea la administración, más complaciente con sus exigencias estará obligado a ser un banco central racional y competente.

Una vez más, como este mes, se ha cruzado una línea. El equilibrio se ha visto afectado y es necesario restablecerlo. La Casa Blanca evaluará su próximo paso y, a su debido tiempo, el Congreso lo aprobará.

Aunque el resultado no será la anexión, es evidente que no se alcanzará una verdadera independencia operativa y que ello acarreará un elevado costo económico.

Esta nota no refleja necesariamente la opinión del consejo editorial de Bloomberg LP y sus propietarios.

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