Kais Saied
Tiempo de lectura: 4 minutos

El día en que murió la democracia en Túnez, le tocó a un portavoz del Departamento de Estado transmitir las palabras vacías de la administración Biden. Consultado por el referéndum constitucional del 25 de julio que permitió al presidente Kais Saied institucionalizar el gobierno unipersonal en la nación norteafricana, Ned Price ofreció las siguientes observaciones (la cursiva es mía):

“Bien, tomamos nota del resultado del que han informado la Alta Autoridad Independiente para las Elecciones y los observadores electorales de la sociedad civil. El referéndum se ha caracterizado por una baja participación. Eso es algo de lo que tomamos nota. Un amplio abanico de la sociedad civil tunecina, los medios de comunicación y los partidos políticos han expresado su profunda preocupación por el referéndum. Y, en particular, tomamos nota de la preocupación generalizada entre muchos tunecinos en relación con la falta de un proceso inclusivo y transparente y el escaso margen para un auténtico debate público durante la redacción de la nueva constitución. También notamos la preocupación de que la nueva constitución incluya pesos y contrapesos debilitados que podrían comprometer la protección de los derechos humanos y las libertades fundamentales.”

PUBLICIDAD

En vez de hacer una denuncia contra Saied por su abuso de autoridad casi total y secuestro de la más prometedora democracia del mundo árabe, el gobierno de Biden ha vuelto a fracasar en su intento de defender la democracia.

Hay mucho que criticar. Antes de que se efectuara la votación, Saied se hizo del control de la comisón de elecciones mientras silenciaba a los medios, enviaba a la cárcel a sus opositores y manipulaba el poder judicial. Y la abrumadora mayoría de los tunecinos decidió no votar, socavando el intento del autócrata de legitimar su toma de poder al negarse a participar en el ejercicio escenificado.

PUBLICIDAD

Incluso tomando en cuenta la afirmación de la comisión electoral de una participación del 30,4%, fue un resultado abismal para Saied. (En contraste, el hombre fuerte de Egipto, Abdel-Fattah El-Sisi, logró una participación del 38,6% en su referéndum constitucional de 2014). El presidente ofreció la más lamentable de las excusas: Más gente habría votado si hubiera tenido dos días, en lugar de uno, dijo Saied.

Los adversarios de Saied aprovecharán la escasa participación para desafiar la legitimidad de la nueva Constitución y, por ende, el derecho del presidente a gobernar. A semejanza de otros autócratas en el mundo, Saied intentará buscar fuentes alternativas de legitimidad. Se esperan concentraciones apoyadas por el gobierno para celebrar la constitución y expresiones de lealtad por parte de las fuerzas armadas.

PUBLICIDAD

El presidente también buscará legitimidad de la voluntad de los líderes extranjeros -y especialmente de los líderes de los estados democráticos- de hacer negocios con él. Le tranquilizará la reticencia de los defensores de la democracia a criticar, y mucho menos a condenar, su farsa de referéndum.

La esperanza de Saied es que la administración de Biden haga por él lo que la administración del presidente Barack Obama hizo por Sisi, es decir, que acepte la nueva constitución como un hecho y mire hacia otro lado mientras el presidente de Túnez la usa para fortalecer el control de todos los poderes del Estado.

PUBLICIDAD

El presidente Biden debería negar a Saied esa satisfacción. En cambio, el presidente estadounidense puede empezar a compensar su fracaso en la protección de la democracia tunecina dejando claro que su administración ha hecho algo más que “tomar nota” del intento de Saied de institucionalizar el autoritarismo.

Biden no evita el uso de un lenguaje fuerte en situaciones como ésta. El pasado mes de noviembre, condenó al nicaragüense Daniel Ortega por montar una “pantomima” de elecciones. Saied debería recibir un trato similar.

PUBLICIDAD

Independientemente de la retórica presidencial, la posición oficial de Estados Unidos debería ser que el referéndum fue demasiado fraudulento como para que los resultados sean válidos. Y cualquier movimiento del presidente Saied para ejercer las competencias atribuidas a la presidencia en la nueva constitución, debería ser respondido con una condena rotunda y, en la medida de lo posible, con sanciones económicas.

El presidente Biden debería exigir a Saied que restaure la independencia del poder judicial de Túnez, así como la libertad de prensa, y que colabore con los partidos de la oposición para llegar a un acuerdo de reparto del poder y a nuevas elecciones.

PUBLICIDAD

De negarse Saied, Estados Unidos podría retener toda la ayuda a Túnez y exhortar a sus socios europeos a hacer lo mismo. La administración Biden también debería estar preparada para ejercer el veto sobre cualquier ayuda del FMl a Túnez.

Esta medida perjudicaría a Saied donde más le duele. En efecto, necesita desesperadamente la financiación extranjera y la ayuda del FMI para iniciar la recuperación de la maltrecha economía tunecina. Si no logra cumplir con lo prometido, perderá con rapidez incluso el escaso apoyo del que goza y perderá toda pretensión de legitimidad.

PUBLICIDAD

El presidente Biden tiene mucho que explicar por su fracaso a la hora de estar a la altura de los valores democráticos que profesa. En Túnez, tiene una oportunidad de hacer algo importante.

Esta nota no refleja necesariamente la opinión del consejo editorial o de Bloomberg LP y sus propietarios