Prepárense para una América Latina más pragmática

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Ciudad de Panamá
Por Juan Pablo Spinetto
05 de febrero, 2026 | 08:26 AM

¿Qué mejor escenario para debatir acerca de un mundo en rápida transformación que el Canal de Panamá? La emblemática vía acuática no es únicamente un punto clave en la geopolítica, sino que también es la primera línea más visible de Latinoamérica en la rivalidad cada vez más intensa entre los EE.UU. y China.

Esa es la razón por la que la reunión de la última semana de los principales líderes políticos y ejecutivos empresariales de la región, más de 6.000 personas, auspiciada por el banco de desarrollo CAF, en un inmenso centro de convenciones a pocos kilómetros de la entrada de la vía al Pacífico, no fue solo simbólica, sino reveladora.

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Latinoamérica está comenzando a hacer frente a los riesgos de un orden mundial más discrecional, en el que su crónica falta de integración y unidad la deja vulnerable a las maniobras de las grandes potencias.

Lo que me llamó la atención no fue solo la magnitud del “Davos de América Latina”, sino el cambio de tono que se percibió.

Cabría esperar que la primera gran reunión regional desde la operación militar de EE.UU. que derrocó por la fuerza a Nicolás Maduro en Venezuela desencadenara una avalancha de retórica antiamericana. Sin embargo, el ambiente en la ciudad de Panamá fue comedido, enfocado en los negocios y notablemente pragmático.

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Si tuviese que resumir el ambiente, lo describiría como un giro tentativo hacia conversaciones más auténticas basadas en las preocupaciones concretas de los latinoamericanos: mayor crecimiento, mejores empleos, mayor seguridad, menos exclusión y una sensación de optimismo hacia el futuro. “Capitalismo para todos”, como acertadamente lo describió el nuevo presidente de Bolivia, Rodrigo Paz.

Paz participó en la sesión inaugural junto a un elenco ideológicamente ecléctico: izquierdistas radicales como el brasileño Luiz Inácio Lula da Silva y el colombiano Gustavo Petro, al lado de derechistas como el ecuatoriano Daniel Noboa y el presidente electo de Chile, José Antonio Kast, todos ellos invitados por el presidente de Panamá, José Raúl Mulino.

Su presencia en el mismo escenario puso de relieve el propósito fundamental de la cumbre, que no era simplemente generar ideas, sino servir como un catalizador único para el diálogo entre las profundas divisiones de la región e iniciar la configuración de una nueva narrativa para la región.

Mis repetidas referencias a Paz no son casualidad.

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Cuando aún no han pasado tres meses desde que asumió el cargo, ya se está revelando como una estrella en ascenso en el firmamento político de América Latina, despertando un interés comercial cada vez mayor. Elocuente, carismático y de aspecto juvenil a sus 58 años, Paz representa un estilo de liderazgo más fluido y difícil de etiquetar, difícil de clasificar como de izquierda o de derecha.

Y si la polarización ha definido gran parte de la política regional en este siglo, una conclusión inevitable podría estar por fin imponiéndose: ningún bando puede gobernar durante mucho tiempo sin ofrecer resultados. “La ideología no pone comida en la mesa; el empleo sí”, afirma.

Esa constatación se puso de manifiesto en escenas que hasta no hace mucho habrían parecido inimaginables: Lula entablando una relación cordial con Kast, quien durante la campaña no ocultó su desdén por la izquierda; Petro compartiendo escenario con Noboa pocos días después de una dura disputa bilateral sobre aranceles. “Un presidente no gestiona una trinchera”, comentó Kast.

¿Podría ser que Latinoamérica esté aprendiendo la lección de que todos salen perdiendo cuando se permite que las divisiones internas se agraven sin control?

“Políticamente, hay un cambio en la región”, me dijo Felipe Larraín, exministro de Hacienda de Chile, argumentando que los responsables políticos deberían ser ambiciosos y considerar reemplazar el actual mosaico de acuerdos locales por un único acuerdo de libre comercio y logística que abarque América Latina y el Caribe. “Necesitamos gobiernos menos ideológicos”.

Sin duda, los líderes presentes en este evento no tenían mucho en juego. No hubo un comunicado final que firmar ni una decisión política decisiva que tomar.

Las persistentes divisiones en la región siguen siendo fáciles de detectar. Basta con observar la falta de consenso sobre el próximo secretario general de las Naciones Unidas: Brasil, México y Chile respaldana la expresidenta Michelle Bachelet, mientras que Argentina promueve a un candidato más cercano a la Casa Blanca, Rafael Grossi.

Sin embargo, tras dos días de conversaciones con los delegados, el mensaje que surgió fue de un cauteloso entusiasmo por la magnitud de las oportunidades que sigue brindando Latinoamérica, que van desde grandes proyectos de infraestructura destinados a la integración de la región hasta el desarrollo del sector energético, los minerales estratégicos y la IA.

El brusco giro favorable a los negocios de Bolivia tras veinte años de socialismo, sumado al experimento de Venezuela bajo la tutela de EE. UU., refuerza la sensación de que el cambio político puede liberar un verdadero potencial económico.

Este renovado interés por los negocios, la Cámara de Comercio Americana se afanaba en organizar reuniones corporativas al margen del evento, refleja también una respuesta pragmática a la renovada implicación de Estados Unidos en la región a través del resurgimiento de la Doctrina Monroe.

“Existe al menos una visión más compartida sobre la importancia de implementar políticas de desarrollo productivo”, afirmó José Manuel Salazar, secretario ejecutivo de la CEPAL. “Una de las estrategias de diversificación es la integración regional. Esta es un motor de crecimiento si la implementamos correctamente”.

América Latina

Si bien abundan las ideas y las oportunidades, reposicionar la región llevará tiempo.

El expresidente colombiano Juan Manuel Santos argumentó ante sus compañeros asistentes que Latinoamérica necesitaba “hablar con una sola voz”. Eso es una ilusión. Esperar que 33 países se pongan de acuerdo en un solo mensaje es una idea romántica con poco valor práctico. La diversidad de la región debe aprovecharse, no suprimirse artificialmente.

El desafío es evitar que esa diversidad se transforme en una división fratricida, perjudicando a todos.

En un sistema internacional en rápida evolución, la construcción de una América Latina más fuerte exigirá, a la larga, que los gobiernos superen sus disputas políticas internas en aras del bien regional.

Esta nota no refleja necesariamente la opinión del consejo editorial de Bloomberg LP y sus propietarios.

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