Vladimir Putin
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Bloomberg Opinión — El mundo mira absorto la lucha de Ucrania por su supervivencia. A medida que avanza la guerra, sería mejor que comencemos a considerar también qué será de Rusia.

La nación del presidente Vladímir Putin ahora se ha visto sujeta a un aislamiento más repentino y total que el experimentado por cualquier potencia importante en la historia reciente. Lo que eso conlleva puede no ser agradable.

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Desde finales de febrero, Rusia ha sido golpeada con sanciones económicas, comerciales y financieras. Está encaminándose hacia el default crediticio, y también se está produciendo un rápido desacoplamiento tecnológico. Las empresas extranjeras están huyendo del país, mientras que los equipos rusos fueron excluidos de las competiciones internacionales de fútbol y otros deportes. Incluso la Federación Internacional Felina ha excluido a los gatos rusos de sus eventos.

Rusia no es una tiranía de poca monta como Cuba o Corea del Norte; es una gran potencia cuya población estaba, hasta hace poco, profundamente conectada con su entorno global más amplio. Ahora está sufriendo un grado de ostracismo internacional que generalmente ocurre solo cuando un país está en guerra con el mundo.

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¿Qué significará esto para Moscú si su conflicto con Ucrania se prolonga durante meses o años? Podemos imaginar algunos escenarios, todos los cuales plantearían desafíos desagradables para Rusia, y algunos de los cuales podrían ser bastante preocupantes para Estados Unidos y sus aliados.

El más optimista es una “Primavera de Moscú”, en la que los costos del conflicto conduzcan a un cambio de régimen y al renacimiento de la democracia que Rusia experimentó fugazmente en la década de 1990. Las élites rusas hacen a un lado a Putin y hacen las paces con Ucrania. Habiendo experimentado las consecuencias de la agresión y la autocracia, los sectores más urbanos y liberales de la sociedad rusa exigen una apertura política más amplia y la reintegración del país al mundo. Así como el aislamiento ayudó a convencer a Sudáfrica de abandonar el apartheid a fines de la década de 1980, el oprobio extranjero obliga a un cambio drástico en la política interna y externa de Moscú.

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Las probabilidades de que este escenario se materialice son escasas. Dos décadas de Putin han dejado a Rusia con una oposición débil y fragmentada. El presidente probablemente ha tratado blindar su régimen contra los golpes de Estado al apropiarse los servicios de seguridad e inteligencia y enfrentarlos entre sí. E incluso si Rusia experimenta una revolución, tenga cuidado: la historia de la década de 1990 nos advierte que la inestabilidad e incluso el caos podrían seguir.

Un segundo escenario, más plausible, es el del “Gigante herido”. Aquí, Putin usa su control de los servicios de seguridad para aferrarse al poder y reprimir cualquier descontento popular que produzca el aislamiento. Explota las oportunidades del mercado negro que inevitablemente crean las sanciones para compensar a sus aliados leales. Rusia se vuelve más dependiente de China a medida que busca alternativas económicas y tecnológicas a Occidente.

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Lo que cambia no son tanto las políticas rusas sino el poder ruso: el costo de seguir adelante es el desgaste continuo de la economía, el retraso en la modernización tecnológica y un debilitamiento a largo plazo del potencial militar de Moscú. Este escenario no es bueno para las democracias occidentales y del Pacífico, pero tampoco es terrible: contra una Rusia más lenta y estancada, a EE.UU. le iría bastante bien en caso de una rivalidad prolongada.

Hay un tercer escenario, más oscuro: “Teherán en el Volga”. Aquí, el aislamiento y la radicalización van de la mano. Los rusos educados y emergentes abandonan el país, librando al régimen de sus críticos liberales más abiertos. Los de línea dura adoptan una “economía de resistencia” basada en la autosuficiencia y en evitar la influencia contaminante de Occidente. Purgas internas agresivas, propaganda implacable y el fomento del nacionalismo militante producen una variante rusa del fascismo. Cuando finalmente cae Putin, es reemplazado por un líder igualmente represivo, ambicioso y xenófobo.

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Rusia se convierte así en un Irán superpoderoso con armas nucleares, un país que está permanentemente alejado del mundo y compensa su debilidad con una mayor beligerancia. Lejos de retroceder en su confrontación con Occidente, esta Rusia podría aumentar la intensidad de esa lucha, llevando a cabo programas de sabotaje de gran alcance en Europa o preparando más agresivamente sus armas cibernéticas contra objetivos en EE.UU. y otros países democráticos.

Obviamente, la realidad podría divergir de cualquiera de estos escenarios. Pero el ejercicio ilustra dos puntos importantes.

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Primero, Washington necesita comenzar a pensar seriamente en la trayectoria a largo plazo de Rusia. En 1989, la Administración del presidente George H.W. Bush creó discretamente un grupo de planificación para considerar lo que podría suceder en medio de cambios trascendentales en la Unión Soviética. Independientemente de lo que suceda en esta crisis, Rusia es lo suficientemente grande y poderosa como para que su trayectoria sea vital para la salud general del orden internacional, lo que significa que EE.UU. debe estar preparado para cualquier dirección que tome el país.

En segundo lugar, hay que tener cuidado con lo que se desea. EE.UU. y sus aliados están utilizando, de forma justificada, sanciones devastadoras, junto con la tenaz resistencia ucraniana, para imponer costos a un régimen ruso que ha violado flagrantemente las normas más básicas del comportamiento internacional. El apaciguamiento y la intervención militar son las únicas alternativas obvias y abominables a esta política. Pero apenas hemos comenzado a considerar cuáles podrían ser sus consecuencias a largo plazo.

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Incluso en el mejor de los casos, EE.UU. enfrentaría enormes desafíos para ayudar a una Rusia liberalizadora a salir del régimen autoritario. Más plausiblemente, Washington podría enfrentarse a una Rusia recalcitrante, tal vez incluso más radicalizada. La guerra en Ucrania finalmente terminará, pero es posible que los problemas de EE.UU. con Rusia solo estén comenzando.

Esta nota no refleja necesariamente la opinión del consejo editorial o de Bloomberg LP y sus propietarios.