Afganistán
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Bloomberg Opinión — Hace un año, Afganistán cayó en manos del Talibán en parte porque Estados Unidos se hizo ilusiones tras retirar sus fuerzas del país, sin prepararse adecuadamente para lo peor. Hoy en día la administración del presidente Joe Biden no puede permitirse tales ilusiones al tratar con el grupo.

Los últimos 12 meses deberían haber disipado cualquier optimismo sobre el nuevo régimen. En su segundo turno en el poder, los miembros del Talibán parecen de nuevo dispuestos a acoger a terroristas extranjeros, incluido el antiguo jefe de Al Qaeda Ayman al Zawahiri, muerto tras un ataque de un avión no tripulado estadounidense en el corazón de Kabul. Los líderes del Talibán que están a favor de políticas sociales menos bárbaras -como permitir que las niñas asistan a la escuela- no están dispuestos a desafiar a sus homólogos más conservadores por ellas.

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El movimiento, dominado por los pastunes, muestra poca inclinación a dar cabida a las minorías del país o a impedir los ataques de venganza contra antiguos enemigos. Aún si los ejecutores no han reproducido todavía la horrible brutalidad que mostraron en la década de 1990, están no obstante en camino de convertir a Afganistán en una de las sociedades más represivas de la Tierra.

Y lo que es más importante, incluso los líderes del Talibán que desean el alivio de las sanciones y el reconocimiento internacional no están dispuestos a ceder de forma significativa para conseguirlo. A pesar de una economía que se desmorona y de los continuos ataques de la rama local del Estado Islámico, el régimen parece estar casi seguro en su posición. Hay pocas posibilidades de que el movimiento se fracture o implosione a corto plazo, y aún menos de que se forme una oposición viable.

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Teniendo en cuenta estas realidades, Estados Unidos debe adoptar un enfoque pragmático para seguir interactuando. Su máxima prioridad debe ser evitar que Afganistán vuelva a convertirse en una base de ataques terroristas. El gobierno de Biden debería advertir al Talibán de que Estados Unidos puede eliminar, y eliminará, más objetivos en ese país si es necesario, y que seguir acogiendo a grupos extremistas impedirá el reconocimiento internacional del régimen. La Casa Blanca también debería aprovechar la exposición de los vínculos existentes entre Al Qaeda y el Talibán para buscar una mayor ayuda antiterrorista de países como Pakistán.

A Estados Unidos también le interesa evitar una catástrofe humanitaria en Afganistán, de la que, con razón o sin ella, se culparía a Occidente. Miles de millones en ayuda internacional evitaron una temida hambruna el pasado invierno boreal. Pero la economía afgana se redujo hasta un 30% en el último año. Hasta el 70% de los afganos no pueden permitirse comprar alimentos y otras necesidades. Aunque Estados Unidos debe tener cuidado de no fortalecer al Talibán con ayuda adicional, no puede ignorar la crisis que se avecina. Por el momento, debería centrarse en reunir a los donantes para cumplir con el llamamiento de financiación humanitaria de las Naciones Unidas, que está muy por debajo de su objetivo.

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Por último, Estados Unidos debería volver a comprometerse a llevar a los afganos que cumplen los requisitos para obtener los llamados Visados Especiales de Inmigración a Estados Unidos lo antes posible. Aunque los recientes esfuerzos por agilizar el complicado proceso son bienvenidos, la acumulación de solicitudes sigue siendo demasiado elevada, y los consulados clave en el extranjero necesitan personal y recursos para tramitar los visados para otros afganos vulnerables que huyen del país. El Congreso también debería aprobar una legislación que permita a los afganos que ya están en Estados Unidos solicitar la tarjeta de residencia antes de que expire su estatus migratorio temporal.

Hay que reconocer que esta agenda es limitada. Pero después de gastar 20 años y US$2 billones en Afganistán sólo para devolver el país al Talibán el año pasado, Estados Unidos debe ser realista sobre lo que puede lograr. El simple hecho de evitar lo peor no sería un logro menor.

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Esta nota no refleja necesariamente la opinión del consejo editorial o de Bloomberg LP y sus propietarios.

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