Si preguntas a cualquier progenitor por el tiempo que dedican sus hijos a los aparatos móviles, probablemente escucharás siempre lo mismo: Es excesivo. La utilización desmedida de los móviles y las redes sociales está vinculada al alza en las tasas de depresión y autolesión entre adolescentes, además de empeorar el desempeño escolar de los alumnos y agudizar las disparidades en los logros académicos. En este momento, la duda no es si se deben prohibir los teléfonos en las clases, es por qué no lo han hecho ya más centros escolares.
Las pruebas acerca de los impactos negativos de los aparatos móviles sobre el aprendizaje son contundentes. Los estudios internacionales de gran alcance demuestran que cualquier uso de la tecnología en el aula que vaya más allá de lo limitado es perjudicial para el aprendizaje. Según un estudio de catorce países mencionado en un documento de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), el simple hecho de tener un móvil a mano perturba el aprendizaje a cualquier edad, desde la educación preescolar hasta la universitaria, y los alumnos con peores resultados son los más perjudicados.
A raíz de este tipo de descubrimientos y en aras de la cordura, el gobierno del Reino Unido anunciaba este mes que ordenará a los colegios que prohíban la utilización de los teléfonos inteligentes durante el horario escolar. En otros países europeos, como los Países Bajos y Francia, ya se han adoptado prohibiciones semejantes. Estas políticas resultan difíciles de implementar, pero en los países en los que se han aplicado los logros han sido notables. La prohibición de los teléfonos en dos regiones españolas ha supuesto una mejora de los resultados de las pruebas de matemáticas, que equivale a más de la mitad de un año de aprendizaje. Un estudio efectuado el año pasado en más de cien centros de enseñanza media de Noruega se descubrió que la prohibición de los móviles mejoraba las calificaciones y los resultados de los estudiantes e incrementaba sus posibilidades de asistir a un colegio secundario superior. Además, produjo mayores mejoras académicas que políticas mucho más costosas, como por ejemplo clases más pequeñas o poner más computadoras en los colegios.
Pero, pese a estos evidentes beneficios, los centros educativos de Estados Unidos están yendo en la dirección contraria. En el año 2020, el 76% de los colegios públicos afirmaban que se prohibía el uso “no académico” de los móviles durante las horas de clase, en comparación con más del 90% diez años antes. Todo apunta a que esas prohibiciones son ampliamente desobedecidas. Ante el incremento del uso de móviles durante la pandemia, en parte debido al cierre de escuelas, parece que ciertos distritos escolares han renunciado a los esfuerzos, incluso aparentes, por alejar los aparatos de las manos de los estudiantes. En una encuesta divulgada el mes pasado, el 97% de los adolescentes de Estados Unidos declaran que usan sus teléfonos móviles durante el horario escolar, con una media de 43 minutos, la mayoría de ellos destinados a las redes sociales, YouTube y los juegos de vídeo.

Detener esta tendencia es fundamental para ayudar a los estudiantes a recuperar el terreno perdido y evitar un deterioro permanente en sus carreras y perspectivas de vida. Prohibiciones nacionales al estilo europeo serían inviables en Estados Unidos, donde las escuelas están controladas localmente. Pero los responsables de las políticas deberían enfatizar la urgencia de la cuestión. Las legislaturas estatales deberían presionar a las escuelas para que prohíban el uso de teléfonos durante la jornada escolar, incluso durante los períodos de transición y los recreos, y para confiscarlos, si fuera necesario. Deberían ofrecer incentivos a los distritos que demuestren avances académicos después de imponer prohibiciones en todas las escuelas. También deberían ayudar a las escuelas a pagar cosas como bolsas para guardar dispositivos electrónicos y casilleros para teléfonos.
Sin duda, las escuelas recibirán críticas de los padres que se oponen a tales prohibiciones. Si bien reconocen inquietudes legítimas (como cómo comunicarse con un estudiante durante una crisis), deben mantenerse firmes y explicar que los protocolos de contacto de emergencia son más que suficientes.
A estas alturas es indiscutible que, por muy esenciales que sean para la vida moderna, los teléfonos inteligentes no tienen cabida en las aulas. Cuanto antes las eliminen las escuelas, mejor estarán los estudiantes.
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