La ola de calor en Europa eleva el costo de postergar la adaptación climática

Infraestructura, salud y energía en Europa enfrentan crecientes costos ante temperaturas récord que exponen límites de adaptación en ciudades y sistemas clave.

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Por Joe Wertz

Bloomberg — La ola de calor temprana e intensa que recorre Europa está poniendo a prueba qué sistemas aún pueden funcionar y obligando a replantear si conviene soportar temperaturas cada vez más extremas o invertir miles de millones para adaptarse a un futuro más cálido.

El continente que más rápido se calienta en el mundo no se acerca, según los científicos, a un único punto de quiebre climático. En cambio, Europa está cruzando una cascada de umbrales más pequeños al mismo tiempo: las temperaturas a las que cierran aulas, los hospitales se saturan, las redes eléctricas fallan, los suelos agrícolas se secan y los ríos se vuelven demasiado calientes para enfriar reactores nucleares.

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Las temperaturas en Europa han subido alrededor de 0,56°C por década en los últimos 30 años, más del doble del promedio global. En ese contexto de calentamiento sostenido, patrones meteorológicos habituales, como una cresta de alta presión de movimiento lento, pueden intensificarse en una “cúpula de calor” potencialmente mortal, que los investigadores consideran entre las más severas registradas.

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Aunque grandes zonas del mundo experimentan climas aún más cálidos, incluso en países desarrollados, la infraestructura europea —en muchos casos construida hace siglos— no fue diseñada para soportar olas de calor modernas.

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En varias partes del continente esta semana, el calor ha dificultado dormir, viajar en tren, asistir a conciertos, trabajar en fábricas, rendir exámenes o incluso tomar una cerveza mientras se ven partidos del Mundial. Algunas de estas actividades han sido limitadas, canceladas o prohibidas.

“Vamos a tener que hacer cambios muy significativos en la forma en que vivimos”, dijo Ed Hawkins, científico climático de la Universidad de Reading.

Los gobiernos y empresas europeos están comenzando a dimensionar cuánto costará adaptar la vida cotidiana a veranos más calurosos.

Las olas de calor de 2022, cuando Londres alcanzó por primera vez los 40°C, costaron a la ciudad 1.500 millones de libras (US$2.000 millones), según un informe reciente de la alcaldía. Adaptar cerca de un millón de viviendas en riesgo de sobrecalentamiento podría requerir entre 9.000 y 45.000 millones de libras, una escala que obligaría a recurrir a inversión privada.

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La eléctrica francesa Électricité de France (EDF) prevé gastar 8.700 millones de euros (US$10.100 millones) hacia 2040 en mejoras en sus 57 reactores nucleares y cientos de represas para enfrentar olas de calor, sequías, inundaciones y tormentas. Parte de esas inversiones incluye nuevas torres de enfriamiento para reactores que deben reducir su generación cuando los ríos están demasiado calientes para disipar el calor.

Los científicos advierten que estos costos reflejan un cambio más amplio: Europa ya no solo responde a días más calurosos, sino que deberá rediseñar su infraestructura para noches más cálidas, aguas más calientes y suelos más secos.

El aumento de temperatura también activa retroalimentaciones climáticas que pueden intensificar las sequías al acelerar la evaporación y secar más rápido los suelos, explicó la científica Gabi Hegerl, de la Universidad de Edimburgo.

Una pregunta difícil de responder, añadió, es hasta qué punto los extremos severos pueden desencadenar cambios difíciles de revertir, como daños en la vegetación, incendios más intensos o pérdida de hielo y permafrost.

Por eso, la comparación con olas de calor históricas en Europa tiene límites. Phil Jones, científico climático que inició su carrera durante el verano extremo de 1976 en el Reino Unido, señaló que el calor actual es más húmedo y menos propicio para el enfriamiento nocturno. “Las temperaturas mínimas nocturnas son mucho más altas, lo que dificulta el sueño”, dijo.

En países como Reino Unido y Francia, donde muchas viviendas no tienen aire acondicionado, el calor deja de ser solo un riesgo exterior y se convierte en un problema de salud permanente.

Hawkins advirtió que la adaptación implicará cada vez más sistemas de refrigeración en hogares, oficinas, escuelas y hospitales, lo que abre nuevos debates sobre costos, consumo energético y desigualdad. Las personas en viviendas mal aisladas o barrios con menos espacios verdes serán las más expuestas.

Eso convierte el desafío climático europeo en un problema tanto físico como político. El riesgo, señaló, es que la adaptación avance de manera fragmentada mientras el problema se vuelve cada vez más sistémico.

“Nuestra sociedad y la infraestructura sobre la que se basa está construida para el clima del pasado”, dijo Hawkins. “No está diseñada para el clima del presente y, mucho menos, para el del futuro”.

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