Botella de plástico
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En el mundo, la epidemia de la obesidad se agrava, sobre todo entre los niños, con las cifras de sobrepeso aumentando en los últimos diez años y se trasladándose a edades más precoces. En los Estados Unidos, alrededor del 40% de los adolescentes actuales tenían sobrepeso cuando iniciaron la escuela secundaria. Globalmente, la prevalencia de esta enfermedad se ha multiplicado por tres desde los años setenta, y se espera que 1.000 millones de personas padezcan obesidad de aquí a 2030.

Las repercusiones son enormes, pues la obesidad está íntimamente asociada a la hipertensión, la diabetes, las enfermedades cardíacas y otros serios problemas de salud. Aunque los científicos reconocen que hay muchos factores que contribuyen a ello, como la genética, el estrés, los virus y los cambios en los hábitos de sueño, no existe consenso sobre el origen de la enfermedad. Evidentemente, la proliferación de alimentos altamente procesados, ricos en azúcar, sal y grasa, también ha contribuido, especialmente en los países de Occidente, donde la población ingiere una media de calorías diarias superior a la de hace 50 años. No obstante, las más recientes revisiones científicas demuestran que gran parte del gran aumento global de la obesidad en los últimos cuarenta años sigue careciendo de explicación.

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Entre los científicos está surgiendo la idea de que un importante componente de la enfermedad que no se ha tenido en cuenta es, con toda seguridad, el medio ambiente, en concreto, la existencia generalizada de sustancias químicas que, aún en dosis muy reducidas, perturban el funcionamiento normal del metabolismo del ser humano, alterando la habilidad del cuerpo para regular su consumo y su gasto de energía.

En el caso de algunas de estas sustancias químicas, denominadas “obesógenas”, se potencia directamente la producción de determinados tipos de células y tejidos adiposos relacionados con la obesidad. Desafortunadamente, estas sustancias químicas se utilizan en muchos de los más básicos productos de la vida actual, como los envases de plástico, la ropa y los muebles, los cosméticos, los aditivos alimentarios, los herbicidas y los pesticidas.

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Hace diez años, la idea de la obesidad inducida químicamente era algo así como una hipótesis marginal, pero ya no.

“Los obesógenos son sin duda un factor que contribuye a la epidemia de obesidad”, me dijo por correo electrónico Bruce Blumberg, experto en obesidad y sustancias químicas disruptivas endócrinas de la Universidad de California, Irvine. “La dificultad es determinar qué fracción de la obesidad está relacionada con la exposición química”.

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Es importante destacar que investigaciones recientes demuestran que los obesógenos actúan para dañar a las personas de formas que las pruebas tradicionales de toxicidad química no pueden detectar. En particular, las consecuencias de la exposición química pueden no aparecer durante la vida de un organismo expuesto, pero pueden transmitirse a través de los llamados mecanismos epigenéticos a la descendencia, incluso a varias generaciones de distancia. Un ejemplo típico es el tributilestaño o TBT, un químico utilizado en conservantes de madera, entre otras cosas. En experimentos que expusieron ratones a niveles bajos y supuestamente seguros de TBT , Blumberg y sus colegas encontraron una acumulación de grasa significativamente mayor en las próximas tres generaciones.

El TBT y otros obesógenos desencadenan tales efectos al interferir directamente con la bioquímica normal del sistema endocrino, que regula el almacenamiento y uso de energía, así como el comportamiento alimentario humano. Esta bioquímica depende de una amplia variedad de hormonas producidas en órganos como el tracto gastrointestinal, el páncreas y el hígado, así como de sustancias químicas en el cerebro capaces de alterar la sensación de hambre. Los experimentos han demostrado que los ratones expuestos a sustancias químicas obesogénicas antes del nacimiento exhiben apetitos significativamente alterados más adelante en sus vidas y una propensión a la obesidad.

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Ya se han identificado cerca de 1.000 obesógenos con tales efectos en estudios con animales o humanos. Incluyen el bisfenol A, un químico ampliamente utilizado en plásticos, y los ftalatos, agentes plastificantes utilizados en pinturas, medicamentos y cosméticos. Otros incluyen parabenos, que se usan como conservantes en alimentos y productos de papel, y sustancias químicas llamadas organoestaños que se usan como fungicidas. Otros obesógenos incluyen pesticidas y herbicidas, incluido el glifosato , que según un estudio reciente está presente en la orina de la mayoría de los estadounidenses.

Otra pista de que estos químicos pueden estar detrás de la obesidad, los estudios han encontrado que la crisis de la obesidad también está afectando a los gatos, perros y otros animales que viven cerca de las personas. Incluso se ha observado un aumento significativo en la incidencia de la obesidad en roedores y primates de laboratorio, animales criados en condiciones estrictamente controladas de ingesta calórica y ejercicio. Los investigadores creen que los únicos factores posibles que impulsan el aumento de peso de estos animales serían cambios químicos sutiles en la naturaleza de los alimentos que comen o en los materiales utilizados para construir sus corrales.

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Por lo tanto, es posible que sin darnos cuenta hayamos saturado nuestro entorno vital con sustancias químicas que afectan algunas de las reacciones bioquímicas más fundamentales que controlan el crecimiento y el desarrollo humanos. Es probable que la epidemia de obesidad persista o empeore, a menos que podamos encontrar formas de eliminar dichos químicos del medio ambiente, o al menos identificar las sustancias más problemáticas y reducir en gran medida la exposición humana a ellas.

Como mínimo, requerirá una transformación en la forma en que probamos la toxicidad de los productos químicos, especialmente los muchos compuestos que son omnipresentes en nuestros alimentos, plásticos, pinturas, cosméticos y otros productos. Los descubrimientos en epigenética han cambiado profundamente la medicina y la ciencia biológica básica en los últimos 15 años, pero aún no han tenido mucho impacto en las prácticas predominantes para las pruebas de seguridad química. Los científicos están presionando para lograr cambios, pero lleva tiempo.

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Con suerte, los métodos de prueba apropiados se adoptarán en los próximos años. Si no lo son, es posible que tengamos dificultades para hacer una mella apreciable en esta perniciosa epidemia.

Esta nota no refleja necesariamente la opinión del consejo editorial o de Bloomberg LP y sus propietarios.

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