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Bloomberg Opinión — Aquí hay una situación de la vida real sobre la que quiero que reflexionen. Digamos que usted es un formulador de políticas públicas y, como yo, un liberal clásico, es decir, alguien que generalmente le da mucha importancia a la libertad individual. Ahora está lidiando con otra ola de infecciones por SARS-CoV-2 y observando escenarios que sus asesores le han planeteado.

En uno de ellos, mantiene la vacunación contra el Covid-19 estrictamente voluntaria para salvaguardar la libertad de las personas de tomar sus propias decisiones, acertadas o no. Pero los modelos estadísticos dicen que este camino conduce a una aceptación insuficiente y a un máximo de hospitalizaciones que abrumaría a las clínicas y obligaría a los médicos a tomar decisiones brutales.

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Los hospitales tendrían que elegir a qué pacientes con Covid-19 tratar y también entre ellos y los pacientes que padecen todas las demás enfermedades. Tendrían que posponer la atención a los enfermos de cáncer, por ejemplo, porque simplemente no hay suficiente espacio o personal. Sus estadísticas les dicen que muchas de esas personas morirán de forma evitable y no podrán hacer nada al respecto.

Para evitar ese escenario, usted podría anular sus instintos liberales y obligar a vacunar a personas que ejercen ciertas profesiones o a toda la población, excepto a aquellas personas que por razones médicas certificables no puedan vacunarse. Eso significaría, en última instancia, la coerción, que usted odia. También podría dar lugar a manifestaciones y a una agitación social, que es lo último que desea.

Aún así, es usted quien decide. Y debe sopesar las libertades y los derechos de todos en su sociedad. No en algún libro de texto de filosofía, sino aquí y ahora.

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Esta es la opción a la que se enfrentan ahora los responsables de formular políticas en Austria, Eslovaquia, Alemania y otros países que experimentan sus peores brotes de Covid-19 hasta el momento. Austria este mes decidió al principio imponer otro cierre solo para las personas no vacunadas, luego lo expandió a toda la población. En febrero, se convertirá en el primer país en hacer que las vacunas sean obligatorias. Eslovaquia está considerando el mismo paso, al igual que partes de Alemania y otros países de la región. Como era de esperar, los europeos vuelven a protestar en las calles, desde Viena hasta Bruselas y Rotterdam.

Como amantes de la libertad, ¿habríamos dado este paso austriaco? Cuando reflexioné sobre esta cuestión en junio, dije que, aunque hay argumentos morales y legales de peso para decir que sí, era más prudente mantener la vacunación voluntaria. Mi cabeza sigue diciéndome que este es el mejor camino. Pero mi corazón ahora dice otra cosa.

Mi conflicto interno fue descrito mejor por el sociólogo alemán Max Weber en un discurso que pronunció en una librería de Munich en 1919, cuando Alemania amenazaba con caer en el caos revolucionario de la posguerra. En él, Weber describió dos enfoques hacia la política, traducidos de manera un tanto torpe como la “ética de la convicción” y la “ética de la responsabilidad”.

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Los políticos del campo de la convicción, observaba Weber, se preocupan sobre todo por su propia pureza ideológica o moral. Quieren tener razón, sin importar las consecuencias que sus decisiones tengan en el mundo real. En palabras de Weber, “Si una acción de buena intención conduce a malos resultados, entonces, a los ojos del actor, no él sino el mundo, o la estupidez de otros hombres, o la voluntad de Dios que los hizo así, es responsable del mal”.

Aquellos con mentalidad de responsabilidad, por el contrario, “tienen en cuenta precisamente las deficiencias promedio de las personas”, prosiguió Weber. Los responsables ni siquiera tienen “derecho a presuponer su bondad y perfección”. En cambio, comprenden que deben responder por todas las consecuencias de sus decisiones, incluidas las no intencionales e impredecibles.

En las circunstancias actuales, esas deficiencias promedio incluyen la susceptibilidad de tantas personas a las teorías conspirativas y la desinformación. Y las consecuencias pueden expresarse en escenarios fríos y duros, como el escenario que esbocé anteriormente.

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Hay muchas otras cosas a tener en cuenta. Por ejemplo, la obligación de vacunación, si reduce las hospitalizaciones a un ritmo manejable, también puede evitar nuevos cierres de escuelas. Recordemos que, a lo largo de la pandemia, nadie preguntó nunca a los niños antes de suspender sus derechos. Y ellos han sufrido. Muchos, sobre todo los que proceden de hogares pobres, se han quedado muy atrás académicamente y se enfrentan a peores perspectivas en sus carreras y en sus vidas. Algunos, para los que la escuela puede haber sido una vía de escape de familias disfuncionales, han sufrido abusos. A nivel mundial, la depresión y la ansiedad entre los niños se han duplicado durante la pandemia, hasta un 25,2% y un 20,5% respectivamente.

Obligar a la vacunación no puede ser la última palabra. Una decisión tan difícil debe ir acompañada de otros miles de pasos, desde sopesar cómo hacer cumplir el requisito hasta desarrollar la capacidad del hospital y comunicar la ciencia de la inoculación que cambia rápidamente.

Y, sin embargo, parece que no hay forma de evitar las exigencias de vacunas en algunas partes del mundo si alguna vez queremos derrotar a este virus. Nuestras convicciones pueden retroceder ante ese paso, pero nuestro sentido de responsabilidad debe prevalecer. Estoy seguro de que Max Weber estaría de acuerdo.

Esta nota no refleja necesariamente la opinión del consejo editorial o de Bloomberg LP y sus propietarios.