Los magnates de los medios ceden ante Trump; los artistas no

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Bad Bunny
Por Ronald Brownstein
06 de febrero, 2026 | 08:30 AM
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Bruce Springsteen presentó su apasionado himno de protesta contra la campaña de control migratorio del presidente Donald Trump en Minnesota el día previo a que MGM Studios, de Amazon.com Inc. (AMZN), diera la bienvenida a la élite gubernamental al estreno de su documental sobre Melania Trump.

Fue una yuxtaposición reveladora.

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La campaña militarizada de Trump contra la inmigración, que ha resultado en los asesinatos de Renee Good y Alex Pretti, ha generado una creciente reacción por parte de artistas, personalidades del mundo del entretenimiento y otras figuras culturales. Durante la ceremonia de los premios Grammy que tuvo lugar el domingo por la noche, las críticas al Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés) fueron más frecuentes que los solos de guitarra.

Esta resistencia cada vez mayor hacia Trump entre los artistas se produce en un momento en el que son cada vez más los ejecutivos del mundo del entretenimiento que se han plegado a sus deseos.

Nada más adquirir Paramount Global (PSKY), Larry y David Ellison nombraron inmediatamente a una nueva dirección simpatizante de Trump en CBS News; Jeff Bezos y Amazon colmaron a Melania Trump con ingresos sin precedentes por su participación en el documental; Tim Cook, de Apple (AAPL), ha donado generosamente a las causas favoritas de Trump y se ha presentado con diligencia, a veces con elaborados obsequios, en los actos de la Casa Blanca.

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Hasta el CEO saliente de Walt Disney Co. (DIS), Bob Iger, si bien menos complaciente, en un principio suspendió al presentador de televisión Jimmy Kimmel ante la presión por parte de la administración Trump, para luego dar marcha atrás ante la reacción negativa de los consumidores.

Todos estos aspirantes a amos del universo se parecen mucho a señores medievales que rinden tributo a un nuevo señor feudal.

Las diferencias entre las políticas de quienes crean la cultura popular y aquellos que son dueños de las compañías que la distribuyen reabren una brecha que había estado sellada por más de cincuenta años, pero que en realidad fue bastante común antes de eso.

En las primeras décadas de Hollywood, los dueños y altos ejecutivos de los estudios cinematográficos se inclinaban en su mayoría hacia la derecha, como ya conté en mi libro de 1990 sobre Hollywood y la política, “The Power and the Glitter” (El poder y el brillo).

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Louis B. Mayer, el gran jefe de la Metro-Goldwyn-Mayer y el hombre más poderoso de Hollywood en su época dorada, era un republicano convencido, al igual que Darryl Zanuck, el genio inquieto detrás de la 20th Century Fox. Walt Disney era más conservador que ambos.

Los actores y artistas, por otro lado, se inclinaron principalmente hacia la izquierda durante la Gran Depresión y jamás se arrepintieron.

Los nombres más destacados, Orson Welles, Humphrey Bogart, Lauren Bacall, Melvyn y Helen Gahagan Douglas, y un joven Frank Sinatra, gravitaron hacia la política demócrata convencional, apoyada por Franklin D. Roosevelt. Una vanguardia más radical, integrada sobre todo por guionistas, se unió (en distintos grados de compromiso ideológico) al Partido Comunista.

En aquella época, propietarios y artistas se enfrentaron con mayor vehemencia tras la Segunda Guerra Mundial, a raíz del Terror Rojo.

Cuando el Comité de Actividades Antiamericanas de la Cámara de Representantes convocó a “los Diez de Hollywood”, guionistas acusados ​​de pertenecer al Partido Comunista, a unas audiencias en Washington en 1947, celebridades liberales como Bogart, Bacall y Henry Fonda organizaron un Comité por la Primera Enmienda para apoyarlos.

Sin embargo, pocas semanas después de las audiencias, los directores de los estudios acordaron incluir en la lista negra a los guionistas (quienes para entonces se habían distanciado de muchos de los liberales convencionales con sus testimonios caóticos e histriónicos).

La división política entre artistas y ejecutivos persistió durante la década de 1960, especialmente durante las primeras etapas de la guerra de Vietnam.

Para entonces, los dueños de los estudios se habían inclinado mayoritariamente hacia una política demócrata establecida, simbolizada por Arthur Krim, de United Artists, y Lew Wasserman, de MCA, los principales actores políticos de Hollywood de la época.

Ninguno de los dos rompió con el presidente Lyndon Johnson a causa de la guerra. No fueron la excepción: casi ningún funcionario electo o líder empresarial de ningún sector se opuso públicamente a la guerra antes de 1968.

Esto implicaba que celebridades como Paul Newman y Robert Vaughn (de la serie de televisión “El agente de CIPOL” (Man from UNCLE)) eran algunas de las únicas figuras prominentes de la sociedad dispuestas a apoyar los primeros esfuerzos contra la guerra, como el desafío del senador de Minnesota Eugene McCarthy a Johnson en las primarias de 1968, que tenía pocas posibilidades de éxito.

La insurgencia de McCarthy (que contribuyó a expulsar a Johnson de la carrera) puso de manifiesto cómo la fama podía traducirse en una fuente de poder político: la capacidad de captar la atención sobre candidatos o causas.

Hoy en día, esa capacidad es todavía más valiosa, cuando muchos estrategas políticos sostienen que la capacidad de atraer el interés en “la economía de la atención” es la habilidad más importante en la política.

Luego de Vietnam, la política de los ejecutivos y los artistas convergió.

Cuando el conflicto central entre los partidos pasó, después de la década de 1960, de la Guerra Fría y las cuestiones económicas (impuestos y gasto público) a las disputas sociales (encabezadas por el aborto, el control de armas y, más tarde, los derechos LGBTQ+), era lógico que no solo los artistas, sino también los ejecutivos al frente del cambio cultural se inclinaran hacia la izquierda.

Se alejaron de un Partido Republicano definido cada vez más por su alianza con conservadores religiosos hostiles a esos cambios. (El difunto Norman Lear encontró un amplio apoyo en Hollywood cuando fundó una organización, People for the American Way, en 1981, específicamente para combatir la influencia de la derecha religiosa).

El presidente Ronald Reagan, aunque exalumno de Hollywood, solo encontró apoyo en un círculo de contemporáneos mayores que rodeaban a Charlton Heston. Desde Bill Clinton hasta Barack Obama, la postura habitual para la mayoría de los artistas y ejecutivos del entretenimiento era un liberalismo de centroizquierda.

En aquel entonces, cuando era menos probable que los estudios formaran parte de compañías más grandes con otros intereses políticos, “en gran medida, quienes dirigían esas compañías [cinematográficas] se comportaban como los artistas a los que servían”, recordó Lara Bergthold, exdirectora ejecutiva del Comité Político de Mujeres de Hollywood, el principal grupo de recaudación de fondos de Hollywood en aquellos años.

Esta alineación no varió mucho durante el primer mandato de Trump, cuando apenas contó con el apoyo de artistas o ejecutivos (salvo algunos conservadores de confianza como la cantante de country Lee Greenwood y el actor Chuck Norris).

Kennedy Center

El miedo a las represalias económicas y la esperanza de obtener beneficios económicos han cambiado la perspectiva sobre Trump de muchos de quienes dirigen las mayores empresas de entretenimiento, al igual que ha ocurrido con quienes ocupan puestos directivos en casi todas las demás industrias, así como con otros pilares de la sociedad civil, como universidades y grandes bufetes de abogados.

Su reticencia a enfrentarse a Trump ha creado las condiciones para maximizar la influencia de los artistas: como durante los primeros años de la Guerra de Vietnam, su impacto político alcanza su punto máximo cuando promueven causas que pocas voces prominentes de la sociedad abrazarían.

Y, de hecho, el antecedente más claro de la nueva canción de protesta de Springsteen, “Streets of Minneapolis”,es la clásica composición de la era de Vietnam de Neil Young, “Ohio”.

Springsteen ha manifestado en las redes sociales que compuso su canción el mismo día en que los agentes federales de inmigración mataron a Alex Pretti, el 24 de enero, la grabó tres días después y la lanzó el miércoles pasado.

El origen de “Ohio” fue muy similar.

Young se alojaba en una cabaña rústica en el norte de California cuando su compañero de banda, David Crosby, llegó con un ejemplar de la revista Time en el que aparecían fotos de los cuatro jóvenes pacifistas asesinados por las tropas de la Guardia Nacional en la Universidad Estatal de Kent en mayo de 1970.

Según ambos, Young compuso su feroz himno en cuestión de horas; al día siguiente, se unieron a Graham Nash y Stephen Stills, el resto de miembros de la banda homónima Crosby, Stills, Nash & Young, para grabarla en Los Ángeles.

Más tarde, Young escribió que se sintió inspirado a componer la canción después de ver las fotos porque “estas personas eran nuestro público. Eran exactamente para quienes tocábamos. Eran nuestro movimiento, nuestra cultura, nuestra generación de Woodstock. Todos éramos uno”.

Para Springsteen, la motivación pudo haber sido bastante similar. Ha criticado durante mucho tiempo a Trump no solo por sus políticas específicas, sino también por ofrecer una concepción de vecino contra vecino de EE.UU. que invierte fundamentalmente la visión más inclusiva de Springsteen de la nación.

Como escribió Springsteen en “Long Walk Home” (Largo camino a casa), posiblemente su canción más importante del siglo XXI, ve a Estados Unidos como un lugar que “te envuelve con sus brazos” para que “nadie te aplaste ni nadie vaya solo”. En el léxico de Springsteen, pocas palabras son más nobles que ciudadano o vecino.

Durante una entrevista, Jon Landau, el representante y productor de Springsteen desde hace mucho tiempo, señaló que Springsteen abrió su actuación el pasado viernes en un evento benéfico para las familias de Renee Good y Alex Pretti dedicando su actuación “a la gente de Minneapolis, a la gente de Minnesota y a la gente de nuestro buen país, los Estados Unidos de América”.

“Así es como él ve Estados Unidos: como un lugar intrínsecamente bueno”, me dijo Landau. “Él cree en el pueblo estadounidense y cree que se está produciendo un sacrilegio, la profanación de los ideales del país. Bruce cree en “This Land is Your Land” (Esta tierra es tu tierra); cree en Woody Guthrie”.

Los artistas por sí solos no pueden transformar un momento político. Pero pueden amplificar las chispas que ya laten en la sociedad.

Cuando Bad Bunny y Billie Eilish usan los Grammy para denunciar a ICE; cuando Neil Young retira su música de Amazon en protesta por la alianza de Bezos con Trump ; y cuando varios artistas boicotean el Kennedy Center hasta el punto de que Trump lo cierra por reformas, inevitablemente inspirará a más artistas a alzar la voz.

Músicos jóvenes con una gran cantidad de seguidores en redes sociales, como Olivia Rodrigo, Ariana Grande y Olivia Dean, han condenado a ICE, al igual que actores como Pedro Pascal, Jenna Ortega y Olivia Wilde.

Bergthold señala que ahora es más cómodo para los artistas alzar la voz que en los primeros meses del segundo mandato de Trump, cuando menos expresaron públicamente sus objeciones.

Es probable que más se unan a iniciativas como el resurgido Comité para la Primera Enmienda que Jane Fonda, la hija de 88 años de Henry, relanzó recientemente para oponerse a las amenazas de Trump contra la libertad de expresión.

Este activismo logra dos cosas cruciales.

Más personas que no suelen sintonizar las noticias políticas escucharán críticas a Trump en los medios y las redes sociales que informan sobre celebridades. Y quienes sí sintonizan las noticias políticas no se sentirán tan solos al plantear objeciones cuando gran parte del liderazgo empresarial y cívico del país, como en los primeros años de la guerra de Vietnam, ha permanecido en silencio.

En el mejor de los casos, los artistas obligan a su público a enfrentarse a verdades incómodas y a plantearse preguntas difíciles.

Hace más de 50 años, en “Ohio”, Neil Young preguntaba: “¿Y si la conocieras y la encontraras muerta en el suelo? ¿Cómo puedes huir cuando lo sabes?”.

Más allá de la brecha generacional, una nueva cohorte de artistas, con la misma urgencia, se pregunta lo mismo sobre Renee Good y Alex Pretti.

Esta nota no refleja necesariamente la opinión del consejo editorial de Bloomberg LP y sus propietarios.

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