¿Fuerza militar o financiera? El contraste de la intervención de Trump en Argentina y Venezuela

Argentina, hogar de uno de sus aliados globales más fieles de Trump, es tal vez el único lugar donde se ha recurrido al poder financiero del gobierno estadounidense para ayudar a un amigo.

Javier Milei
Por Manuela Tobías
16 de enero, 2026 | 06:00 AM

Bloomberg — El derrocamiento de Nicolás Maduro en Venezuela fue la señal más clara hasta ahora de la intención de Donald Trump de reafirmar el dominio de Estados Unidos en América, pero es Argentina la que ofrece indicios sobre el éxito que finalmente pueda tener la llamada “Doctrina Donroe”.

Aun antes de la impactante intervención en Caracas, Trump había recurrido con frecuencia a la agresión para conseguir sus objetivos en América Latina: amenazó con el uso de la fuerza militar contra México, Colombia y Panamá, impuso aranceles punitivos a Brasil e intervino en las elecciones de Honduras.

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Sin embargo, Argentina, hogar de uno de sus aliados globales más fieles, es tal vez el único lugar donde ha recurrido al poder financiero del gobierno estadounidense para ayudar a un amigo.

Trump y Milei

A medida que se asienta la situación venezolana y se vislumbra con más claridad la estrategia de Trump, la pregunta que surge es si utilizará ese enfoque más a menudo, en especial teniendo en cuenta que ha dado señales iniciales de que está logrando su objetivo de aflojar el control de China sobre una importante economía regional.

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El pasado mes de septiembre, con el presidente argentino Javier Milei atrapado en el momento más crítico de su presidencia, Trump acudió al rescate: el Tesoro de EE.UU. anunció un paquete de ayuda de US$20.000 millones cuyo objetivo era frenar la caída de la moneda y reafirmar la confianza del mercado en Argentina en vísperas de unas cruciales elecciones de mitad de mandato.

Se trató de una medida casi sin precedentes motivada claramente por razones políticas. El Tesoro no intervenía de esta manera en una economía latinoamericana desde la crisis monetaria de México en 1995, un episodio que amenazó con extenderse a EE.UU.

Los problemas del peso argentino no representaban tal amenaza. Pero Milei había hecho todo lo posible para demostrar su devoción a Trump, realineando ideológicamente a Argentina con el líder estadounidense.

En febrero de 2024, el argentino voló a Washington para respaldar a Trump justo después de que el secretario de Estado del entonces presidente Joe Biden visitara Buenos Aires.

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Desde entonces, ha adquirido la costumbre de visitar Mar-a-Lago, la Casa Blanca, la Conferencia de Acción Política Conservadora y cualquier otro lugar donde pueda conseguir un minuto del tiempo del presidente estadounidense.

El apoyo decisivo de Trump demostró que la apuesta de Milei había dado sus frutos. En octubre, obtuvo una victoria aplastante en las elecciones intermedias, lo que le dio la oportunidad de continuar con su régimen de “terapia de choque” para la asediada economía argentina.

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Pero Trump también se benefició, incluso antes de que Argentina reembolsara la semana pasada los US$2.500 millones que había utilizado de la línea swap.

Durante el último año, Milei ha tomado medidas para limitar el ingreso de China a Argentina, un país que, como muchos de sus vecinos, ha visto un flujo creciente de inversión del gigante asiático en los últimos años.

Poco después de que EE.UU. entregara la ayuda, Milei impuso nuevos obstáculos a la construcción de un telescopio chino en los Andes argentinos.

Mientras avanzaba con un nuevo plan de energía nuclear, mantuvo congelada una propuesta de planta de US$8.000 millones respaldada por Beijing. Y en diciembre, una empresa china volvió a verse impedida de licitar en un proyecto para profundizar una vía fluvial argentina clave para el transporte de mercancías a través del mundo.

Río Paraná en Rosario, Argentina

Sin embargo, Milei ha tenido cuidado de evitar una ruptura total con China. El presidente, que se refirió al gobierno comunista del país como un “asesino” durante la campaña, ha suavizado su discurso como presidente, y el banco central argentino renovó parte de su línea de swap de divisas de US$18.000 millones con el Banco Popular de China el pasado abril.

Una instalación espacial china ya terminada, que según EE.UU. podría usarse para vigilancia militar, sigue en funcionamiento.

Hasta noviembre, las exportaciones argentinas a China habían aumentado un 57% en 2025 con respecto al año anterior, mucho más rápido que el aumento del 26% en los envíos a Estados Unidos durante el mismo periodo.

Un portavoz de Milei no respondió a una solicitud de comentarios. Sin embargo, durante una entrevista televisiva la semana pasada, estableció una distinción entre los vínculos de Argentina con EE.UU. y sus relaciones con otras naciones.

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“Somos aliados de Estados Unidos e Israel en geopolítica, y luego están los asuntos comerciales que se tratarán como tales”, declaró Milei.

Esto refleja una realidad fundamental que Trump no tendrá más remedio que reconocer: por mucho que él o cualquier otro desee expulsar a China de Latinoamérica, Beijing está ahí para quedarse. Ni siquiera el gobierno más afín puede reestructurar por completo las relaciones geopolíticas y económicas solo porque Washington lo quiera.

Los proyectos de inversión extranjera directa de China en las Américas superaron los US$180.000 millones en el tercer trimestre del 2025, según datos de Rhodium Group, una firma de investigación con sede en EE.UU. Su influencia económica ha superado la de Estados Unidos en 14 de los 33 países de la región desde principios de siglo, según un estudio de Bloomberg Economics.

Y aunque Trump ha sobrepasado las amenazas y ha optado por la acción militar en Venezuela, pocos gobiernos latinoamericanos se han dejado convencer de inmediato.

En una región desesperada por la inversión en la infraestructura y la tecnología necesarias para extraer tierras raras, modernizar las industrias e impulsar las economías hacia el futuro, pocos parecen ver a EE.UU. como una alternativa creíble al flujo de dinero procedente de Beijing.

China en América

Entre tanto, las políticas comerciales de Trump agravan el problema, desalentando a las empresas privadas estadounidenses a invertir en el extranjero. Esto ha dejado a Argentina como la excepción en cuanto a la interacción de Estados Unidos, que sigue inclinada hacia la coerción.

“Milei es el único caso en el que también se utilizan incentivos en el arsenal estadounidense y hay recompensas, no solo ausencia de castigo”, señaló Benjamin Gedan, investigador principal y director del programa para América Latina del Stimson Center en Washington.

Esa dinámica casi con certeza tendrá que cambiar si Trump quiere transformar su resurgimiento de la Doctrina Monroe del siglo XIX en una política capaz de aumentar la influencia actual de Washington, aun cuando las elecciones en Chile y Bolivia han iniciado un giro regional hacia la derecha que podría acelerarse con las elecciones de este año en Brasil, Colombia y Perú.

De lo contrario, es probable que los líderes amigos se encuentren atrapados en posiciones similares a las de los enemigos de Trump: tratando de apaciguar a superpotencias enfrentadas, con ninguna de las cuales pueden darse el lujo de distanciarse.

Milei no es la excepción. En una entrevista televisiva de la semana pasada, el líder argentino afirmó que planea visitar China a finales de este año.

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