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Bloomberg Opinión — En algún momento, después de convertirse en cirujano jefe del ejército de Napoleón, Dominique Jean Larrey comenzó a caminar por los campos de batalla empapados de sangre para elegir a los heridos que aún podían salvarse, generalmente mediante la amputación instantánea de miembros. Con el tiempo, desarrolló un sistema de clasificación y separación (trier en francés) de las víctimas. Ignorando el rango y la nacionalidad, consideró solo a aquellos que tenían las mayores posibilidades de sobrevivir. Su método se conoció como triaje.

En el peor de los casos, el triaje se acepta hoy en día casi universalmente como necesario y justificado. Sin embargo, la idea sigue basándose en un acto de crueldad, tanto para la víctima como para el médico que debe tomar la decisión. Habitualmente es necesario dejar morir a un ser humano para racionar la atención que podría permitir que otro viva.

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La pandemia actual es el peor escenario posible. Durante casi dos años, los médicos y las enfermeras de algunos lugares han tenido que tomar decisiones traumáticas sobre la vida y la muerte. A veces tenían demasiados pacientes con Covid-19 para tan pocos respiradores artificiales; otras veces demasiados con SARS-CoV-2 para poder tratar a los que morían de cáncer u otras enfermedades. Ahora la variante ómicron (que parece ser algo más leve pero mucho más infecciosa) amenaza con desbordar de nuevo los hospitales.

En este contexto, nueve alemanes nos han hecho un favor a todos al iniciar un debate que ya estaba pendiente. Presentaron un caso ante el Tribunal Constitucional de Karlsruhe, argumentando que durante las situaciones de triaje corrían el riesgo de discriminación y, por lo tanto, de muerte. Esto se debe a que padecen discapacidades. Uno de ellos, de 30 años, sufrió un derrame cerebral justo después de nacer y no puede caminar, estar de pie o hablar. Otros tienen atrofiados los músculos de la columna vertebral, lo que complica la respiración. El mayor es un septuagenario que padece una enfermedad cardíaca y diabetes.

Según las directrices existentes en Alemania, emitidas por una asociación médica, las discapacidades deberían, en teoría, ser irrelevantes durante el triaje, como es el caso de la edad, el sexo o la etnia. Lo único que importa es si un paciente individual en una situación específica con una enfermedad específica tiene más posibilidades de ser salvado que otro.

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En la práctica, sin embargo, los médicos bajo presión tienden a considerar las debilidades de las personas discapacitadas como “comorbilidades” y, por lo tanto, relevantes. Nancy Poser, una de las demandantes, explicó la situación de esta manera: si tuviera un ataque cardíaco y se presentara en el hospital en su silla de ruedas, obtendría un puntaje de clasificación peor que un fumador que llega simultáneamente con Covid-19. Conseguiría una cama; ella no lo haría. Ella “tendría que morir, exactamente eso”.

La semana pasada, los jueces de Karlsruhe dieron la razón a los demandantes, exigiendo al parlamento que apruebe rápidamente la legislación que regirá las decisiones de triaje que se produzcan. Declarar la inconstitucionalidad de la discriminación es la parte fácil, por supuesto. La parte difícil será promulgar leyes que brinden seguridad jurídica a los médicos y, al mismo tiempo, tengan sentido en el mundo real, en lugar de simplemente causar nuevos problemas.

A medida que las discusiones se intensifican, algunos expertos ya están exigiendo que la clasificación sea más justa en general. Hay peligro en esa meta. No podemos ponernos de acuerdo sobre lo que es “justo” incluso en otras áreas políticas, como los impuestos, y ciertamente no lo estaremos en este contexto.

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Empecemos por la papa más caliente: cómo deben tratar los médicos a los pacientes no vacunados en el triaje. Casi nueve de cada diez hospitalizados en Alemania con SARS-CoV-2 son personas que no se han vacunado. Si todos ellos se hubieran vacunado, las unidades de cuidados intensivos nunca se habrían visto sometidas a tanta presión y no sería necesario el triaje en absoluto.

Para algunas personas, esto sugiere que los pacientes vacunados, en igualdad de condiciones, deberían tener preferencia, y los no vacunados deberían esperar por las camas. Martin Hoffmann, profesor de filosofía, subraya que no se trataría de “castigar” a los no vacunados. Simplemente se tendría en cuenta que los vacunados ya han asumido un riesgo (ciertamente pequeño), el de una reacción adversa a la vacuna, para protegerse a sí mismos y a los demás. Los no vacunados no lo han hecho y, por tanto, deben aceptar más riesgos posteriormente.

Esta lógica puede tener un sentido intuitivo, pero la intuición puede ser una mala guía para las leyes de triaje. Cualquier consideración del estado de vacunación, como la discapacidad, abriría la caja de Pandora. Al igual que Larrey no tuvo en cuenta el rango, el personal médico nunca debe mezclar juicios cuasi morales en sus decisiones, es decir, lo “merecedor” que puede ser un paciente, basándose en su comportamiento anterior. De lo contrario, los médicos sentarían un precedente que, con el tiempo, podría dar lugar a nuevos debates sobre qué vida vale la pena vivir.

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Por lo tanto, el parlamento alemán y otras legislaturas deben aclarar que la asignación de una atención médica escasa debe basarse únicamente en los méritos de cada caso individual y la probabilidad relativa de éxito, siempre con el objetivo de maximizar las vidas salvadas. Solo el personal médico puede tomar estas decisiones.

Pero para garantizar que, incluso bajo presión y ambigüedad, no se produzca ninguna discriminación, el parlamento podría exigir a los médicos que busquen opiniones adicionales e independientes, quizás de una junta médica con la que se pueda contactar las 24 horas del día. Esto añadiría burocracia, pero podría evitar algunas decisiones erróneas.

Eso deja el espinoso asunto de los que no quieren vacunarse. El triaje no es el lugar adecuado para lidear con eso. Pero la sociedad está justificada para tratar de prevenir los peores escenarios que conducen al triaje en primer lugar. Siempre que las vacunas puedan ponerse a disposición de todos, las legislaturas elegidas democráticamente están en su derecho de obligar a la vacunación.

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Como todo médico, Dominique Jean Larrey habría preferido tratar a todas las víctimas en el campo de batalla. Nuestro objetivo general en la política actual debe ser mantener viva esa opción, haciendo innecesario el triaje siempre que sea posible, para que los médicos puedan atender a todos los pacientes.

Esta nota no refleja necesariamente la opinión del consejo editorial o de Bloomberg LP y sus propietarios.

Este artículo fue traducido por Estefanía Salinas Concha.