Una persona pasa frente a una valla publicitaria de Abuja Cements Ltd. en una carretera de Patna, Bihar, India, el jueves 25 de febrero de 2021.
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Bloomberg Opinión — Es probable que el crecimiento de India en los próximos años se vea impulsado por el gran empuje del gobierno en materia de infraestructuras. El sector de la construcción representa casi una décima parte de la economía del país. India es el segundo productor mundial de cemento.

Por lo tanto, parece un momento extraño para que una gran empresa cementera abandone el gigantesco país. Sin embargo, parece que eso es lo que planea hacer la suiza Holcim AG (HOLNN), la mayor productora de cemento del mundo.

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Tampoco sería la única salida de este tipo que se ha producido recientemente. El pasado septiembre, Holcim vendió sus operaciones en Brasil por US$1.000 millones. CRH Plc, con sede en Dublín, vendió sus propias operaciones en Brasil en 2020 y, antes de que se produjera la pandemia, al parecer estaba buscando compradores para su filial en Filipinas.

Se puede ver esta tendencia como una señal de madurez para los actores de los mercados emergentes. Se dice que Adani Enterprises Ltd. (ADANIENT) ha reunido US$13.500 millones para su oferta de adquisición de la participación de Holcim en Ambuja Cements Ltd. (AMBUJACEM) y ACC Ltd. (ACC). Los activos brasileños de Holcim fueron comprados por el fabricante de acero local CSN Resources SA. Una vez que el acuerdo reciba la aprobación final de los reguladores, CSN será el segundo mayor productor de cemento de Brasil.

Adani y CSN o sus equivalentes (y no las multinacionales del mundo desarrollado) cosecharán así los frutos del crecimiento en sus mercados de origen. Mientras tanto, esas empresas occidentales pueden retirar parte de la deuda y centrarse en sus propios mercados nacionales, que también bullen de actividad tras los gigantescos paquetes de estímulo.

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Pero esa no es toda la historia. Gran parte de la razón por la que las salidas de los mercados emergentes resultan atractivas es que ayudan a las empresas occidentales de sectores difíciles de abandonar, como el acero y el cemento, a alcanzar objetivos de sostenibilidad cada vez más agresivos y, convenientemente, a aprovechar nuevas reservas de capital. En septiembre de 2020, Holcim se comprometió a reducir en más de un 20% la intensidad de CO2 para 2030 y, más allá, a un “futuro de (un calentamiento global de) 1,5 grados”. Un mes después, la empresa anunció una emisión de bonos vinculados a la sostenibilidad con valor de $850 millones de euros (US$880 millones).

En el mundo desarrollado, los compromisos corporativos de cero emisiones, como el adoptado por Holcim, gozan cada vez de mayor aceptación entre los inversionistas activos y los administradores ambiciosos. Y se han convertido en formas cruciales para que los inversionistas institucionales y otros impongan una disciplina relacionada con el clima a las empresas, incluso en sectores que durante mucho tiempo se resistieron al cambio. Los bonos verdes son la zanahoria; las rebeliones de los accionistas, como la que afronta CRH, son el palo.

Sin embargo, ¿realmente reducirá esta estrategia las emisiones mundiales? ¿O simplemente llevará a las empresas occidentales a abandonar a los gigantes de los mercados emergentes, como India y Brasil, que son los verdaderos campos de batalla contra el aumento de las emisiones?

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Con el tiempo, estas decisiones pueden disminuir las perspectivas de un futuro con cero emisiones en lugar de aumentarlas. La descarbonización de sectores difíciles de eliminar, como el del cemento, requerirá dinero y tecnología. Aunque las empresas locales no estén menos comprometidas con un futuro de cero emisiones que sus homólogas occidentales, lo cierto es que tendrán más dificultades para acceder a ambas cosas.

Por un lado, los gobiernos de los mercados emergentes no tienen recursos para ayudar subvencionando adecuadamente la investigación y el desarrollo. En consecuencia, los fabricantes de acero indios, por ejemplo, han gastado sistemáticamente mucho menos en I+D en proporción a sus ingresos que sus homólogos de la OCDE.

En cambio, el gigantesco acuerdo ecológico de Europa incluye montones de dinero para promover la innovación con bajas emisiones de carbono en el país. El mes pasado, la Comisión Europea entregó 1.100 millones de euros (US$1.160 millones) a siete proyectos de este tipo, dos de los cuales estaban destinados a la reducción de emisiones en el acero y el cemento. (El beneficiario en el sector del cemento fue una filial francesa de CRH, Eqiom SAS).

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Supongamos que algunos de estos disparos a la luna acaban funcionando. Si realmente pretendemos un “futuro de 1,5 grados”, como dicen todas estas promesas, las innovaciones tendrán que desplegarse rápidamente, a escala, y a nivel mundial, no sólo en Europa y Norteamérica. ¿Cómo va a ocurrir esto si las empresas con más posibilidades de desarrollar y poseer estas innovaciones han abandonado los mercados donde más se necesitan?

Los inversionistas activos que buscan el “greenwashing” deben tener cuidado con las consecuencias no deseadas de sus decisiones. Hay que recompensar a las empresas por reducir las emisiones en todo el mundo, no por disminuir sus ambiciones para centrarse en las zonas geográficas en las que es más fácil fabricar de forma más ecológica. Y los fondos de financiación que dicen dedicarse a invertir en proyectos de bajas emisiones de carbono deben empezar a buscar empresas que operen en lugares como Brasil e India. A menos que las fábricas del mundo emergente tengan acceso al dinero y a los conocimientos técnicos que necesitan, el desarrollo con bajas emisiones de carbono seguirá estando fuera de su alcance, al igual que un mundo de 1,5 grados.

Esta nota no refleja necesariamente la opinión del consejo editorial o de Bloomberg LP y sus propietarios.

Este artículo fue traducido por Estefanía Salinas Concha