Putin
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El impulso de las sanciones occidentales contra Vladimir Putin está decayendo. Incluso mientras la Unión Europea (UE) brinda por sus restricciones más duras hasta el momento contra la maquinaria bélica rusa, incluyendo una prohibición parcial de las importaciones de petróleo, las concesiones se acumulan: desde la exención del crudo de los oleoductos hasta la eliminación del clérigo favorito del líder ruso de la lista de sanciones.

El húngaro Viktor Orban, admirador de Putin, está jugando claramente un papel importante en la fragmentación del frente unido. Pero el riesgo del cansancio y la disminución de la moral va mucho más allá de Budapest. El costo de golpear a Putin donde más le duele, la energía, hace presa en la mente de muchos líderes en un momento de alta inflación y desaceleración económica, al igual que la sombría visión de que el avance de Rusia vuelve a tomar impulso tras 100 días de lucha.

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Además, las diferencias de opinión dentro y fuera de la Unión Europea sobre el final del juego no auguran nada bueno a corto plazo. La primera ministra estonia, Kaja Kallas, que ahora tiene que recomponer su coalición de gobierno tras su fracaso la semana pasada, está dispuesta a seguir apretando las tuercas a Moscú. Pero reconoce que todo será más “difícil” a partir de ahora, con pocas probabilidades de un embargo de gas en la próxima serie de restricciones.

Es hora de adoptar un enfoque diferente, o una “pausa”, como dice el homólogo belga de Kallas, Alexander De Croo.

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No hay una solución fácil para la fatiga de las sanciones. El “arma financiera” es una herramienta imperfecta que es propensa a una aplicación irregular y a consecuencias no deseadas. La escala sin precedentes de las sanciones contra el círculo íntimo de Putin, así como contra el sistema financiero, las aerolíneas y el comercio de Rusia, contribuirá a un descenso estimado del 10% del Producto Interno Bruto (PIB) ruso este año. Pero esto no ha disuadido ni desalojado al líder ruso.

Peor aún, también ha habido algunos efectos contraproducentes. El aumento del precio de la energía ha llenado los bolsillos de Putin mientras empobrecía a los importadores. Los ingresos de Rusia por el petróleo y el gas serán de unos US$285.000 millones este año, según las estimaciones de Bloomberg Economics. Si añadimos otras materias primas, esto compensa con creces los US$300.000 millones de reservas rusas congeladas como parte de las sanciones.

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Y aunque la confiscación de los yates y las villas de los oligarcas adinerados se siente bien, es chocante ver cómo las empresas occidentales que salen de Rusia venden activos a esos multimillonarios que son efectivamente demasiado grandes para ser sancionados.

Aunque la respuesta a largo plazo sea ir más fuerte y más rápido contra Rusia, será vital apuntalar primero las defensas económicas en casa. Barclays Plc (BCS) calcula que un embargo total del gas natural ruso podría reducir el PIB de la zona euro en un 4%; sin un apoyo económico adicional para los hogares, la retórica de Orban (que compara sin gusto las sanciones energéticas con una “bomba nuclear” económica) se extenderá.

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Una encuesta de YouGov del mes de abril ya reveló que la opinión pública europea está un poco dividida: Más del 30% de los encuestados en siete países, entre ellos España e Italia, abogaban por invertir en comercio y diplomacia con Rusia, en lugar de en defensa y seguridad.

Sin luz al final del túnel económico, el ánimo de la opinión pública podría cambiar. Si esta guerra se prolonga y se convierte en una prueba de moral, Occidente y la UE tienen ventaja en términos de recursos y capital humano, como ha señalado Miguel Otero Iglesias, del Real Instituto Elcano. Pero eso viene acompañado de la necesidad de proteger a los más vulnerables de la sociedad; el apoyo fiscal debería ser “inevitable”, añade con razón.

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Las medidas de apoyo al estilo de la pandemia deberían inspirar los próximos pasos políticos de Europa, ya sea a través de la estructura de préstamos conjuntos del fondo de recuperación de la UE o de los préstamos “SURE” ofrecidos a los Estados miembros para proteger el empleo. La unidad será realmente una fuerza en un momento de aumento de las tasas de interés y de fragilidad de las finanzas públicas, sobre todo cuando Putin empiece a estrangular el suministro de gas a los países que no sigan sus reglas.

Es fácil suponer, como han hecho algunos, que la línea divisoria en este conflicto es entre los que quieren acomodar a Putin y los que están del lado de Ucrania. Esto no es ni exacto ni útil. La trayectoria de Italia es especialmente instructiva: Antes de la invasión, Mario Draghi estaba pensando en estrechar los lazos con Rusia en materia de gas. Desde entonces, ha apoyado la prohibición del petróleo y ha respaldado el envío de armas pesadas a Ucrania, a pesar de la resistencia política interna.

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Sin embargo, también ha pedido una respuesta común al aumento de los costos energéticos y ha instado a Estados Unidos a pensar “cuidadosamente” en cómo podría ser un alto el fuego. Ante el cansancio de las sanciones, es el enfoque de Draghi, y no el de Orban, el que debería informar de los próximos pasos de Occidente.

Esta nota no refleja necesariamente la opinión del consejo editorial o de Bloomberg LP y sus propietarios.

Este artículo fue traducido por Andrea González