Vladimir Putin
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El Kremlin prometió que la aparición de Vladimir Putin en la tercera jornada del foro económico de San Petersburgo sería una participación “extremadamente importante”. Y lo fue. El extenso discurso, algo muy poco común desde la invasión de Ucrania, fue un espectáculo de desafío y direccionamiento de culpas, una notable imagen de un estado de ánimo que deja pocas esperanzas de que se llegue a un compromiso. Ha sido también una asombrosa muestra de debilidad que ni siquiera las bravatas presidenciales han podido encubrir.

Para empezar, un poco de contexto. Durante los últimos cuatro meses, Putin ha eludido los discursos públicos de alto nivel: mantuvo breve su discurso del Día de la Victoria y pospuso otras actividades clave de su calendario, como su sesión televisada de preguntas y respuestas a través de la “línea directa”, un interminable maratón de varias horas que es una parte crucial del espectáculo político del Kremlin y de los empeños por pulir la imagen del presidente como patriarca benévolo. Así pues, es de destacar que haya pronunciado el discurso principal en una reunión de inversión que Rusia ha considerado durante mucho tiempo como su respuesta a Davos, haciendo caso omiso a Occidente.

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Entre los oradores más destacados de los gobiernos de países no pertenecientes a la antigua Unión Soviética, el líder chino, Xi Jinping, y el presidente egipcio, Abdel-Fattah El-Sisi, también se dirigieron al foro el viernes, con mensajes enviados por vídeo. Tal vez sea necesario, pero es un contraste poco útil con las visitas en persona a Kiev el jueves de los líderes de Francia, Italia, Alemania y Rumanía, y el Primer Ministro de Gran Bretaña, Boris Johnson, al día siguiente. También se recomendó que Ucrania recibiera el estatus de candidato a la Unión Europea, lo que constituye un primer paso en el largo camino hacia la adhesión, pero también es una oportuna muestra de apoyo.

Del otro lado está el propio discurso de Putin. De alguna manera, esta diatriba incoherente y exagerada era una recopilación de grandes éxitos. Estados Unidos se considera “el enviado del Señor en la Tierra”, e impone sus puntos de vista sobre la ética, la cultura y la historia, en tanto que Bruselas baila al son de Washington. Rusia se ha visto obligada a llevar a cabo su “operación militar especial” por el no cumplimiento de las garantías de seguridad por parte de Occidente. Las " descabelladas " sanciones perjudican mucho más a las naciones aliadas que a Rusia (“un arma de doble filo”) y las empresas que se marcharon inexorablemente regresarán. La inflación se debe a las acciones de Occidente y sus “máquinas que imprimen dinero”. También se habló de rusofobia, se pidió que las familias rusas sean más numerosas, se habló de la debilidad de la sociedad occidental, se halagó a China y se prometió ayudar al mundo emergente.

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Desde luego, no faltó lugar para la beligerancia ni se insinuó la voluntad de buscar “vías de escape” diplomáticas que algunos occidentales han propuesto para poner fin a la guerra. “Todas las tareas de la operación militar especial serán resueltas”, dijo, sin detallar qué tareas eran. Y eso que se trataba de un discurso dirigido a un público económico, destinado a anunciar el potencial del país. Ninguna retórica, y mucho menos los argumentos sobre “nuevas oportunidades”, que evadían por completo el tema de la guerra, podría tapar los huecos.

La acertada gestión macroeconómica de Rusia ha contribuido a contener las consecuencias financieras de las sanciones, ha estabilizado el sistema bancario y ha respaldado la moneda. Ahora bien, la economía real, sin mencionar el crecimiento a largo plazo y el proceso de convertir a Rusia en un destino atractivo, es un asunto totalmente distinto, y el discurso de Putin ha dejado todos los problemas expuestos. La autosuficiencia puede ser algo necesario, pero tampoco es una receta para la competitividad o la expansión. Los compromisos de que el gobierno apostaría por la apertura (“Rusia jamás seguirá el camino del autoaislamiento”), la empresa privada, la justicia social, las infraestructuras y la innovación no son “principios” en la Rusia de Putin, como él mismo argumentó. Son ilusiones en un país en el que las empresas estatales desplazan a las demás, la gran paranoia del gobierno influye en la investigación y retrasa los gastos; la innovación es una batalla y los parámetros educativos están siendo socavados. La fuga de cerebros se ha acelerado desde el regreso de Putin a la presidencia en 2014, al tiempo que su visión de un paraíso para el turismo suena, desgraciadamente para los lugares más bellos de Rusia, descabellada por decir poco.

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Rusia no carece de ingresos porque las exportaciones de hidrocarburos son constantes. Sin embargo, para la empresa privada, la cual, tanto él como la gobernadora del banco central, Elvira Nabiullina, sugirieron por separado que era crucial, el obstáculo siempre ha sido la poderosa mano del Estado, y eso no cambiará con las propuestas de eliminar la mayor parte de las auditorías, ni la innovación se beneficiará de la demanda artificial creada por el Estado. A pocos les tranquilizará la idea de que “cada iniciativa privada que busca el beneficio de Rusia debe recibir el máximo apoyo y espacio para su aplicación” (las cursivas son mías).

Como ejemplo de productores nacionales, el presidente Putin destacó al fabricante de camiones Kamaz PSJC, que dió un paso al frente proporcionando piezas, aunque la industria automovilística, ahogada por los fallos de la cadena de suministro, es en realidad un ejemplo del tipo de retroceso tecnológico del que Rusia debería cuidarse, porque el país está reduciendo las normas de seguridad para eludir los componentes que faltan y crear una producción nacional básica, con la correspondiente pérdida de capital humano.

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El presidente dijo a su audiencia: “Es mucho mejor en casa”, y solicitó a los oligarcas rechazados por Occidente que volvieran a invertir su dinero en Rusia. Es posible que algunos lo hagan. Aunque no será la visión de autosuficiencia de Putin lo que los lleve a hacerlo.

Esta nota no refleja necesariamente la opinión del consejo editorial o de Bloomberg LP y sus propietarios.

Este artículo fue traducido por Miriam Salazar