Recep Tayyip Erdogan Photographer: Akos Stiller/Bloomberg
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Bloomberg Opinión — Al amenazar con bloquear la ampliación de la OTAN para incluir a Finlandia y Suecia, el presidente turco Recep Tayyip Erdogan ha reavivado las dudas sobre la fiabilidad de Turquía como miembro de la alianza. Los líderes de Estados Unidos y Europa deberían dejar claro que el comportamiento de Erdogan está socavando la seguridad colectiva de la OTAN, y estar dispuestos a imponer consecuencias si continúa.

La objeción ostensible de Erdogan a la pertenencia de Finlandia y Suecia a la Organización del Tratado del Atlántico Norte es que los países nórdicos dan cobijo a separatistas de las minorías kurdas de Turquía, incluidos algunos pertenecientes a grupos terroristas. Ankara lleva años quejándose de que sus enemigos encuentran refugio con demasiada facilidad entre sus amigos, incluidos los miembros de la OTAN.

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En una reunión de embajadores de la OTAN celebrada el miércoles, Turquía se negó a firmar la aceptación de las candidaturas de Finlandia y Suecia, un paso necesario en el proceso de adhesión. Las normas de la alianza exigen la aprobación unánime de todas las nuevas solicitudes, lo que en realidad otorga a cada uno de sus 30 miembros el poder de veto. Dado que Erdogan ya había dicho al presidente finlandés Sauli Niinisto que Ankara vería con buenos ojos la solicitud de Helsinki, su amenaza de ejercer el veto de Turquía huele a oportunismo. Erdogan insiste no sólo en que los finlandeses y los suecos tomen medidas contra el activismo kurdo, sino en que otros Estados miembros de la OTAN hagan lo mismo. Y lo que es más importante, quiere que otros miembros abandonen las restricciones al suministro de equipos militares de alta gama a Turquía, restricciones que son consecuencia de su propia decisión de comprar sistemas de defensa antimisiles rusos que podrían comprometer las capacidades militares de la alianza.

No es la primera vez que Turquía amenaza con desbaratar los planes de seguridad de la OTAN si no sirve a sus estrechos intereses. Hace dos años, Turquía frenó durante varios meses un plan de defensa de la OTAN para Polonia y los países bálticos mientras exigía que los Estados miembros actuaran contra un grupo sirio-kurdo que ha sido crucial en la lucha contra el Estado Islámico.

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Erdogan se echó atrás entonces, y es posible que lo haga de nuevo sobre la cuestión de la ampliación de la OTAN. Pero la OTAN no puede permitirse el lujo de someterse a las repetidas maniobras de Erdogan. Un proceso de aprobación prolongado para Finlandia y Suecia podría dejar a ambos países vulnerables a la intimidación rusa, ya que no estarían bajo el paraguas de seguridad colectiva de la OTAN hasta que recibieran la adhesión formal. Y dado el comportamiento cada vez más imprevisible de Vladimir Putin, la alianza se enfrentará seguramente a crisis cada vez más frecuentes en las que deberá actuar con rapidez y decisión.

El presidente de EE.UU. Joe Biden, ha pedido al Congreso que apruebe la venta de armas y la mejora del equipamiento de los aviones de combate F-16 de fabricación estadounidense de Turquía. Debería anunciar que dichas transferencias se detendrán si Ankara intenta retrasar o descarrilar el proceso de adhesión de Finlandia y Suecia. Hasta que Erdogan deje claras sus intenciones, la participación turca en la planificación y los ejercicios de la OTAN debería reducirse al mínimo, y su presidente debería quedar relegado a la última fila (literal y figuradamente) en las reuniones de los líderes de la alianza.

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Si las reprimendas suaves no logran cambiar el comportamiento de Erdogan, deberían considerarse castigos más severos. Las normas de la OTAN no permiten expulsar a un miembro, pero el desprecio deliberado de Erdogan por el bien colectivo sugiere la necesidad de revisar esas reglas. El presidente francés Emmanuel Macron ha propuesto una revisión de las reglas de la Unión Europea, que tampoco permiten las expulsiones; Biden podría lanzar un globo de prueba similar para la OTAN.

Aunque Erdogan podría reaccionar a las críticas amenazando con sacar a Turquía de la OTAN, es poco probable que lo haga. Por un lado, el lamentable estado de la economía de su país no permite una ruptura sostenida con Occidente; al enfrentarse a la reelección el próximo año, el presidente no puede permitirse infligir más dolor a su pueblo. Por otra parte, la mala actuación de Rusia en la guerra es un recordatorio de que Turquía está mejor servida a través de su alianza con Occidente, no con Putin.

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El mensaje de la OTAN a Erdogan debería ser sencillo: La seguridad del grupo no debe ser rehén de un infractor reincidente.

Editores: Bobby Ghosh, Romesh Ratnesar.

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Esta nota no refleja necesariamente la opinión del consejo editorial o de Bloomberg LP y sus propietarios.

Este artículo fue traducido por Estefania Salinas Concha.