Un soldado ucraniano sale de una trinchera
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Bloomberg Opinión — Es difícil leer los informes que salen de Bucha y otros suburbios de Kiev, y casi imposible mirar las imágenes. Los soldados rusos en retirada han dejado pruebas de una brutalidad impensable. Hombres y mujeres comunes yacen muertos en la calle, en el barro y la suciedad, muchos con disparos, algunos con las manos atadas a la espalda. Se han encontrado personas aún agarrando bolsas de la compra, una de ellas extendida junto a una bicicleta enredada. Hay fosas comunes y pruebas de tortura. Las autoridades ucranianas afirman que se han recuperado los cadáveres de 410 civiles en los pueblos de la capital.

Incluso sin saber con precisión lo que ocurrió, está claro que Bucha y los incidentes como éste son un ultraje: crímenes de guerra de proporciones espantosas. Pero esto no debería ser una sorpresa. Las fuerzas rusas ya han utilizado este tipo de tácticas y volverán a hacerlo, a menos que Europa, Estados Unidos y otras naciones aliadas actúen con rapidez tras este horror. Tienen que hacer que el costo de esta guerra no sólo sea elevado para Rusia, cuya economía ha empezado a estabilizarse desde que se impusieron las sanciones masivas, sino que sea intolerable. Y sí, eso significa avanzar más allá de los esfuerzos para cerrar las lagunas de los bancos y la tecnología, y abordar, por fin, las exportaciones de petróleo y gas rusas.

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Los detractores de este enfoque en Bruselas y en otros lugares tienen razón al temer el impacto de tales medidas en los consumidores en casa. Se produciría un choque inflacionario y un golpe al crecimiento en Europa. Pero no hay ninguna opción creíble que tenga un coste cero. Y los líderes occidentales deberían recordar que no se trata de vengar a Bucha ni a ninguna otra ciudad en particular, sino de evitar las muchas otras atrocidades que las fuerzas rusas, mal disciplinadas y con ciudadanos deshumanizados por la propaganda del Kremlin, cometerán sin duda. La inacción cuesta vidas y nos pone en peligro a todos.

Es crucial entender que lo que estamos viendo tras la retirada rusa es más que la consecuencia de la guerra, porque incluso en la guerra hay reglas básicas. En este caso, Ucrania ha acusado a los soldados rusos de matar a civiles desarmados, y las pruebas vistas por periodistas y activistas de derechos humanos lo corroboran. Human Rights Watch dice que ha documentado la crueldad y la violencia deliberadas en las zonas ocupadas, incluyendo violaciones, ejecuciones sumarias, saqueos y más. En Bucha encontró un caso en el que los soldados obligaron a los hombres a arrodillarse en el borde de la carretera, les taparon la cara con sus camisetas y dispararon a uno de ellos en la nuca.

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A los observadores de Rusia de toda la vida esto les resultará terriblemente familiar, y es porque lo es. Moscú utilizó tácticas similares en Chechenia, sobre todo durante la segunda guerra que comenzó bajo el mandato de Vladimir Putin en 1999, cuando se utilizaron detenciones arbitrarias, torturas, desapariciones y ejecuciones sumarias para expulsar a los rebeldes y acobardar a la población local. Se asaltaron ciudades y pueblos indefensos sin justificación militar. Lo que ha ocurrido en Bucha en las últimas semanas sucedió en pueblos de las afueras de Grozny a principios de 2000, cuando Human Rights Watch y otros grupos documentaron saqueos, extorsiones y violaciones, e informaron de que se obligaba a los civiles a salir de sus escondites y se les disparaba sumariamente a corta distancia. Entonces, los asesinatos, al igual que los de Bucha, se encontraron con desmentidas del Kremlin.

Ucrania no es Chechenia. Es un país independiente de 44 millones de habitantes, no una provincia rebelde en la que Rusia supuestamente luchaba contra extremistas islámicos. Pero la comparación importa porque en Chechenia el terror se convirtió en una táctica legítima, entretejida en la estrategia: no fueron incidentes aislados de excesos. ¿Cómo? En gran parte porque la retórica oficial rusa en torno a Chechenia asociaba a la población local con los combatientes, y a los combatientes con los terroristas, por lo que todo el mundo se convirtió en un objetivo legítimo.

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Los ucranianos, que resisten mucho más de lo que Rusia esperaba, parecen haber sido etiquetados de la misma manera. El nazismo, han argumentado los propagandistas de Moscú para explicar su lento progreso, ha penetrado profundamente en la sociedad ucraniana, por lo que hay que “limpiarla”.

Todo esto debería galvanizar a los líderes occidentales y animarlos a actuar con rapidez. Rusia ha reaccionado con el consabido whataboutism (término que significa “¿pero qué hay acerca de esto? utilizado para explicar tácticas destinadas a desviar el foco de atención de un hecho). Zelenskiy ya ha pronunciado un encendido discurso en el que reprende el “mal concentrado”, apelando directamente en ruso a las madres de los soldados de Moscú y a los líderes del país, enumerando los horrores: “Así es como se percibirá el Estado ruso. Esta es vuestra imagen ahora. Vuestra cultura y vuestra humanidad murieron con los hombres y mujeres ucranianos por los que vinieron”.

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¿Pero qué hará Occidente? Está claro que Rusia puede infligir mucho daño, incluso sin armas químicas. Estas tácticas no dan la victoria, pero pueden sembrar una destrucción impensable. Todas las partes de la Ucrania ocupada son inseguras. También es evidente que el actual conjunto de sanciones, aunque amplio, no detendrá la guerra con suficiente rapidez, como tampoco lo harán otras medidas que están sobre la mesa, reforzando las acciones existentes -con controles de exportación de tecnología y aplicando más restricciones a los bancos- y ampliando la lista de individuos sancionados. La economía rusa está muy golpeada, pero se ha ajustado, y el banco central aún puede prestar apoyo.

Ir tras el petróleo y el gas -y Occidente sigue comprando la mayor parte de lo que produce Rusia- sería un golpe mucho más duro, que golpearía las finanzas de Moscú y su capacidad para resistir otras sanciones ya vigentes. Elina Ribakova, economista jefe adjunta del Instituto de Finanzas Internacionales, estimó el fin de semana que un embargo energético acabaría con el superávit de cuenta corriente de Rusia y afectaría a su situación fiscal. Cualquier acción de este tipo, para ser claros, será dolorosa también para Occidente, en particular para Europa, donde la reducción del consumo de gas ruso requerirá un importante apoyo social para ayudar a los más pobres a hacer frente a la situación. Pero se puede hacer: los precios altos reducen la demanda y una guerra en Europa no es precisamente gratuita.

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¿Y China? El panorama es previsiblemente complicado. Es poco probable que las preocupaciones humanitarias empujen a Pekín a abandonar la indecisión, entre otras cosas porque sus propios ciudadanos no verán las imágenes que impactan a los espectadores en otros lugares. Pero el impacto de estos horrores en la inflación y el crecimiento global, en un momento en el que Pekín está lidiando con un importante desorden de Covid-19 en casa, podría hacerlo.

Esta nota no refleja necesariamente la opinión del consejo editorial o de Bloomberg LP y sus propietarios