Colores de la elección presidencial en Colombia desde una tribuna con vista privilegiada

Uno de los editores de Bloomberg Línea fue nombrado jurado de votación y escribió este relato sobre su experiencia en las elecciones presidenciales, que ahora van a una segunda vuelta entre los candidatos Abelardo de la Espriella e Iván Cepeda.

Colombians Vote In Presidential Election
Por Alejandro Manrique G

Bogotá — El primer votante llegó antes que el café. Eran las 8:00 a.m. y una fila de hombres, entre 35 y 60 años, ya esperaba frente a la mesa número ocho del puesto de votación.

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Afuera, Bogotá seguía siendo Bogotá: fría, gris, colmada de nubes negras, inhóspita. Adentro, un grupo de seis jurados, cinco mujeres y un hombre, se alistaba con cierta tensión y nerviosismo a iniciar la jornada electoral.

Una hora antes, los jurados habían arribado al puesto de votación, se habían acreditado y se habían acomodado en la mesa bajo techo, que se encontraba limpia, prolija y en buen estado. Parecía que todo olía a nuevo: las sillas de plástico, la urna, la casilla y el material de votación, que venía empacado con pulcritud y orden.

Allí, en un paquete de plástico reforzado, como de correo internacional, estaban las tarjetas de votación, que eran el doble de las personas inscritas para votar en la mesa, por si los sufragantes cometían errores. Había un formulario que parecía una pila de documentos, donde se registraron, durante la jornada, los votantes con sus números de identificación oficial, su firma y su huella dactilar.

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También había un cuentavotos, de fácil llenado, con las fotografías de las fórmulas presidenciales entre un rectángulo ancho y una serie de números hasta casi los 200 votos. Se contaban los votos marcando cada número y al lado derecho, en un cuadro, se escribía el total alcanzado.

Todo estaba bien estudiado pues en la bolsa había un listado de una sola página con los números de identificación de los votantes habilitados para sufragar en ese puesto, con la referencia a la página exacta donde debían registrarse sus datos en el documento principal, el voluminoso fajo de hojas.

Había cuatro plumas para escribir, una almohadilla con suficiente tinta para que los sufragantes mojaran su índice derecho y estamparan su huella dactilar y hasta pequeños trozos de papel para que se lo limpiaran al terminar la operación.

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Votan los colombianos en las elecciones presidenciales 2026.

El documento clave

También estaba el documento clave: el formulario E-14, donde se registró el conteo final de los votos de todos los candidatos, incluidos los que ya se habían unido a las campañas de quiénes punteaban en las encuestas.

Ese es el formulario que los testigos electorales de los partidos políticos revisan en los reconteos y que impugnan, de ser el caso, y sobre los cuales se recuperan o se pierden votos.

Los primeros votantes llegaron justo con la apertura oficial de la votación y pronto se formó una fila constante. Los jurados se dividieron las tareas: una recibiría las identificaciones, resaltaría su número en la lista y cantaría el número de página y fila en la que se encontraba en el documento que asemejaba a un legajo de papeles. Otra anotaría, en ese papelerío, los nombres completos y pediría las firmas y huellas, la tarea más dispendiosa.

Otro, firmaría y entregaría las tarjetas de votación y tres más vigilarían el voto y escribirían los datos de sufragante en el certificado electoral, que a los colombianos les da el derecho a medio día de descanso compensatorio. Si se es jurado y además se vota, el compensatorio es un día y medio completo, según la ley.

La rutina se repitió una y otra vez: recibir la identificación, ubicar al votante en el listado, registrar sus datos, que firmara y pusiera su huella, entregar la tarjeta de votación, diligenciar el certificado electoral y vigilar que el voto terminara en la urna.

Parecía sencillo, pero al principio exigía concentración permanente. Cualquier error, por menor que fuese, podía convertirse en un serio problema legal al momento del cierre de la votación y en las minuciosas revisiones que los partidos políticos realicen después.

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“Todos son unos vampiros”

Con el paso de las horas, entre los jurados se desarrolló una especie de memoria automática, de quehacer mecánico, una automatización del cuerpo para encontrar nombres, números y formularios. Para entregar, anotar y seguir adelante.

Y se desarrolló una amistad espontánea, una solidaridad de cuerpo, un compromiso tácito de actuar de manera justa, honesta y transparente. Entre los jurados, había doctoras graduadas con tesis doctorales, funcionarias públicas de la ciudad y del gobierno nacional, una psicóloga clínica que se especializó en musicoterapia y una ingeniera ambiental.

El flujo de votantes fue constante durante la jornada, aunque variado. Algunos llegaban con prisa, otros aprovechaban para conversar unos minutos y muchos llegaron con sus hijos o mascotas. A los menores les habían prometido dejarlos depositar el voto en la urna: una lección de la democracia en los primeros años.

A voter casts a ballot at a polling station during the Colombia parliamentary and primary elections in Bogota, Colombia, on Sunday, March 8, 2026. Colombia's fractured political landscape heads into March 8 congressional elections and inter-party presidential primaries that will shape the political map ahead of a tightly contested presidential race on May 31, with a likely runoff on June 21. Photographer: Nathalia Angarita/Bloomberg

Hubo quienes conocían perfectamente el procedimiento, o quienes desconfiaban, especialmente al tener que dejar, mientras votaba, su identificación oficial y otros que necesitaban orientación en cada paso.

Hubo uno, entre 271 votantes, que arribó refunfuñando del sistema y de “la situación del país” y otro que invalidó su voto dibujando expresiones de rechazo sobre las imágenes de algunos candidatos y que escribió, en inglés, que “todos son unos vampiros”.

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Fue el que más se demoró en la casilla de votación y los jurados se dieron cuenta del tiempo que se tomaba y la manera como estaba invalidando el voto. Escribía y dibujaba con fuerza, con trazos largos, duros y definitivos. Con rabia.

Hermandad, agua y solidaridad

A mediodía hubo un breve descanso para comer algo. Apenas media hora. Los jurados se turnaron el permiso y hacia la 1:30 pm ya todos estaban de vuelta y atendían a la mecánica de la votación, entre cafés que habían traído y postres que habían comprado, y que incluían galletas y pasteles de una panadería cercana.

La jornada siguió avanzando entre los saludos de los vecinos, preguntas repetidas, el incesante sonido de los papeles sobre la mesa, el garabateo de nombres, apellidos y firmas, las anécdotas personales y las historias de vida de los jurados. Hubo hermandad. Hubo agua, solidaridad y turnos para ir al baño.

Hasta las tres de la tarde, una hora antes del cierre, los votantes disminuyeron de manera drástica, pero pronto los jurados contaron que el 75% de quienes estaban inscritos para votar en la mesa, ya lo habían hecho. Los jurados aplaudieron. Era un gran logro: las votaciones a la presidencia de Colombia tienen niveles de abstención iguales o superiores al 45% del electorado.

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A esas alturas, el ambiente había cambiado. La tensión de las primeras horas había dado paso a un cansancio acumulado. Las conversaciones se hicieron más pausadas y los jurados empezaron a mirar el reloj con mayor frecuencia.

Un votante deposita su voto en un puesto de votación en Bogotá en marzo. Fotógrafa: Nathalia Angarita/Bloomberg.

A las cuatro de la tarde sonó el silbato que marcó el cierre de la votación. Hacía ya tiempo que no aparecía un votante por la mesa. Los colombianos madrugaron a votar y los jurados se mostraron extrañados, en una cultura que deja todo para el final. La puntualidad fue celebrada.

Momentos de tensión

Pero con el silbato volvió la tensión, el nerviosismo y la concentración. Cientos de tarjetas de votación sobrantes fueron destruidas de manera inmediata y depositadas en una bolsa de basura negra, grande y fuerte, que también venía con el material de votación. La ingeniera ambiental sólo esperaba que ese papel, de cierto gramaje, fuese reciclado. Allí también se incluyeron los plumones para escribir, la almohadilla de la tinta dactilar y hasta los pequeños papelitos para limpiarse el dedo índice.

La urna se abrió y sobre la mesa se esparcieron todos los votos. Hubo un primer conteo, un segundo y un tercer recuento para confirmar los resultados. No se podía cometer errores. Cada número debía coincidir: el que aparecía en el listado de votación, en el legajo de papeles del registro, en el cuenta votos, para luego proceder a escribir, con buena letra, los resultados en el formulario E-14. Cada casilla debía quedar impecable, sin dudas, marcas, ni tachones.

Fueron momentos de tensión, la mesa estaba rodeada de testigos electorales, pero se hizo. Al final, los jurados firmaron todas las actas, junto con el E-14, tomaron fotografías de respaldo y entregaron la documentación a los delegados electorales, que la recibieron sin objeción.

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Hubo un suspiro de alivio, la satisfacción del deber cumplido. A los testigos de los partidos se les permitió tomar fotos con sus celulares del formulario E-14.

La jornada había comenzado, no a las 7:00 am, cuando los jurados arribaron, sino a la medianoche del domingo 31 de mayo, cuando las autoridades electorales empezaron el operativo policial para trasladar los votos y el material electoral, para instalar los puestos de votación y custodiar esos documentos en cada mesa, hasta que amaneciera y los jurados llegaran y lo encontraran todo organizado y sin errores.

Fueron casi 19 horas de trabajo continúo para las autoridades electorales y los policías y unas diez horas para los ciudadanos que fueron jurados de votación.

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