Las 10 mejores y peores decisiones en materia de política exterior de Estados Unidos

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La Casa Blanca
Por Andreas Kluth
28 de enero, 2026 | 06:51 AM

Las listas son “una invitación al diálogo”, según James Lindsay, del Consejo de Relaciones Exteriores. De ahí que elaborara dos listas: una con las 10 mejores decisiones de la política exterior de EE.UU. durante los últimos 250 años y otra con las 10 peores. Quedaron excluidos deliberadamente el presente y los titulares, es decir, el segundo mandato de Donald Trump.

Ahora bien, ¿cómo podría cualquier conversación sobre dichas listas ignorar lo que Trump está haciendo al mundo y cómo está afectando esto al papel de Estados Unidos en él?

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Estas listas son el resultado de encuestas que se hicieron en 2023, durante el gobierno anterior. Primero, un comité asesor de la Sociedad de Historiadores de las Relaciones Exteriores (SHAFR, por sus siglas en inglés), un grupo prestigioso en este campo, elaboró una lista maestra de 120 decisiones importantes en política exterior que se tomaron entre la Revolución Americana y el primer gobierno de Trump. Luego, se pidió a los historiadores de la SHAFR que clasificaran las 10 mejores y las 10 peores.

Numerosos historiadores, tanto aficionados como profesionales, suelen estar más cómodos en la medida en que se adentran en el pasado. (Por ejemplo, yo encontré las lecciones de mi vida en la antigua Cartago y Roma).

Así pues, no es de extrañar que la alianza más antigua de Estados Unidos, con Francia, que data de 1778, se sitúe en el tercer lugar de la lista de las diez más importantes (sin ella, es probable que EE.UU. no hubiese existido durante mucho tiempo).

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O que la Ley de Remoción de Indígenas de 1830 y la expulsión forzosa de los cherokees en 1838 ocupen el tercer y sexto lugar entre las peores decisiones. (Se considera política “exterior” porque las tribus nativas eran naciones soberanas).

Incluso acontecimientos tan lejanos pueden servirnos de lección actualmente, por ejemplo, que las alianzas son importantes o que una conquista casi genocida jamás es una buena idea, sea en el oeste americano o en Ucrania.

No obstante, las conversaciones que Lindsay desea iniciar se vuelven naturalmente más relevantes para nuestra época cuando los hechos en cuestión ocurrieron más recientemente, una vez que Estados Unidos dejó de ser una parte periférica del Nuevo Mundo para transformarse en la potencia líder de todo el mundo.

Desde mi punto de vista, se aprecia una tendencia clara.

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EE.UU. tomó sus mejores decisiones cuando hizo uso de su prodigioso poderío para construir y mantener un sistema internacional favorable para todos los países, incluidos los más pequeños, basado en leyes, normas y reglas, y en el principio de que la paz, la prosperidad y la libertad globales son bienes públicos comunes que se consiguen mejor mediante un esfuerzo conjunto (es decir, multilateral).

El gigante del norte tomó sus peores decisiones siempre que dio la espalda a esa filosofía, boicoteó organizaciones multilaterales o actuó de forma deshonesta dentro precisamente del sistema internacional que había construido.

La segunda mejor decisión que Estados Unidos tomó, por ejemplo, fue la creación de las Naciones Unidas (ONU) en 1945. No lo hizo solo, por supuesto, pero sí desempeñó un papel fundamental, tras años de esfuerzo del presidente Franklin D. Roosevelt y otros (incluida su viuda Eleanor) tras su muerte.

Su visión era corregir el legado de la Sociedad de Naciones (League of Nations), creada después de la Primera Guerra Mundial, pero incapaz de evitar la Segunda Guerra Mundial. La nueva ONU debía ser un foro para el mundo, con una responsabilidad especial para las grandes potencias, incluido EE.UU., de garantizar principios como la soberanía nacional para todos y la resolución pacífica de los conflictos.

Por el contrario, la quinta peor decisión fue el rechazo del Senado estadounidense al Tratado de Versalles en 1919, y nuevamente en 1920. Dicho tratado no solo puso fin a la Primera Guerra Mundial, sino que también creó la malograda Sociedad de Naciones. Fue una idea original del presidente Woodrow Wilson, pero estaba condenada a una irrelevancia progresiva sin el apoyo estadounidense.

Jamás sabremos cómo habría transcurrido la historia si Estados Unidos no se hubiera retirado, y si el liderazgo estadounidense en esta organización multilateral hubiera podido detener el totalitarismo mucho antes.

El patrón continúa con la séptima mejor decisión: la creación del Sistema de Bretton Woods en 1944.

Nombrado en honor al lugar de New Hampshire donde se concibió, este sistema llegó a regular los préstamos, las divisas y el comercio globales, en líneas generales, al mismo tiempo que la ONU buscaba ordenar la seguridad global, los derechos humanos y otros asuntos.

Sus instituciones sobreviven, con diversos grados de solidez, hasta la actualidad: el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio (GATT, por sus siglas en inglés), que en 1995 se convirtió en la Organización Mundial del Comercio (OMC).

Al igual que la ONU, el sistema de Bretton Woods tenía como objetivo corregir los fallos de los años de entreguerras, y específicamente la caída en una guerra económica, con políticas como los aranceles Smoot-Hawley de Estados Unidos (que no figuran en la lista de las 10 peores decisiones).

Otras decisiones que representaron el liderazgo y la participación de Estados Unidos, lo que se conoció como la Pax Americana o el Siglo Americano, incluyen la creación de la OTAN Organización del Tratado del Atlántico Norte) en 1949 (clasificada como la sexta mejor decisión) y el Plan Marshall de 1948, clasificado como el número uno.

Nombrado en honor al secretario de Estado George Marshall, este programa fue uno de los mayores programas de ayuda exterior de la historia, ya que EE.UU. otorgó el equivalente a lo que hoy serían unos US$180.000 millones a 16 países de Europa Occidental que habían sido destruidos por la guerra y necesitaban ayuda para contener el comunismo en su territorio y a los soviéticos en el este.

Juntos, la OTAN y el Plan Marshall representan una notable visión estratégica y el bien que puede surgir cuando Estados Unidos demuestra tanto su poder como su generosidad.

La lista de las peores decisiones refleja el mal uso del poder estadounidense.

La primera es la invasión de Irak en 2003. No solo se basó en suposiciones falsas (que Irak poseía armas de destrucción masiva). A diferencia de la Guerra de Corea o la Guerra del Golfo de 1990, por ejemplo, también careció de la autorización del Consejo de Seguridad de la ONU (que había aprobado una resolución que exigía inspecciones, pero no permitía el uso de la fuerza).

En cambio, Estados Unidos procedió con una “coalición de los dispuestos”, con consecuencias que los historiadores consideran desastrosas.

Otras malas decisiones son muestra del cierre temporal de la mente estadounidense.

En el octavo puesto de esa lista se encuentran las restricciones impuestas a los refugiados judíos de la Alemania nazi, debido al nativismo y los prejuicios, y la condena a muerte de decenas de miles de personas.

En el número siete se encuentra la retirada en 2017 del Acuerdo de París, un pacto de la ONU para limitar el calentamiento global. Esta es la única decisión de la primera administración Trump que aparece en las listas.

En retrospectiva, aquello fue solo un anticipo de lo que vendría en su segunda administración, lo que, en mi opinión, se lee como un añadido a la lista de peores decisiones. Trump sigue mostrando su desprecio por la OTAN (la sexta mejor en 250 años, recuerden), incluso amenazando a uno de sus miembros, Dinamarca, con apoderarse del territorio de Groenlandia.

También menosprecia, boicotea, sabotea y socava el sistema de la ONU (el segundo mejor de la historia), retirándose (de nuevo) del Acuerdo de París y de más de 60 organismos de la ONU.

Ahora incluso intenta crear una “Junta de la Paz” que parece diseñada para suplantar a la ONU, con la peculiaridad de que no solo estará presidida por él (al parecer, mientras viva), sino que se construirá enteramente en torno a su persona, poder y capricho. El derecho internacional y el orden global son diferentes.

Políticas que combinan la generosidad de EE.UU. con una gran estrategia, como el Plan Marshall (el más importante), parecen inimaginables en esta nueva América.

Bajo el gobierno de Trump, Estados Unidos ha escatimado en ayuda a Ucrania, y en asistencia en general; el organismo necesario, la Agencia de EE.UU. para el Desarrollo Internacional (USAID, por sus silgas en inglés), ha sido prácticamente eliminado.

El legado de Bretton Woods ha muerto prácticamente, mientras Trump libra una guerra comercial contra socios y rivales de EE.UU. por igual.

La Doctrina Monroe (la octava mejor política de la lista) se ha convertido, bajo el gobierno de Trump, en una brutal “Doctrina Donroe“, que proyecta truculencia por sí misma en todo el hemisferio occidental.

Aléjese de las listas de James Lindsay y considérelas en su conjunto. Lo que parecen decir es que Estados Unidos estaba en su mejor momento cuando se mostraba abierto al mundo y se comprometía con él, y en su peor momento cuando se cerraba o incluso se mostraba hostil.

Hizo historia positiva cuando definió sus propios intereses de manera ilustrada, como miembro poderoso de una comunidad internacional, como un país que prosperará cuando el mundo entero sea más seguro, más libre, más saludable, más rico y más ordenado. Hizo historia negativa cuando persiguió sus intereses de manera estrecha, de formas que sembraron conflictos internacionales, caos o miseria.

Deberíamos elaborar estas listas con más frecuencia y luego mantener las conversaciones necesarias. Creo que el próximo momento oportuno sería dentro de tres años.

Esta nota no refleja necesariamente la opinión del consejo editorial de Bloomberg LP y sus propietarios.

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