En la actualidad somos cinco veces más personas vivas comparado con 1900. No obstante, la humanidad está mejor alimentada que en casi cualquier otro momento de su historia.
Esto es gracias a tres avances clave que han hecho que nuestro planeta sea mucho menos vulnerable al riesgo de hambruna: las mejoras en el rendimiento, el uso del agua y el comercio. Y lo que es preocupante, es que ahora mismo todo esto está en peligro.
El más significativo de ellos ha rescatado de manera silenciosa a la humanidad del hambre a partir de la revolución industrial: la productividad agrícola. A lo largo de siglos, los agricultores lograron cosechas cada vez más abundantes por cada hectárea. El incremento constante de los rendimientos a veces se percibió menos como un logro que como una ley de la naturaleza.
Es posible que esta ley de hierro se esté resquebrajando bajo la presión del calentamiento climático.
La producción agrícola ha experimentado un crecimiento constante superior al 2% anual durante sesenta años, pero desde 2020 se ha ralentizado hasta el 1,63%.

La productividad total de los factores, es decir, la medida de la eficiencia del sistema alimentario, más allá del incremento de las cosechas impulsado por el aumento de la superficie cultivada, el agua, los fertilizantes, la mano de obra y la maquinaria, se ha situado en el 0,76% durante la última década, apenas un tercio de lo que necesitaremos para alimentar a 10.000 millones de personas en 2050.
El panorama es todavía peor si nos fijamos en determinados cultivos. El rendimiento de los tres cereales más importantes, maíz, arroz y trigo, se ha estancado casi por completo en el último quinquenio, y lo mismo puede decirse de los principales aceites vegetales.
Se observa una tendencia similar en numerosos alimentos básicos de las regiones tropicales que ayudan a la subsistencia de cientos de millones de personas en el África subsahariana, la América tropical y el Pacífico. La yuca, el ñame y el plátano han experimentado un largo estancamiento a la hora de mejorar su productividad.

Tan solo en el año 2000, aproximadamente el 95% de la producción agrícola provenía de cultivos cuyo rendimiento aumentaba velozmente, según un estudio realizado en el 2025. Aquellos con rendimientos estancados o en descenso representan ahora el 23% del total, lo que sugiere que muchas plantas se están acercando al límite de su capacidad productiva.
Un posible factor detrás de este estancamiento es el agotamiento de un recurso que ha tardado milenios en acumularse: el agua subterránea.
Un estudio de las Naciones Unidas (ONU) publicado en enero concluyó que hemos superado la era de la “crisis del agua” y entramos en una “quiebra hídrica”, donde la extracción de agua de lluvia, ríos y pozos supera la capacidad de estos sistemas para recargarse, lo que nos conduce inexorablemente a la catástrofe.
Alrededor del 70% de los acuíferos del mundo están actualmente en declive a largo plazo, lo que amenaza la viabilidad de los sistemas que proporcionan aproximadamente la mitad del agua de nuestros hogares y el 40% del riego.
Arabia Saudita es un ejemplo aleccionador.
A inicios de la década de 1990, fue durante un breve período el sexto mayor exportador de trigo del mundo, gracias a un programa gubernamental que fomentaba la extracción de aguas subterráneas del desierto para mejorar la seguridad alimentaria. Desde entonces, la producción de trigo ha caído cerca del 90%, a medida que se secaron los acuíferos que tardaron miles de años en llenarse.
Preocupaciones similares se están extendiendo a regiones más pobres y pobladas.
En algunas zonas del Punjab, en la India, el nivel freático desciende casi medio metro cada año. El número de pozos en el país, excavados a más de 70 metros (230 pies) para alcanzar acuíferos profundos, ha crecido rápidamente, de unos 100.000 a finales de la década de 1980 a 3,8 millones en la actualidad. Algunos son ahora casi tan profundos como la altura del Empire State Building.
La desecación del nivel freático, del que Irán depende para alimentar a sus 93 millones de habitantes, ha dado lugar a propuestas para reubicar la capital, Teherán. La persistente escasez de agua ha contribuido a la inseguridad económica que ha alimentado las recientes protestas.
Un tercer pilar ha ayudado durante mucho tiempo a rescatar a los países necesitados: el comercio.
Desde la década de 1960, gran parte del superávit mundial proviene de la extraordinaria fecundidad del hemisferio occidental. Las pampas de Argentina, el cerrado de Brasil y las praderas de Canadá han contribuido, pero ningún país ha tenido un papel más importante que EE.UU.
Las exportaciones netas de maíz, arroz, trigo, aceite vegetal y azúcar de Estados Unidos en 2024 contenían alrededor de 2,66 billones de calorías de energía nutricional, suficiente para alimentar a la población estadounidense durante un año.
El árido Kuwait puede importar “agua virtual” procedente de cultivos que se producen al otro lado del mundo. Japón, con su escasa superficie cultivable, puede aprovechar el comercio para beneficiarse de las tierras agrícolas de otros países.

Esa es la teoría. El peligro es que este panorama optimista refleje una era que se desvanece, cuando el comercio internacional se consideraba un juego de suma positiva, en lugar de uno con claros ganadores y perdedores.
El afán del presidente estadounidense Donald Trump por obtener dólares para la exportación ha mantenido las exportaciones agrícolas de EE.UU. prácticamente inmunes al caos arancelario del año pasado. No existe garantía de que la moderación perdure.
Rusia ya intentó aprovechar los ataques a las exportaciones de grano y aceite de cocina de Ucrania tras su invasión de 2022.
En Gaza y Darfur, Etiopía, Yemen y Nagorno-Karabaj, las restricciones al comercio de alimentos se han utilizado con fines políticos.
Si la corriente nativista en la política estadounidense sobrevive a Trump, no se sorprenda de ver que futuros gobiernos sigan la misma lógica con sus propias cosechas.
La hambruna es una de las herramientas más antiguas de coerción política. En un mundo más caótico y devastado por el clima, sería ingenuo asumir que ya no existe.
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