Bogotá — El dólar en Colombia ha estado a solo COP$21 de romper a la baja la barrera de los COP$3.000, tocando montos mínimos de ocho años y acumulando una revaluación cercana al 33% en doce meses. ¿Se sostendrá en ese nivel?
“Lo que estamos viendo es una entrada masiva de inversionistas apostándole al mayor giro hacia la ortodoxia económica en Latinoamérica desde Argentina. Su permanencia abajo dependerá de si este giro es real o no”, indicó Felipe Campos, gerente de inversión y estrategia de Alianza Valores y Fiduciaria.
Francisco Chaves, gerente de análisis de mercados del Banco de Bogotá, pone el movimiento en perspectiva histórica. Según explica, la franja de los COP$3.000 fue una zona de congestión entre 2015 y 2017, un nivel que en el pasado marcó tanto el arranque de tendencias devaluacionistas como, más recientemente, el inicio del giro hacia la revaluación que hoy vive el país.
Para Chaves, ese antecedente convierte a los COP$3.000 en un umbral psicológico y técnico donde es razonable esperar toma de utilidades por parte de los inversionistas que acumularon posiciones en niveles más altos.
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Aún así, no descarta que el peso tenga espacio para seguir apreciándose entre COP$50 y COP$100 adicionales antes de que el mercado entre en una fase de mayor cautela.
Los fundamentales, dice, siguen respaldando esa fortaleza: la expectativa de ingreso de dólares del Gobierno para procesos de reconstrucción, una tasa de interés del Banco de la República en 12%, y rendimientos de la deuda pública colombiana por encima de los de otros países de la región.
Sin embargo, el analista es cauto sobre la magnitud de lo que resta del movimiento. A su juicio, el mercado está entrando en la fase final de una tendencia bajista muy prolongada, y lo más probable en las próximas semanas es un proceso de consolidación, con episodios de mayor volatilidad, antes que un cambio de tendencia abrupto. “Visitaremos esa zona por debajo de los COP$3.000”, señala, pero advierte que buena parte del recorrido ya se habría cumplido.
¿Buena o mala noticia?
Luis Fernando Mejía, CEO de Lumen Economic Intelligence, explicó que un peso fuerte abarata las importaciones para millones de consumidores, reduce el valor en pesos de la deuda externa y disminuye el costo de viajar o de importar maquinaria, bienes de capital y tecnología.
Para Mejía, este es justamente el momento de aprovechar ese menor costo para impulsar inversión y productividad, que son las verdaderas fuentes del crecimiento de largo plazo.
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En su visión, frente a los problemas estructurales que enfrenta Colombia en esas dos variables, la tasa de cambio es, en realidad, “un problema de tercer orden”.
Desde una mirada regional, Rodrigo Lama, Chief Business Officer de la fintech Global66, coincide en que el escenario de corto plazo sigue siendo favorable para las monedas emergentes con fundamentos sólidos, aunque con diferencias cada vez más marcadas entre países.
En el caso colombiano, identifica tres factores de viento a favor: datos de actividad económica robustos, un nuevo gobierno que genera confianza en los mercados y un diferencial de tasas de interés atractivo frente a otras economías.
No obstante, Lama advierte sobre un riesgo externo relevante: el precio del petróleo por encima de los US$86 por barril. Aunque en teoría un crudo más alto debería seguir apreciando al peso, dada la relevancia de las exportaciones petroleras para el país, la incertidumbre geopolítica en torno al Estrecho de Ormuz introduce una cuota de volatilidad que podría alterar ese cálculo.
Bajo un entorno externo favorable, no descarta que el tipo de cambio profundice su caída hacia un rango entre COP$3.000 y COP$3.050.
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El consenso entre los analistas consultados apunta a que el nivel de COP$3.000 pesos no es una barrera infranqueable ni un techo artificial, sino un punto de referencia histórico que el mercado observará con atención.
La combinación de tasas de interés altas, expectativas de ingreso de divisas y un entorno externo relativamente favorable sostiene, por ahora, la fortaleza del peso.
La permanencia del dólar en estos niveles dependerá, en última instancia, de si el giro hacia la ortodoxia económica que impulsa esta ola de confianza resulta ser una transformación real y duradera, o simplemente una apuesta especulativa de corto plazo.













