Bloomberg Línea — La segunda presidencia de Donald Trump comenzó con un giro inmediato en la narrativa de mercado. Desde el 20 de enero de 2025, su retorno a la Casa Blanca reordenó expectativas sobre impuestos, comercio exterior y regulación sectorial, tres ejes que rápidamente pasaron a ser variables activas en la fijación de precios de riesgo.
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Durante los primeros meses, el índice operó con una marcada sensibilidad a titulares políticos y de avances tecnológicos. En la primera parte del año pasado, el modelo chino de inteligencia artificial DeepSeek desencadenó una corrección abrupta en el sector de semiconductores y en las megacaps tecnológicas, especialmente Nvidia (NVDA), la empresa con mayor valor de mercado.
En abril, la implementación del paquete arancelario denominado “Liberation Day” generó la mayor caída en puntos del S&P 500 en un lapso de 48 horas desde marzo de 2020. Sin embargo, entre mayo y diciembre, el índice mostró resiliencia, apoyado en datos macroeconómicos mejores de lo previsto, treguas comerciales parciales y un repunte del gasto en infraestructura digital.
Finalmente, el principal indicador de Wall Street registró su tercer año consecutivo de retornos de dos dígitos, incluso con un recorrido marcado por oscilaciones abruptas. “Gran parte de la narrativa del mercado en 2025 se centró en la carrera de la IA y en las grandes empresas estadounidenses que ya se han beneficiado de su auge”, dijo Helen Jewell, analista de BlackRock.
Según el mayor gestor de activos del mundo, el rendimiento del S&P 500 fue impulsado por sectores vinculados al despliegue de inteligencia artificial y centros de datos, aunque también atravesó episodios de escepticismo sobre la viabilidad del gasto.
Mejor que Bush, pero peor que Obama
En medio de episodios de volatilidad y recuperación, el S&P 500 cerró los primeros doce meses de la segunda presidencia de Donald Trump con un desempeño inferior al observado en otros ciclos presidenciales recientes. Entre el 20 de enero de 2025 y el 15 de enero de 2026, el índice pasó de una base de 100 a 114,73 puntos, lo que equivale a un avance de 14,7% en términos normalizados.
En perspectiva histórica, según datos recopilados por Bloomberg, ese resultado quedó por debajo del registrado durante los primeros doce meses de la primera presidencia de Barack Obama en 2009, cuando el S&P 500 subió 42,8%, así como de su segundo mandato iniciado en 2013, con un avance de 23,2%. También fue inferior al desempeño del primer mandato de Trump, con una ganancia de 23,7%, del segundo mandato de Bill Clinton, con un alza de 23,8%, y del primer año de Joe Biden, cuando el índice avanzó 17,7%. Solo los inicios de las administraciones de George W. Bush muestran registros más débiles: en su segundo mandato el S&P 500 subió 9,3%, mientras que en el primero retrocedió 16,0%.
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El primer año de la administración de George W. Bush, iniciado el 20 de enero de 2001, se mantiene como el de peor desempeño relativo entre las presidencias analizadas desde finales de la década de 1990. En ese período, el S&P 500 cayó 16,0% en términos normalizados al 15 de enero de 2002. Ninguna otra presidencia reciente presenta una contracción comparable en su primer año bajo este criterio de medición.
La causa central fue el contexto macroestructural que enfrentó el mercado al inicio del mandato. El colapso de la burbuja tecnológica aún no había terminado de purgarse. Las acciones del sector, que habían dominado el ciclo de finales de los años noventa, seguían corrigiendo múltiplos y expectativas de utilidades de forma progresiva. El proceso no respondía a un evento aislado, sino a una secuencia de revisiones bajistas que afectaban tanto la valoración, como el apetito por riesgo en sectores dominantes del índice.
A esto se sumó el giro hacia la recesión. En marzo de 2001, el NBER fechó el inicio del ciclo recesivo, mientras que la Reserva Federal comenzó a recortar tasas de forma agresiva para intentar contener el deterioro. El 11 de septiembre introdujo un shock sistémico adicional: el ataque a las Torres Gemelas y al Pentágono obligó al cierre temporal de los mercados financieros y generó una corrección abrupta tras la reapertura.

En diciembre de ese mismo año, el caso Enron culminó el deterioro de confianza corporativa.
En contraste, el primer año de Obama en la presidencia comenzó en medio de un régimen de mercado dominado por riesgo sistémico, contracción crediticia y caída de la actividad. El 20 de enero de 2009, el S&P 500 operaba en niveles cercanos a mínimos multianuales, todavía bajo el impacto de la crisis financiera global. Durante las semanas siguientes, el índice continuó cayendo.
El punto de inflexión llegó en marzo. El 9 de ese mes, el S&P 500 marcó su mínimo de cierre en 676,53 puntos. Desde ese momento, comenzó una transición clave en la narrativa del mercado. El foco se desplazó del temor a un colapso estructural hacia una interpretación más clásica de ciclo: solvencia bancaria, política monetaria expansiva y recuperación de la demanda agregada.
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Varios factores convergieron en ese tramo. En febrero, la administración Obama aprobó el American Recovery and Reinvestment Act, un paquete fiscal de US$787.000 millones orientado a amortiguar la caída del empleo y sostener la demanda. En marzo, la Reserva Federal anunció la expansión de su programa de compras de activos, con un incremento de hasta US$1,25 billones en MBS y US$300.000 millones en Tesoros, lo que consolidó un ancla de liquidez en condiciones excepcionales.
Entre aranceles y la IA
En el caso de la segunda administración de Trump, el mayor impacto estuvo tras el anuncio del paquete de arancelario a principios de abril. Los analistas de Goldman Sachs recuerdan que el S&P 500 “sufrió una corrección de poco menos del 20% entre mediados de febrero y abril, mientras que el Nasdaq cayó casi un 25%”. La firma atribuyó esa dinámica a dos factores: la preocupación por los aranceles y el efecto de contagio en el sector tecnológico estadounidense tras la aparición de DeepSeek.
El 2 de abril, la Casa Blanca implementó un esquema arancelario escalonado que generó lo que Ashley Lester, de MSCI, describió como “el primer momento de Triple Rojo de este siglo: caídas significativas simultáneas en las acciones estadounidenses, los bonos del Tesoro y el dólar”. Ese episodio representó un quiebre temporal en la relación entre narrativa tecnológica y soporte de mercado. El S&P 500 llegó a perder casi US$5 billones en capitalización bursátil en dos sesiones.

Durante ese mismo tramo, las megacaps tecnológicas sufrieron una doble penalización. Primero por la disrupción del modelo de IA chino y luego por su exposición global al nuevo régimen arancelario. Según Lester, “las megacaps estadounidenses, presumiblemente por ser más globales que otras empresas, también sufrieron más que otras compañías estadounidenses durante los eventos de abril”.
Tras la corrección, el mercado reconstruyó sus niveles sobre dos pilares. Por un lado, la percepción de que la administración moderaría la implementación efectiva de los aranceles. Por otro, la reafirmación del ciclo de inversión en inteligencia artificial, ahora con un foco más amplio que solo chips y data centers.
Jeff Shen, analista de BlackRock, sostuvo que “las empresas tecnológicas de megacapitalización siguieron siendo un motor de las ganancias del mercado relacionadas con la IA, moldeando gran parte de la narrativa bursátil en 2025″. Sin embargo, bajo ese liderazgo concentrado, Shen considera que “la transformación de la IA se desarrolla de maneras que están creando dispersión en un universo más amplio de empresas vinculadas al tema”.
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Según la gestora, esa dispersión incluyó “ganancias pronunciadas en empresas consideradas rezagadas en la carrera de la IA”, en un ecosistema cada vez más interconectado por alianzas estratégicas y acuerdos de capacidad compartida.
El repunte fue especialmente fuerte desde los mínimos de abril. Según Goldman Sachs, “los dos índices estadounidenses han repuntado cerca del 45% desde el mínimo, con mejores datos económicos de lo previsto elevando las expectativas de crecimiento”. El banco añadió que el alivio respecto a los aranceles y los sólidos resultados de ganancias, en particular en tecnología, también contribuyeron a la recuperación.
Alexander Joshi, analista de Barclays, cuantificó la magnitud del peso de los gigantes tecnológicos. Según sus cálculos, “las Siete Magníficas contribuyeron con más del 20% de las ganancias bursátiles globales en 2025 y con más del 40% de los retornos del S&P 500”. Esa cifra volvió a alimentar el debate sobre concentración del índice y la posibilidad de una sobreextensión de valuaciones, al punto de discutir de si se está dando una burbuja en el mercado.

“Los cambios de política de la nueva administración, combinados con el entusiasmo por la IA y un continuo auge del mercado de valores, han tenido impactos significativos”, agregaron los analistas de JPMorgan.
La Fed y el rumbo de 2026
Mientras el mercado absorbía el impacto de los aranceles y el debate sobre la inteligencia artificial, la política monetaria de la Reserva Federal osciló entre la cautela y la reactividad. En su primera reunión tras el retorno de Trump, el Comité Federal de Mercado Abierto mantuvo la tasa de referencia en el rango de 5,25% a 5,50%, pero el deterioro de las condiciones financieras hacia abril forzó un cambio de postura.
Entre junio y noviembre, la Fed aplicó tres recortes consecutivos de 25 puntos básicos, llevando la tasa a 4,75% en un intento por contener el enfriamiento de la actividad y estabilizar los mercados tras los shocks externos. El tono del presidente Jerome Powell fue interpretado como de “flexibilidad condicionada”, dejando abierta la puerta a nuevas medidas si se consolidaban señales de desaceleración en medio de ataques de Trump a la independencia del banco central.
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En paralelo, los mercados enfrentaron un año de alta tensión geopolítica. Los ataques coordinados contra infraestructura energética en Irán en julio, los pocos avances en Ucrania, seguidos de la escalada bélica en Medio Oriente, generaron episodios de aversión al riesgo que se reflejaron en repuntes temporales del petróleo, fortalecimiento del dólar y retrocesos en los activos de riesgo.
La volatilidad, sin embargo, fue contenida por la percepción de que los conflictos no afectarían directamente las principales rutas comerciales ni la estabilidad energética global. El giro de Washington hacia Venezuela, con la captura de Nicolás Maduro, no han tenido aún un efecto sistémico.

En balance histórico, el primer año de la segunda presidencia de Trump se ubicó en un punto intermedio entre ciclos dominados por crisis estructurales y aquellos impulsados por estímulos excepcionales. No hubo colapso sistémico ni punto de inflexión comparable al de 2009, pero tampoco un entorno de expansión limpia y sostenida.
El desempeño del mercado respondió a una combinación inestable de política comercial, ajustes monetarios y una narrativa tecnológica que siguió sosteniendo retornos, aunque con mayor dispersión y sensibilidad a shocks. En ese marco, la lectura hacia adelante permanece abierta en un momento en el que, según Blackrock, “la narrativa se está reconfigurando en torno a un tercer orden mundial” mientras Trump redefine las relaciones de EE.UU. con el mundo.












