Una tienda de campaña para Xiomara Castro, candidata presidencial del partido Libertad y Refundación (LIBRE), durante las elecciones generales en Tegucigalpa, Honduras, el domingo 28 de noviembre de 2021.
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Bloomberg — Los resultados parciales sugieren que Honduras ha votado abrumadoramente a favor de su primera alternancia en el poder en más de una década, rompiendo el control de un partido gobernante que presidió abusos de derechos humanos, erosión democrática y escándalos de tráfico de cocaína de alto perfil. Un traspaso de mando pacífico sería una poco frecuente buena noticia en una región que se dirige hacia la autocracia. Y serían aún mejores noticias si la candidata victoriosa Xiomara Castro, esposa de un presidente de izquierda derrocado, pudiera elegir la moderación y cumplir su promesa de luchar contra la corrupción arraigada.

Se enfrenta a un poderoso establishment, y aunque el oficialista Partido Nacional (que ganó por un pelo en la disputada votación de 2017 y reprimió duramente las protestas que siguieron) dice que será una oposición constructiva, tiene tiempo para hacer nombramientos problemáticos y demandas perjudiciales antes de entregar realmente el poder. Es probable que las élites se resistan a una campaña de limpieza. También está el inconveniente de que el esposo de Castro, el depuesto presidente Manuel Zelaya, se encuentra entre los acusados de irregularidades, específicamente de aceptar sobornos, acusación que él niega.

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Tampoco está claro aún lo que harán los militares hondureños. Paul Angelo, investigador de Estudios sobre América Latina en el Council on Foreign Relations, señala que los militares respaldaron el golpe de estado que destituyó a Zelaya en 2009. Desde entonces, el partido en el poder ha cortejado a las fuerzas armadas, y esas lealtades pueden impedir la capacidad de Castro para tomar las riendas o para gobernar después. Es probable que Castro no cumpla con algunos de sus pronunciamientos radicales y promesas electorales, como una nueva Constitución.

Aun así, si gana como se espera, Washington puede reforzar las posibilidades de que Castro tenga una presidencia exitosa.

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El presidente Joe Biden considera que abordar la desigualdad económica y la corrupción y promover la gobernabilidad democrática es clave en Centroamérica, que se ha convertido en un conducto para el tráfico de drogas y la migración hacia el norte; Su administración ha propuesto un plan de US$4.000 millones para abordar sus “causas fundamentales”. Pero carece de socios confiables, con democracias frágiles que se desgastan en Guatemala y El Salvador (los otros dos países que forman el “triángulo norte”), al tiempo que el revolucionario convertido en autócrata Daniel Ortega ha reforzado su control sobre Nicaragua.

Es cierto que no siempre es útil ver los acontecimientos de América Latina a través del prisma de Washington, incluso si ocupa un lugar muy importante. Castro ganó votos en 2021 porque aprovechó la ira de la población con la corrupción y una desigualdad que se vio afectada por huracanes consecutivos y la pandemia, y la falta de oportunidades que hace que seis de cada diez millennials quieran marcharse del país. Desde 2014, más de dos millones han abandonado Honduras, Guatemala y El Salvador. Pero particularmente en el caso de Honduras, el más pobre de los tres y un antiguo receptor de ayuda militar y de otro tipo de Estados Unidos, las decisiones pasadas de EE.UU. eclipsan el presente. Razón de más para ayudar a recoger los pedazos.

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En 2009, cuando Zelaya fue secuestrado en sus pijamas, EE.UU. condenó el golpe, pero su respuesta fue vacilante, en parte porque Zelaya se había desviado incómodamente hacia la izquierda. Washington acabó reconociendo los resultados de las elecciones que siguieron, creando un espacio que el Partido Nacional aprovechó para cimentar su poder. Honduras se convirtió en otro ejemplo de lo que Ryan Berg, del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales, me describió como la ineficacia de Washington a la hora de tratar con autócratas electos: su incapacidad para ver que el principal adversario de la democracia generalmente proviene de dentro.

Buscar la estabilidad por encima de todo en la región, como dice Hilary Francis, historiadora de la Universidad de Northumbria, ha creado solo lo contrario, y Honduras no es una excepción. El presidente saliente, Juan Orlando Hernández, elegido en 2013, introdujo políticas económicas favorables a las empresas y redujo la estratosférica tasa de homicidios, pero también vació el poder judicial, permitió que floreciera la corrupción y socavó aún más la confianza en el gobierno. Aceptó el acuerdo del presidente Donald Trump para bloquear a los solicitantes de asilo, pero esas políticas miopes centradas en la migración implicaron que Estados Unidos hiciera la vista gorda ante la criminalidad que estaba transformando a Honduras en lo que los fiscales estadounidenses han llamado un narcoestado.

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Además, en última instancia, hizo poco para frenar la migración. En el año fiscal 2021, las autoridades estadounidenses de la frontera suroeste tuvieron más de 319.000 encuentros con hondureños, una cifra equivalente a aproximadamente el 3% de la población.

Castro tendrá que reconocer que esta no es la “marea rosa” que se apoderó de América Latina cuando su esposo estaba en el poder, y que ella debe gran parte de su éxito al apoyo del personaje televisivo y candidato moderado Salvador Nasralla. Hay menos tolerancia hacia una izquierda radical y eso puede implicar atenuar los planes de una nueva constitución. Necesita estabilizar el presupuesto, por lo que es alentador que su asesor económico diga que considerará un programa con el Fondo Monetario Internacional que requeriría reducir el déficit fiscal. Los líderes empresariales ya la felicitaron por la victoria.

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¿Qué puede hacer Washington? Puede reconocer que ningún problema, y menos la migración, tiene solución mientras la corrupción siga siendo endémica, y apoyar con entusiasmo los esfuerzos de Castro para establecer una comisión anticorrupción respaldada por las Naciones Unidas, inspirada en el grupo que operó en Guatemala hasta que se convirtió en una víctima de su propio éxito. Debería continuar extendiendo el largo brazo de la ley estadounidense, por supuesto: el hermano de Hernández fue sentenciado en marzo por un tribunal estadounidense a cadena perpetua por tráfico de drogas.

Washington también puede respaldar la golpeada economía a través del comercio, algo que la vicepresidenta Kamala Harris ha empezado a hacer fomentando la inversión privada. Una economía sana es fundamental para consolidar las frágiles libertades. La búsqueda de dinero entrante es una gran parte de la motivación de Castro para contemplar un movimiento que cambie el reconocimiento de Taiwán por relaciones diplomáticas con Pekín, como hizo El Salvador en 2018, atrayendo generosas promesas de inversión. Los senadores que bloquean las nominaciones diplomáticas de Biden pueden considerar la fuerte señal a favor de la democracia y en contra de la corrupción que enviaría la colocación de un embajador confirmado en el lugar bajo Castro, después de una pausa que ha durado desde 2017.

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De manera crucial, en Honduras y en toda la región, Washington puede adoptar un enfoque a más largo plazo. Las democracias fuertes y limpias llevan tiempo. Un mejor socio en la cima es sólo un paso hacia eso.

Esta nota no refleja necesariamente la opinión del consejo editorial o de Bloomberg LP y sus propietarios.

Este artículo fue traducido por Estefanía Salinas Concha.