La superficie de Marte captada por el Perseverance Mars rover
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Bloomberg Opinión — Kim Stanley Robinson escribe novelas con altos niveles de ventas sobre una colonia en Marte. Elon Musk habla de colonizar el planeta. Incluso hay una constitución de 30 páginas, cortesía de una clase de ciencias políticas de Yale, para un asentamiento allí. Las perspectivas reales de uno siguen siendo inciertas, pero la cuestión de cómo debería organizarse podría ser analizada con mayor profundidad.

La propuesta de Yale trata de cómo hacer que un asentamiento en Marte sea democrático, al igual que una propuesta anterior publicada en Space Legal Issues. Pero me temo que primero hay que abordar una cuestión más dura: ¿debería un asentamiento en Marte permitir la servidumbre contractual?

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Cuando se pusieron asentamientos en el Nuevo Mundo, era una práctica común que los trabajadores firmaran contratos de varios años, recibiendo el pasaje a través del océano pero renunciando a una parte de sus ganancias y a parte de su libertad a cambio de ello.

La servidumbre contractual se distingue de la esclavitud en el sentido de que se elige voluntariamente. Pero una vez firmado el contrato, el trabajador se encuentra en una posición incómoda, tanto en sentido económico como democrático. Y una vez que estos individuos llegan al Nuevo Mundo (o, en su caso, a Marte) no se puede asumir su protección por parte de las instituciones legales dominantes.

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Es fácil denunciar la servidumbre contractual, pero tiene una función valiosa: Crea incentivos para que alguien financie el viaje en primer lugar. Si yo tuviera que financiar mi propio pasaje a Marte, y luego mantenerme cuando llegara allí, y pagar el costo del viaje, nunca iría. Pero si una empresa puede enviar a unas cuantas miles de personas, quedarse con la mitad de los beneficios y seguir a cargo, el viaje podría tener una oportunidad de suceder, al menos dentro de unas décadas, cuando la tecnología esté más avanzada.

Dicho esto, me parece bien que se prohíba la servidumbre contractual en Marte, si eso es lo que decide una sociedad democrática. Lo que quiero decir es que se trata de una cuestión más apremiante que el tipo de nuevos derechos de participación que tendrán los nuevos marcianos. Hay que tener en cuenta la cuestión económica de las compensaciones: Si no se permite que los más pobres se apunten a viajes financiados, quizá sólo los multimillonarios visiten Marte.

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La tensión radica en que la mayoría de la gente tiene una moral bien desarrollada para las sociedades ricas y democráticas en las que la mayoría de los ciudadanos pueden ganarse el sustento o ser mantenidos por un estado de bienestar bien financiado. Ninguno de estos supuestos es válido para Marte, que al menos al principio será una especie de economía de pre-subsistencia.

El resultado es que las constituciones factibles de Marte probablemente ofenderán mucho a las clases educadas.

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Otra opción para la constitución de Marte es que el gobierno de EE.UU. financie el viaje y aplique alguna versión de la ley militar al proyecto, como podría suceder en un portaaviones. Los anteriores viajes de la NASA se basaron en el mando militar y no implicaron ninguna democracia.

Apoyo ese plan, pero también observo que la exploración espacial gubernamental se ha ralentizado drásticamente desde su apogeo en las décadas de 1960 y 1970. Es el sector privado el que ha reavivado el interés por un asentamiento en Marte.

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Lo ideal sería que Marte fuera colonizado por un grupo religioso y no por un gobierno o una corporación. Después de todo, varios grupos puritanos ayudaron a colonizar Norteamérica, y tuvieron la unidad y el sentido de la misión para llevar a cabo una empresa muy difícil y peligrosa. Del mismo modo, los mormones ayudaron a colonizar el Oeste americano.

No es sorprendente que muchos de estos primeros gobiernos tuvieran fuertes elementos teocráticos. Aunque no considero que la teocracia sea eficiente o justa, si la cuestión clave es motivar a los colonos, entonces la opción de la religión debería tomarse en serio. Al igual que la servidumbre contractual, podría servir para un propósito práctico.

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Sin embargo, los asentamientos religiosos dispuestos a ir a Marte pueden ser difíciles de conseguir. En muchos lugares de la Tierra existe una relativa libertad religiosa. A una víctima de la persecución en, por ejemplo, Corea del Norte, le resultará mucho más fácil -ahora y tal vez siempre- buscar asilo en Corea del Sur en lugar de Marte.

Sospecho que ninguna constitución factible para un asentamiento en Marte sería muy popular en sentido amplio. Las épocas de exploración tienden a fomentar fuertes elementos no democráticos o antidemocráticos. Quizás lo mejor que se puede esperar es una filosofía muy democrática para la vida en la Tierra, entendiendo que Marte será muy diferente.

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¿Podemos aceptar y, de hecho, abrazar un conjunto de perspectivas tan dialécticas y contradictorias? ¿Puede la respuesta adecuada a una cuestión tan fundamental como la organización de la sociedad depender tan firmemente del planeta del que hablemos? ¿Podrían algunos escépticos sugerir que, con los valores antiliberales ascendentes en la Tierra, sería mejor que Marte ofreciera una alternativa?

Todas estas preguntas son válidas. El debate sobre una constitución marciana es interesante, pero también puede ser prematuro.

Esta nota no refleja necesariamente la opinión del consejo editorial o de Bloomberg LP y sus propietarios.