Las guerras comerciales están dando origen al “plurilateralismo abierto”

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Aranceles
Por Clive Crook

La segunda presidencia de Donald Trump marcó un cambio extraordinario en la política comercial de Estados Unidos: pasó de un apoyo condicional al multilateralismo basado en normas a su rechazo total.

De un plumazo, los aranceles del Día de la Liberación rompieron todas las promesas comerciales que Estados Unidos había hecho a sus socios económicos, declarando que ya no permitiría que el sistema global que había diseñado y liderado lo maltratara ni lo debilitara.

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La revolución en política comercial del presidente ha sufrido reveses, pero la administración se está adaptando. Su determinación de librar una guerra comercial contra el resto del mundo se ha visto frenada, pero no detenida, y sus antiguos socios luchan por llegar a un acuerdo.

¿Qué puede pensar de todo esto el público desconcertado?

Dos nuevos libros ofrecen ayuda al respecto. Ambos adoptan enfoques bastante diferentes y no tratan directamente los argumentos del otro, lo cual es comprensible, ya que lo que está ocurriendo plantea demasiadas preguntas como para abordarlas en un único análisis exhaustivo. Recomiendo encarecidamente ambos libros, aunque en uno de los casos lo hago a pesar de mis dudas.

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Soumaya Keynes, redactora del Financial Times, y Chad Bown, economista del Instituto Peterson de Economía Internacional, han renovado su anterior colaboración en un podcast y han escrito How to Win a Trade War: An Optimistic Guide to an Anxious Global Economy (Cómo ganar una guerra comercial: una guía optimista para una economía global inquieta".

Los autores tienen motivos para considerarse pragmáticos, pero calificarles de “optimistas” es exagerado. Su libro asume que el antiguo orden ha desaparecido para siempre y anima a los lectores a verse a sí mismos, a falta de una alternativa viable, como guerreros comerciales en formación. ¿Es eso optimista? Las guerras comerciales, como reconocen los autores, rara vez acaban bien.

Sea como fuere, este libro insta a sus lectores a estudiar a los demás combatientes, sus objetivos y sus armas, y a calcular cuál es la mejor forma de ganar esta nueva guerra.

Resulta complicado que no se pueda definir claramente qué es “ganar”, ya que el significado del término varía de un actor a otro y podría equivaler a muchas cosas diferentes.

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Prosperar a costa de los vecinos, hacer crecer la economía más rápido de lo que lo haría de otro modo, reducir las perturbaciones en el mercado laboral nacional, mitigar la desigualdad económica, minimizar las bajas en una lucha que probablemente se vaya a perder, salirse con la suya en la política nacional, evitar otro tipo de guerra, etcétera.

Este enfoque resulta inevitablemente frustrante, ya que la única respuesta sincera que permite a la pregunta de cómo se gana una guerra comercial es: “Depende de quién seas y de qué entiendas por “ganar””.

Otra decepción es la férrea determinación de los autores por hacer bromas, compartir sus divertidas excentricidades y abusar de las metáforas hasta lo insoportable. Esta última tendencia resulta especialmente contraproducente, ya que a menudo obliga a los lectores a dedicar más tiempo a desentrañar analogías que a comprender los argumentos.

¿Crees que exagero? Así es como el libro deja claro que, si tienes un socio económico, perjudicarlo con una sanción económica pondrá en peligro la relación.

Imagina que estás bailando y presumiendo de tus movimientos. Movimientos exagerados. Las manos se agitan, los pies vuelan… eres como un espantapájaros atrapado en un huracán. Desgraciadamente, tus movimientos son tan exagerados que algunos de los otros bailarines terminan la noche con hemorragias nasales y pies rotos. Te sientes un poco mal por haberles arruinado la velada. Pero no harías nada de otra manera.

Ahora imagina que tienes una pareja de baile, una muy simpática. Si le das un puñetazo en la cara mientras bailas “big fish, little fish, cardboard box” (pez grande, pez pequeño, caja de cartón), ya no podrás impresionarle con tu interpretación sincronizada de la Macarena o el Gangnam Style. (Quizá esto exija demasiado a tu imaginación, pero imagina también que aquí hemos hecho una referencia genial a la cultura popular).

El punto es que, una vez que tienes pareja, el coste de volverse loco es mayor, lo que te lleva a mantenerte más calmado.

Gracias. De otra manera, habría sido difícil de comprender.

A pesar de su tono a veces tedioso, el libro se erige como un análisis exhaustivo, accesible y actualizado de los fines y los medios de los conflictos económicos modernos.

Los capítulos examinan lo que está en juego (prosperidad, paz); los actores (gobiernos, empresas, votantes) y sus respectivas motivaciones; las normas de buena conducta comercial que acaban de ser quebrantadas y por qué; las armas defensivas en el conflicto resultante (subsidios, reservas); y las armas ofensivas (aranceles y otras barreras a la importación, restricciones a la exportación).

Los ejemplos son muy variados, tanto geográfica como cronológicamente. Todos están bien elegidos y, más allá de las metáforas rebuscadas, se explican con claridad. Los autores hacen justicia a las ventajas e inconvenientes y a las complejidades.

Por ejemplo, el capítulo sobre “el pueblo” y sus demandas populistas de proteccionismo explica que las guerras comerciales implican ganancias y pérdidas, y que los perdedores suelen ser más numerosos que los ganadores.

“Si se va a librar una guerra comercial con aranceles”, afirman los autores, “probablemente aconsejaríamos rezar para que sus efectos sean demasiado amplios y difusos como para que la gente los note”. (En este caso, cabe señalar que ganar una guerra comercial significa engañar al pueblo).

Esta estrategia a menudo ha tenido éxito en términos políticos, como relata el libro. Y a veces no, como antes de las elecciones generales británicas de 1906, cuando los defensores de los aranceles fueron acusados ​​de conspirar para aumentar el precio de los alimentos y sufrieron una derrota aplastante.

¿Cómo evitar esa trampa?

“Recomendaríamos presentar los aranceles como una inversión a largo plazo” o bien como una represalia por los aranceles u otras barreras impuestas por extranjeros. (Tiene sentido: una buena manera de engañar a la gente es decirles que no se permitirá que nadie los intimide).

El capítulo sobre subsidios y otros instrumentos de política industrial reconoce que existen razones válidas para su aplicación, como promover la innovación o fortalecer la resiliencia de las cadenas de suministro, pero también que su uso eficaz es complejo. Los autores citan a un exministro de finanzas indonesio: “Los gobiernos son ineptos para elegir ganadores, pero los perdedores son expertos en elegir gobiernos”.

Una vez más, el libro parte de la premisa de que los subsidios y las políticas industriales seguirán proliferando; y, de nuevo, esta premisa es plausible.

En lugar de advertir sobre los riesgos de usar estas u otras políticas de comercio gestionado, los autores se reservan su opinión sobre los costos y beneficios generales de la guerra económica. Y ofrecen consejos sobre cómo sus aliados podrían usar sus armas con mayor eficacia.

Una lección, por ejemplo, es que los gobiernos deberían combinar los subsidios u otros apoyos con medidas disciplinarias, como obligar a los beneficiarios a competir por los clientes.

Esto, y mucho más en el libro, es valioso e ilustrativo. Librar una guerra comercial es complicado y está plagado de consecuencias imprevistas. Sin embargo, los autores nunca examinan adecuadamente la premisa crucial de que el conflicto económico es inevitable, nos guste o no, que las reglas han desaparecido y que el mundo debería acostumbrarse; los autores lo dan por sentado.

China parece ser el fundamento de esta convicción: su modelo económico rechaza todos los principios del liberalismo económico occidental, afirman los autores, y es fundamentalmente incompatible con el orden basado en reglas que la Organzación Mundial del Comercio (OMC) debía supervisar.

Así que, en realidad, no hay mucha opción sobre si librar una guerra, sino sobre cómo hacerlo. China nunca cambiará, el sistema nunca podrá adaptarse a ella, y punto.

Bueno, tal vez. Pero este supuesto realismo económico reformula el desafío como el de hacer frente a la amenaza china, en contraposición al enfoque predominante del libro, que consiste en aconsejar cómo ganar una guerra de todos contra todos. Además, dado lo que está en juego, ambas afirmaciones sobre el rumbo que están tomando las cosas merecen ser analizadas.

Quizás se pueda persuadir a China para que cambie. Y tal vez, incluso si no se logra, pueda surgir un orden diferente basado en normas.

El sistema de la OMC, sin duda, fracasó en su intento de integrar a China tras su ingreso en 2001.

Además, las prácticas de Pekín, sus subsidios, tanto explícitos como encubiertos; su transferencia forzada de tecnología y su enfoque de la propiedad intelectual; sus restricciones estratégicas a las exportaciones críticas, claramente contravienen, al menos, el espíritu de sus compromisos con la OMC, tal como los entienden los demás miembros.

Resulta menos claro si los socios de China en la Organización Mundial del Comercio realizaron alguna vez un esfuerzo concertado para reformular las normas y adaptarlas a su propósito original. O por qué cualquier intento de esta clase debería ahora descartarse sin más.

Los líderes chinos sin duda entienden que su país tiene mucho que perder si la demanda mundial se desplaza hacia otros mercados. Eso les da motivos para negociar y llegar a acuerdos, incluso si piensan, como aseguran sus críticos más implacables, que el comercio es un juego de suma cero. China seguiría ganando, al igual que otros países, si optara por la cooperación en lugar de la confrontación.

¿Por qué descartar esa sencilla posibilidad con tanta ligereza desde el comienzo? (Un libro publicado por primera vez en 2021 y al que se prestó muy poca atención, China and the WTO: Why Multilateralism Still Matters (China y la OMC: Por qué el multilateralismo aún le importa a China), de Petros Mavroidis y Andre Sapir, defendía que el sistema es, de hecho, capaz de reformarse).

No obstante, incluso si revivir el multilateralismo global es ahora una causa perdida, el comercio basado en normas dista mucho de estar condenado.

Esta es la tesis del otro libro reciente: World War Trade: Conflict, Containment and the Emergent World Trading Order (Comercio en la guerra mundial: Conflicto, contención y el orden comercial mundial emergente), de Richard Baldwin, de la IMD Business School de Lausana. Si lees "Cómo ganar una guerra comercial", como deberías, también sería necesario leer este. Si solo eliges uno, que sea el de Baldwin.

Coincide con Keynes y Bown en que el antiguo sistema basado en normas, que partía de la premisa de que la globalización era “segura por defecto”, ha desaparecido, probablemente para siempre. Sin embargo, argumenta que ya se está construyendo un nuevo sistema basado en normas.

Por el momento, EE.UU. ha optado por un unilateralismo agresivo. (Independientemente de lo que crea el gobierno chino, la administración Trump considera que el comercio es un juego de suma cero). Y, por ahora, China ha intensificado el uso de medidas comerciales coercitivas en represalia.

Sin embargo, la mayoría de los demás países han optado por no contraatacar. En cambio, están ampliando los acuerdos comerciales regionales existentes: acuerdos basados ​​en normas que, con razón, perciben como beneficiosos para ambas partes.

El libro World War Trade (Guerra mundial del comercio) sitúa este acontecimiento en su contexto histórico.

En primer lugar, ofrece un relato completo y detallado del colapso del antiguo orden mundial, con las relaciones entre EE.UU. y China como eje central. Décadas de cooperación dieron paso a la desconfianza y la hostilidad a medida que el asombroso crecimiento de China, sumado a la creciente automatización, perturbaba la industria manufacturera estadounidense y afectaba gravemente a sectores de la clase media.

El impacto de la “globótica”, como lo denomina Baldwin, propició un nuevo tipo de comercio basado en la división de la producción en etapas dispersas a través de las fronteras, de modo que la tecnología de EE.UU. pudiera combinarse con bajos salarios extranjeros, rompiendo así el monopolio que la mano de obra estadounidense ejercía sobre el uso del conocimiento técnico de la industria manufacturera estadounidense.

Washington comenzó a ver a China como una amenaza cada vez mayor, y Pekín, lidiando con un crecimiento más lento, pareció confirmar esta percepción recurriendo con mayor fuerza al nacionalismo para mantener el apoyo popular.

La mecha ya estaba lista para estallar mucho antes de que Trump llegara y declarara la guerra comercial no solo contra China, sino contra todos los demás.

Luego llegó lo que Baldwin denomina la “Gran Contención”, ya que las represalias comerciales de China, los efectos de los altos aranceles sobre los precios estadounidenses y algunos aspectos problemáticos de la Constitución de Estados Unidos convencieron a la Casa Blanca de la necesidad de moderar su postura: la agresión comercial sin límites no garantizaría una victoria inmediata.

Entre tanto, el resto del mundo se embarcó en la “reconstrucción no planificada”. En parte, esto se tradujo en medidas defensivas similares a las descritas en "Cómo ganar una guerra comercial", pero la represalia no era el objetivo principal. En cambio, Canadá, Japón, la UE, el Reino Unido y otros recurrieron a los acuerdos comerciales regionales ya existentes.

Como afirmó el primer ministro canadiense, Mark Carney, en un discurso muy aplaudido en Davos: “En un mundo de rivalidad entre grandes potencias, los países intermedios tienen dos opciones: competir entre sí para obtener favores o unirse para crear una tercera vía con impacto”.

Como explica Baldwin, la integración económica regional se rige por la lógica del efecto dominó. Las preferencias comerciales regionales, establecidas mediante pactos como la UE y el Acuerdo Integral y Progresista de Asociación Transpacífico (CPTPP, por sus siglas en inglés), impulsan el comercio entre los socios y perjudican a los países no miembros.

Los exportadores de estos países presionan a sus gobiernos para que se unan. Si lo hacen, aumentan tanto las ventajas de la membresía como las pérdidas de los países no miembros, y así se desencadena el siguiente efecto dominó. Las respuestas a la nueva guerra comercial se ajustan a este patrón. Los acuerdos existentes se están ampliando y profundizando.

La UE concluyó su acuerdo con Mercosur; luego, otro con India y otro con Australia. Japón y Mercosur han iniciado conversaciones. El Reino Unido se ha adherido al CPTPP; Costa Rica está a punto de hacerlo; otros nuevos miembros se están sumando. La UE, el CPTPP y la ASEAN (Asociación de Naciones de Asia Sudoriental) están trabajando para estrechar su cooperación.

Los Estados Unidos construyó el multilateralismo global. Sin él, ese modelo no puede recuperarse. Pero Baldwin explica de forma convincente que el multilateralismo basado en normas dista mucho de haber desaparecido.

El regionalismo en cadena, también llamado “plurilateralismo abierto”, goza de buena salud, porque la mayoría de los gobiernos no han olvidado las ventajas del comercio ni los beneficios de la cooperación. “El orden comercial mundial no se restablecerá”, concluye Baldwin. “Ya está surgiendo uno nuevo”.

Esta nota no refleja necesariamente la opinión del consejo editorial de Bloomberg LP y sus propietarios.

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