Mis tardes de tentación con Alan Greenspan

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Por Adrian Wooldridge

—¿Usted se da algún gusto de vez en cuando? —me preguntó Alan Greenspan, que por entonces ya había superado los noventa años, con un brillo pícaro en los ojos.

Los dos estábamos agotados: eran las cuatro de la tarde y llevábamos trabajando desde las nueve de la mañana. Yo, algo desconcertado, le respondí que quizá lo había hecho durante mis años de estudiante universitario, pero que esa etapa había quedado atrás.

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El ex presidente de la Reserva Federal se levantó de inmediato de la gran mesa donde estábamos sentados, caminó hasta su escritorio con un paso sorprendentemente ágil, considerando sus problemas de espalda, y sacó un delgado paquete envuelto en papel plateado. Después nos quedamos en silencio, comiendo su reserva secreta de chocolate amargo.

Nunca había conocido a Greenspan cuando nuestro editor en común en Penguin pensó que podía ser buena idea reunirnos para escribir una historia económica de Estados Unidos, que finalmente se publicó con el título Capitalism in America: A History.

El ex jefe de la Fed concluyó que yo superaba su prueba ideológica principalmente porque, cuando me llamó por primera vez, estaba participando del Festival del Libro de Edimburgo, ciudad que él asociaba con Adam Smith y la Ilustración escocesa.

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Pasamos muchas semanas trabajando juntos todos los días en su oficina sobre Connecticut Avenue, en Washington. A Greenspan le gustaba hablar de manera improvisada mientras yo tomaba notas, aunque con frecuencia interrumpía su exposición para pedir a sus asistentes que trajeran gráficos.

Después llegaron meses en los que yo le enviaba borradores y él me los devolvía completamente cubiertos de anotaciones escritas con una letra casi tan ilegible como la mía.

Naturalmente, al principio me sentía intimidado. Greenspan había estado durante décadas en el centro de la economía mundial y tenía un pasado tan singular como el de saxofonista de jazz y discípulo de Ayn Rand, mientras que yo no era más que un simple escribidor.

Sin embargo, siempre me trató como a un igual.

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Me llamaba en horarios insólitos, muchas veces porque acababa de descubrir alguna curiosidad histórica. Siempre amable y, con frecuencia, muy divertido, estaba completamente libre de esa sensación de importancia personal que parece casi obligatoria entre las grandes figuras del establishment de Washington.

Greenspan parecía un hombre propio de las grandes organizaciones de la década de 1950. Siempre vestía traje y corbata, y su oficina estaba impecablemente ordenada.

Cuando le sugerí que el Silicon Valley de los años ochenta debía parte de su espíritu a la contracultura, rechazó de plano la idea. Para él, la revolución informática era obra de hombres con camisas blancas y protectores de bolsillo para lapiceras.

Sin embargo, debajo de esa superficie había numerosas contradicciones.

Era un ideólogo con un agudo instinto político; un libertario que prosperó en el corazón mismo del gran Estado y que, en una ocasión, incluso logró imponerse a Henry Kissinger.

Ya en sus noventa años, solía volver una y otra vez a las pasiones de su juventud. A veces hablaba de la conveniencia de regresar al patrón oro y describía tanto a Franklin D. Roosevelt como al New Deal en los términos más negativos posibles.

Yo intentaba moderar ese entusiasmo no mediante una confrontación directa, sino apelando a su sentido político. Le decía que ese tipo de argumentos podía generar una hostilidad innecesaria y disminuir nuestras posibilidades de transmitir el mensaje principal del libro.

También era un hombre de cabeza fría y corazón sensible.

Los cinco volúmenes de Cambridge Historical Statistics of the United States ocupaban el lugar de honor en su biblioteca, casi como si fueran un objeto religioso.

Su capacidad de trabajo parecía inagotable, como si creyera que el esfuerzo podía mantener a raya el envejecimiento.

Al mismo tiempo, adoraba a su esposa, la periodista de NBC Andrea Mitchell. Miraba sus apariciones televisivas en vivo o las grababa para verlas después.

También tenía una colección muy ecléctica de héroes personales, entre ellos James Hill, el magnate ferroviario; Grover Cleveland, el presidente estadounidense que defendió la ortodoxia del laissez-faire; y Alexander Hamilton.

Me confesó que estaba tan fascinado por el oro que muchas noches pasaba horas contemplando un lingote.

No era igual de sentimental respecto de su larga trayectoria política.

Nunca se entregaba a recuerdos nostálgicos.

Una razón evidente era que los demócratas, bajo la presidencia de Bill Clinton, habían logrado acercarse más a su ideal de presupuesto equilibrado que su propio partido, el Republicano.

Con frecuencia comentaba que Clinton había sido el presidente más inteligente con el que había trabajado, junto con Richard Nixon.

También parecía mantener cierta distancia respecto del movimiento conservador contemporáneo.

Mencionaba a menudo que Donald Trump hacía trampa jugando al golf, un pecado imperdonable para alguien tan apasionado por el golf y el tenis.

Le indignaba, además, que un conductor de radio de derecha que se había mudado a su barrio estuviera construyendo una enorme terraza.

Y consideraba que el Brexit era una completa insensatez.

Todo esto revela otra de las contradicciones de Greenspan.

Era un ideólogo conservador que disfrutaba profundamente del establishment de Washington.

Citaba a liberales como el historiador Alan Brinkley y el juez de la Corte Suprema Stephen Breyer como fuentes de sabiduría histórica.

Todo ello se combinaba con una marcada anglofilia.

Su serie favorita era Downton Abbey.

Su político británico preferido, hasta donde pude percibir, era Gordon Brown, quien lo invitó a pronunciar un discurso en la ciudad natal de Adam Smith.

También se sentía extraordinariamente orgulloso de compartir cumpleaños con la reina Isabel II.

Sin embargo, no había ninguna duda acerca del carácter radical de su visión de la historia económica.

Greenspan compartía con Joseph Schumpeter la convicción de que la fuerza más poderosa en los asuntos humanos era la destrucción creativa.

La única manera de que una sociedad se enriquezca es aumentando su productividad.

Y la única forma de elevar la productividad consiste en reemplazar, sin contemplaciones, la ineficiencia por la eficiencia.

Ese proceso siempre estaría lleno de tensiones, porque los grupos de interés tienden a defender el pasado frente al futuro y los políticos fantasiosos pretenden hacer creer que es posible alcanzar altos niveles de vida sin una renovación permanente.

Greenspan consideraba que Estados Unidos era el mayor escenario de destrucción creativa porque combinaba libertad económica, protegida por la Constitución, con enormes recursos naturales.

Celebraba la capacidad de los grandes empresarios para imaginar el futuro y construir inmensas compañías capaces de hacerlo realidad.

Para él, Andrew Carnegie y John D. Rockefeller eran gigantes de la creatividad, no simples barones ladrones.

Su período favorito de la historia estadounidense era la llamada Edad Dorada, cuando el mundo empresarial tenía más peso que el gobierno.

Pese a haber pasado tantos años en el corazón de Washington, seguía convencido de que el papel de los políticos consistía únicamente en ofrecer un entorno estable para que los emprendedores pudieran apostar por el futuro.

La globalización también lo fascinaba porque creía que podía reproducir el proceso que convirtió a Estados Unidos en el país más rico del mundo.

Nunca logré medir con precisión cuánto se sentía responsable de la crisis financiera.

En 2008 reconoció ante el Congreso que había confiado en modelos económicos demasiado optimistas.

Pero mientras trabajábamos juntos atribuía buena parte del colapso del mercado inmobiliario a las políticas bipartidistas estadounidenses que habían alentado a personas sin capacidad de afrontar una hipoteca a comprar viviendas.

Consideraba que las burbujas financieras eran una parte inevitable del capitalismo, lo que quizá explique por qué seguía defendiendo el regreso al patrón oro como el mejor mecanismo para mantenerlas bajo control.

También le preocupaba, mucho más de lo que admitían sus críticos, que el sector financiero hubiera crecido demasiado y se hubiera vuelto excesivamente autorreferencial.

Aunque antes de llegar a la Reserva Federal había dedicado buena parte de su carrera a analizar los misterios de Wall Street y más tarde se convirtió en un entusiasta de la llamada “nueva economía”, su mayor pasión seguía siendo la economía real: las personas que fabricaban bienes concretos en lugares concretos, como Cleveland y Detroit, y que resolvían problemas logísticos reales mediante vagones ferroviarios refrigerados y contenedores de transporte.

Finalmente, Penguin convirtió nuestro trabajo en un hermoso libro.

La portada mostraba una vista del bajo Manhattan en 1904 envuelto en humo; incluía 32 páginas de ilustraciones y decenas de gráficos.

Mientras contemplábamos el resultado de tantos meses de trabajo, bromeé diciendo que lo único que podía impedir que el libro se convirtiera en un éxito de ventas era que su título, Capitalism in America, reunía las dos palabras menos populares del idioma inglés.

Él me miró completamente desconcertado.

Para Greenspan, pocas expresiones podían resultar tan románticas como esas dos palabras.

Esta nota no refleja necesariamente la opinión del consejo editorial de Bloomberg LP y sus propietarios.

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