Opinión - Bloomberg

Una nueva era de indignación aguarda a La India y Brasil

Personas reciben comida fuera de la biblioteca estadual de Río de Janeiro.
Por Pankaj Mishra
Tiempo de lectura: 3 minutos

Bloomberg Opinión — Hace dos décadas, un ejecutivo de Goldman Sachs acuñó la etiqueta BRIC para describir cuatro grandes naciones emergentes: Brasil, Rusia, India y China. El rápido crecimiento y la expansión de la clase alta en estos países reivindicaron la fe de los inversores. Sus líderes comenzaron a celebrar cumbres anuales e incluso establecieron su propio banco de desarrollo. Invitaron a Sudáfrica a convertirse en miembro en 2011, completando convenientemente el atractivo acrónimo.

Pero los supuestos ideados por promotores occidentales de la globalización se habían vuelto obsoletos mucho antes de que la pandemia cambiara drásticamente las realidades globales el año pasado. China, por ejemplo, hace mucho tiempo que abandonó el estatus de “emergente”. Con su economía aislacionista y dependiente de los hidrocarburos, Rusia nunca perteneció al grupo.

Hoy, la celebración despreocupada del rápido crecimiento y la generación de riqueza parece formar parte de una época ingenua e irreflexiva. Mientras tanto se acumulan las pruebas de que la desigualdad pospandémica será letal para el orden social cotidiano, por no hablar de la democracia, en las economías emergentes.

Esto se hizo evidente el mes pasado cuando en Sudáfrica, el país con mayor desigualdad del mundo, se desató el peor estallido violencia desde el fin del apartheid.

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Saqueadores y delincuentes causaron destrozos a lo largo del país, destruyendo centros comerciales, almacenes industriales y quemando camiones. Cientos de personas murieron. Las pérdidas patrimoniales y comerciales ascienden a cientos de millones de dólares y la recuperación tomará años.

La provocación inmediata de los disturbios fue la condena del expresidente Jacob Zuma a 15 meses de prisión por negarse a cooperar con una investigación sobre corrupción durante sus nueve años en el cargo. La pandemia, que mató a más de 70.000 sudafricanos y sumió a muchos más en la indigencia, jugó un pape importante. Pero la rabia llevaba tiempo acumulándose en el país, donde el desempleo alcanza niveles récord (33%) y donde muchas personas carecen de alimentos, electricidad y agua potable, además de puestos de trabajo.

Esos mismos factores desempeñarán un papel fundamental cuando, (y no hay un “si” como alternativa), se produzcan colapsos de magnitud similar en La India y Brasil. Los ingredientes necesarios: divisiones sociales extremas de raza, religión, clase y casta; brechas cada vez mas grandes entre la ciudad y el campo; y una clase dirigente nociva, incompetente, si no es que corrupta, han estado presentes durante muchos años en ambos países. Todo esto solo se ha vuelto más tóxico en los últimos meses.

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La desigualdad se ha incrementado de manera más intensiva más en La India, hogar de dos de los tres magnates más ricos de Asia: Mukesh Ambani (cuya riqueza ahora se estima actualmente en US$78,000 millones) y Gautam Adani (US$53,000 millones). Mientras tanto, en lo que probablemente es la mayor implosión de la historia de la clase media, el corazón de cualquier economía de consumo moderna, más de 200 millones de hindúes han vuelto a ganar menos de US$5 al día.

La India ya cuenta con casi un tercio de la población desnutrida del mundo. Al ayudar a los ricos con recortes de impuestos para las empresas, el gobierno nacionalista hindú conduce actualmente a un aumento del hambre, incluso en las áreas urbanas, y entre los indios de clase media.

En Brasil, donde medio millón de personas han perdido la vida a causa de la pandemia, los ricos aumentaron su participación en la riqueza nacional en un 2,7% el año pasado; ahora poseen casi la mitad. Al mismo tiempo, el 40% de la población más pobre de Brasil perdió una quinta parte de sus ingresos, mientras que el ingreso per cápita promedio cayó a su nivel más bajo en una década.

Al igual que en La India, el empobrecimiento generalizado ha ido acompañado de un ataque a las instituciones democráticas. Para profundizar la pesadilla del Covid -19 en el país con la negación de virus y falta de vacunas, el presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, ha socavado la gobernabilidad con una serie de decretos arbitrarios. En marzo despidió a su ministro de Defensa, evidentemente por resistirse sus esfuerzos para lograr que los militares lo respaldaran políticamente.

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Gran parte de la atención desde el Brexit y la elección de Donald Trump en 2016 se ha centrado en las ruinosas consecuencias políticas de la desigualdad desenfrenada en las economías más avanzadas del mundo: polarización permanente y rencorosa, colapso de la confianza en las instituciones democráticas, auge de las teorías conspirativas y afianzamiento de la demagogia.

Este proceso de desintegración social y política siempre estuvo mucho más avanzado, aunque poco advertido, en las economías emergentes. Además, parece no tener ninguna manera de ser corregido. Actualmente la pandemia lo ha acelerado. Sudáfrica ofrece una mirada de lo que les espera a las estrellas de la globalización.