Brasil es el gran perdedor de la reorganización geopolítica de América Latina

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Trum y Lula
Por Juan Pablo Spinetto
16 de enero, 2026 | 06:39 AM

Las ambiciones de liderazgo de Brasil están pasando por un mal momento.

La intervención histórica de la Casa Blanca en Venezuela ha expuesto la impotencia geopolítica de la mayor economía latinoamericana.

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Estados Unidos no solo derrocó al líder de un país de América del Sur en cuestión de horas sin que se produjera una sola víctima, sino que, de hecho, estableció un protectorado en una nación que comparte unos 2.200 km de frontera con Brasil.

La respuesta de Brasilia se redujo a poco más que un comunicado conjunto con cinco aliados ideológicos, en el que manifestaban su “profunda preocupación” por la incursión militar unilateral. Palabras cuidadosamente elegidas, resentimientos privados, acciones mínimas.

No tenía por qué haber sido así.

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Si EE.UU. se atrevió a llevar a cabo una operación sin precedentes en Venezuela, ignorando la diplomacia y el derecho internacional, se debió en parte a que Brasil pasó años malinterpretando la crisis y sin reaccionar ante el conflicto más grave que ha vivido Latinoamérica en este siglo, que se estaba desarrollando justo en su frontera norte.

En su calidad de autoproclamado líder de la región y aspirante a potencia mundial, Brasil debió haber estado a la cabeza de los esfuerzos para contener al chavismo y exigirle que rindiera cuentas por sus evidentes abusos contra los derechos humanos y el sistemático desmantelamiento de la democracia.

Por el contrario, Brasil permitió que un régimen cada vez más autoritario se consolidara, con un costo enorme para la estabilidad de la región, el sufrimiento humano y los flujos migratorios.

En ocasiones, Brasil no solo se mantuvo al margen tácticamente, sino que facilitó las acciones del régimen de Caracas.

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El caso más flagrante tuvo lugar en mayo de 2023, cuando el presidente Luiz Inácio Lula da Silva recibió con honores a Nicolás Maduro, restando importancia a las acusaciones de dictadura y tildándolas de mera “narrativa” dirigida a debilitar al Gobierno venezolano.

Aunque contaba con el cuerpo diplomático más sofisticado de la región, un profundo conocimiento institucional de Venezuela y amplias redes regionales, la política exterior partidista de Lula, más en sintonía con la política interna y su base izquierdista que con los principios democráticos, acabó siendo un fracaso espectacular.

Con el tiempo, hasta mediadores tan lejanos como Noruega o Catar ganaron más credibilidad como intermediarios honestos en Venezuela que Brasil.

Si avanzamos rápidamente hasta 2026, podemos decir sin exagerar que Brasil, quizás junto con Cuba, se ha convertido en el mayor perdedor de la reorganización geopolítica orquestada por la Casa Blanca de Donald Trump.

En la actualidad, Brasilia es poco más que un simple espectador del complejo experimento de construcción nacional que está teniendo lugar en su frontera amazónica, con poca influencia y todavía menos voz.

Para un país que aspira a un lugar permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU, este papel reducido debería ser motivo de una incómoda reflexión.

Durante los últimos veinte años, Brasil invirtió mucho en proyectos diplomáticos grandiosos pero ineficaces, como el BRICS, adoptó lemas grandilocuentes sobre el “Sur Global” y fue sede de todos los eventos internacionales más llamativos, desde los Juegos Olímpicos hasta las cumbres sobre el clima. No obstante, descuidó el requisito más básico del liderazgo: mantener en orden su propio vecindario.

Peor todavía, Brasilia ignoró convenientemente décadas de trabajo institucional regional destinado a ofrecer respuestas colectivas al retroceso democrático.

De hecho, como otros han señalado, Brasil lideró a gran parte de la izquierda regional al camuflar su indiferencia ante la deriva autoritaria con respeto a la soberanía, allanando el camino para la intervención directa de EE.UU.

Este error moral es especialmente lamentable porque Brasil tiene mucho que aportar a la reestructuración de la gobernanza global: respeto por las normas institucionales y los valores democráticos, una burocracia estatal competente, una tradición de resolución pacífica de disputas y vastos recursos estratégicos.

Pero el multilateralismo no puede servir de excusa para la parálisis ni, peor aún, de tapadera para regímenes criminales, como Venezuela ha demostrado repetidamente.

El enfoque de Trump puede ser cuestionable. Sin embargo, para muchos en la región, especialmente para los millones de venezolanos que llevan mucho tiempo sufriendo, Washington al menos propone un camino a seguir. Brasil, en cambio, solo ofreció más del statu quo y la pretensión de que el conflicto no existía.

Más preocupante aún es la sospecha de que algunos responsables políticos están apoyando discretamente el fracaso de la estrategia de Trump, permitiendo que Brasil recupere relevancia por defecto. Eso solo agravaría el error original.

Una Venezuela democrática, próspera y libre debería estar entre las principales prioridades de Brasil, independientemente de mezquinos cálculos geopolíticos. Ayudar a lograr ese objetivo elevaría la posición de Brasil en la región, no la disminuiría.

¿Qué sigue entonces?

Cabe destacar que Lula ha optado por la cautela, centrándose en el acuerdo de libre comercio entre la UE y el Mercosur y refrenando su arraigado instinto de recurrir a la retórica antiamericana incluso ante la proximidad de las elecciones.

Ya sea intencional o circunstancial, la decisión de Trump de hacer las paces con el líder brasileño semanas antes de su ofensiva en Venezuela resultó estratégicamente astuta.

Lula ahora se encuentra acorralado, incapaz de confrontar a Washington sin poner en peligro una frágil distensión. En ese sentido, Trump le ha dado una lección de pragmatismo al octogenario exlíder sindical, quien suele ser rígido en política exterior.

Por ahora, Brasilia debería mantener un perfil bajo y retomar sus fortalezas tradicionales en política exterior: defender la democracia a la vez que impulsa una reforma significativa del sistema internacional en un momento en que el multilateralismo enfrenta su mayor prueba desde la Segunda Guerra Mundial.

Como me dijo Bruna Santos, directora del Programa Brasil del Diálogo Interamericano, Brasil no solo ha perdido influencia y capacidad de coordinación en la región, sino que también han aumentado los riesgos de una desalineación estratégica con respecto a Washington. “A Brasil le interesa demostrar que el multilateralismo necesita una reforma, incluso en el Consejo de Seguridad de la ONU”, afirmó.

Brasil no es el único país que no ha estado a la altura de esta tragedia; otros países latinoamericanos comparten la responsabilidad. Pero el liderazgo no se declara, se gana. Y en Venezuela, Brasil desperdició su oportunidad más clara en una generación para demostrar que merecía esa distinción.

Esta nota no refleja necesariamente la opinión del consejo editorial de Bloomberg LP y sus propietarios.

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