Bloomberg Línea — Estados Unidos celebra el 250 aniversario de su Declaración de Independencia con Wall Street consolidado como el mercado bursátil más influyente del planeta y una posición dominante en las finanzas globales.
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Aunque genera el 25,6% del PIB mundial, concentra el 61,9% de la capitalización bursátil global, una diferencia que resume el alcance de Wall Street como centro del capitalismo internacional.
Ese liderazgo no responde únicamente al tamaño de la economía estadounidense. También refleja la capacidad de sus mercados de capitales para financiar sucesivas revoluciones industriales y tecnológicas, desde los ferrocarriles y el acero hasta internet y, ahora, la inteligencia artificial.
La historia bursátil de Estados Unidos muestra que cada gran transformación económica ha encontrado en Wall Street un mecanismo para movilizar capital a una escala difícil de replicar en otros mercados.
John J. Hardy, director global de estrategia macro de Saxo Bank, resume esa evolución al señalar que “los mercados estadounidenses son hoy más importantes que nunca, no solo para los inversores estadounidenses, sino a escala mundial”.
El analista considera que el “mercado estadounidense domina el mundo”, pues tiene una ponderación superior al 70% en el índice MSCI World de mercados desarrollados. Esa posición explica por qué cualquier cambio en Wall Street trasciende las fronteras de Estados Unidos y condiciona el comportamiento de los mercados internacionales.
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La historia de Wall Street puede leerse como la historia de la financiación de las grandes transformaciones económicas de Estados Unidos.
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Ulrike Hoffmann-Burchardi, analista UBS, sostiene que los mercados de capitales estadounidenses han seguido durante más de dos siglos un mismo patrón: “innovación que permite nuevas formas de formación de capital, exceso que expone vulnerabilidades, crisis que obliga a realizar ajustes y regulación que fortalece la base para la siguiente fase”.
Ese ciclo comenzó mucho antes de que existieran las grandes tecnológicas. Tras el Acuerdo de Buttonwood de 1792, origen de la Bolsa de Nueva York, la financiación del Canal de Erie abrió el camino a un mercado de bonos cada vez más sofisticado.
Poco después llegó el ferrocarril, que exigía inversiones inéditas para la época y convirtió a Estados Unidos en el mayor importador mundial de capital durante el siglo XIX.
Aquella expansión también dejó la primera gran lección bursátil. La crisis de 1873, desencadenada tras el colapso de proyectos ferroviarios excesivamente apalancados, provocó cierres bancarios, la suspensión temporal de la Bolsa de Nueva York y dio paso a nuevas normas de supervisión financiera.
Décadas más tarde surgirían la Reserva Federal, creada en 1913, y posteriormente la Securities and Exchange Commission (SEC), tras la Gran Depresión.
La historia volvió a repetirse durante el siglo XX. La electrificación impulsó nuevas industrias, el automóvil convirtió a General Motors (GM) en el gran valor de crecimiento de los años veinte y, tras la Segunda Guerra Mundial, IBM (IBM) simbolizó el nacimiento de la computación comercial.
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Hardy recuerda que el liderazgo sectorial nunca ha permanecido inalterable y advierte de que “el liderazgo del mercado estadounidense y de sus sectores es un paisaje de cambio a largo plazo”.
Las cifras ilustran esa transformación. Entre 1901 y 1926, la rentabilidad del mercado estadounidense fue del 70%, mientras la rentabilidad total ajustada por inflación y dividendos alcanzó el 211%.
Entre 1951 y 1976, la rentabilidad por precio ascendió al 347%, y entre 1976 y 2001 se disparó hasta el 994%, coincidiendo con la expansión de la informática, las telecomunicaciones y posteriormente internet.
La revolución digital volvió a reproducir el mismo esquema histórico. La burbuja puntocom terminó con el desplome de numerosas compañías tecnológicas, pero también sentó las bases para el crecimiento de empresas como Amazon (AMZN) o Nvidia (NVDA).
Hardy recuerda que Amazon llegó a perder cerca del 95% de su valor entre finales de 1999 y 2001 antes de convertirse en uno de los mayores ganadores bursátiles de las dos décadas siguientes.
La inteligencia artificial representa ahora un nuevo capítulo de ese proceso. UBS sostiene que “los mercados financieros estadounidenses afrontan ahora su mayor prueba en una generación: financiar el despliegue de la inteligencia artificial”.
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Igual que ocurrió con los ferrocarriles, la electrificación o internet, el reto vuelve a consistir en canalizar enormes cantidades de capital hacia tecnologías, cuyo impacto definitivo todavía está por determinar.
Un liderazgo sobre mercados de capitales
La evolución de Wall Street también explica por qué el liderazgo financiero de Estados Unidos supera ampliamente su peso económico. Mientras el país representa el 25,6% del PIB mundial, concentra el 61,9% del valor bursátil global.
En 1900, esas cifras eran del 17,5% y el 14,5%, respectivamente, una diferencia que muestra cómo el mercado de capitales ha ganado protagonismo durante más de un siglo.
Peter Sidorov, Henry Allen, Camilla Siazon y Jim Reid, analistas de Deutsche Bank, identifican diez factores que ayudan a entender esa evolución. Entre ellos destacan la estabilidad institucional, la abundancia de recursos energéticos, un mercado doméstico de gran tamaño y la profundidad financiera.
Además, le suman el papel internacional del dólar, el liderazgo universitario y científico, una mayor tolerancia al riesgo empresarial y una capacidad constante para adaptarse a nuevas tecnologías. Según los analistas, “estas ventajas no actúan de forma individual, sino que se refuerzan mutuamente”, creando un ecosistema difícil de replicar.
La profundidad del mercado de capitales ha sido uno de los elementos diferenciales. Mientras otras economías desarrolladas dependieron principalmente de la financiación bancaria, Estados Unidos desarrolló un sistema capaz de combinar bolsa, capital de riesgo, deuda corporativa, fondos de pensiones, titulizaciones y, más recientemente, financiación privada para empresas tecnológicas.
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Ese modelo también ha favorecido una renovación constante del liderazgo empresarial. En 2000, entre las mayores compañías estadounidenses figuraban General Electric (GE), ExxonMobil (XOM), Pfizer (PFE), Cisco (CSCO) o Citigroup (C).
En 2025, la lista estuvo encabezada por Nvidia (NVDA), Apple (AAPL), Microsoft (MSFT), Alphabet (GOOGL), Amazon (AMZN), Meta (META), Broadcom (AVGO) y Tesla (TSLA). Aunque los nombres cambian, Estados Unidos siguió ocupando ocho de las diez mayores empresas cotizadas del mundo.
Hardy considera que esa sucesión de líderes debería servir como advertencia para los inversores. En su opinión, “deberían tener cuidado con el riesgo de extrapolar los rendimientos de los últimos 25 años a los próximos 25 años hasta 2051”, porque cada revolución tecnológica ha terminado modificando el mapa empresarial y bursátil.
La concentración actual refleja precisamente esa dinámica. Gran parte del avance reciente del S&P 500 se explica por el comportamiento de un reducido grupo de compañías tecnológicas, primero las conocidas como las Siete Magníficas y posteriormente las empresas vinculadas al desarrollo de la IA. Solo durante la primera mitad de 2026, más del 50% de las compañías del índice Philadelphia Semiconductor registraban revalorizaciones superiores al 100%.
El próximo desafío: sostener el liderazgo en la era de la IA
El 250 aniversario de Estados Unidos coincide con uno de los momentos de mayor concentración de Wall Street y con valoraciones que diversos analistas consideran exigentes desde una perspectiva histórica.
Hardy reconoce que el mercado se mueve entre dos interpretaciones. Por un lado, la posibilidad de que la inteligencia artificial esté alimentando una nueva burbuja tecnológica.
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Por otro, que apenas haya comenzado una revolución comparable a las grandes transformaciones industriales de los dos últimos siglos. Como resume el estratega de Saxo Bank, “no tenemos ni idea”, una incertidumbre que convierte el momento actual en un punto especialmente relevante para los inversores.
Los analistas de Deutsche Bank coinciden en que la IA puede convertirse en el siguiente gran motor de productividad estadounidense. En su análisis, sostienen que “la inteligencia artificial es la última expresión de la capacidad de reinvención de Estados Unidos”, al combinar universidades, capital de riesgo, mercados profundos, abundancia energética y un marco favorable para asumir riesgos empresariales.
Al mismo tiempo, identifican riesgos que podrían condicionar esa ventaja durante la próxima década: la creciente competencia de China, el aumento de la deuda pública, el envejecimiento demográfico, la desigualdad y una elevada concentración bursátil en un reducido número de compañías expuestas a la IA.
Ese conjunto de factores abre una nueva etapa para Wall Street, que celebra los 250 años de Estados Unidos manteniendo un liderazgo bursátil sin precedentes, construido sobre la capacidad del país para financiar cada una de sus grandes revoluciones económicas y tecnológicas.