Venezuela necesita a María Corina Machado en casa

PUBLICIDAD
,
Por Juan Pablo Spinetto

Las noticias económicas en Venezuela se están moviendo a una velocidad vertiginosa.

El Fondo Monetario Internacional (FMI) reanudará su relación formal con el país tras más de veinte años sin mantener consultas. Entre tanto, el Gobierno de la presidenta interina Delcy Rodríguez ha alcanzado acuerdos iniciales con Chevron Corp. (CVX) y la española Repsol SA para ampliar las operaciones petroleras, al tiempo que impulsa una nueva legislación minera con el fin de atraer inversión extranjera.

PUBLICIDAD

Por su parte, la Casa Blanca ha relajado las sanciones económicas impuestas por Estados Unidos, permitiendo a las instituciones financieras realizar transacciones con el Banco Central de Venezuela, y ha designado a un nuevo alto diplomático a medida que mejoran las relaciones bilaterales. Todo ello en el transcurso de una sola semana.

Esta serie de acciones es una señal alentadora para la estrategia de Washington de destituir a Nicolás Maduro a inicios de año.

Según el plan de tres fases esbozado por el secretario de Estado Marco Rubio en enero, estabilización, recuperación y transición, el país ahora parece estar firmemente en la segunda etapa. Caracas se está transformando en un imán para las delegaciones empresariales que buscan oportunidades de negocio, y es factible que la privatización de activos clave sea el siguiente paso.

PUBLICIDAD

El alza de los precios del petróleo impulsada por la guerra en Medio Oriente está generando un impulso significativo justo cuando la producción de crudo empieza a recuperarse, aunque persistan las limitaciones estructurales. Los bonos venezolanos se han recuperado ante las expectativas de una normalización financiera.

Sin embargo, el hecho de que la administración Trump se centre en obtener ventajas comerciales, en lugar de lograr concesiones políticas relevantes mientras todavía tiene influencia, conlleva el riesgo de convertirse en un grave error de estrategia.

La tercera fase de esta partida de ajedrez, la transición política, se aproxima de forma inevitable y hay que enfrentarse a ella. Debido a las señales ambiguas del régimen y a que Washington no está haciendo lo necesario para impulsar una salida democrática, el éxito está aún lejos de estar asegurado.

A cada promesa de dejar de tratar a la oposición como un enemigo, el régimen ha dado pasos contrarios cuestionables, como el regreso del infame general Vladimir Padrino al gabinete de Rodríguez.

PUBLICIDAD

La alianza del chavismo con el ejército y el aparato represivo se mantiene intacta; según Foro Penal, Venezuela todavía tiene más de 470 presos políticos, lo que evidencia que ni siquiera la presión sostenida de EE.UU. ha logrado frenar por completo los instintos autoritarios del gobierno.

Esa es la razón por la que el regreso de la líder de la oposición María Corina Machado a Venezuela no debería prolongarse mucho más. La ganadora del Premio Nobel de la Paz ha estado fuera del país desde diciembre, y este fin de semana declaró a Reuters que prevé regresar a casa antes de que termine el 2026.

Este plazo tan impreciso parece más un gesto diplomático sutil hacia Trump, quien parece satisfecho con la diligencia con la que Rodríguez ha atendido los intereses de Estados Unidos, que un plan concreto; además, le preocupa que el regreso de Machado pudiera alterar este frágil acuerdo de reparto de poder.

Aun así, Machado no puede permitirse esperar. Si su intención es movilizar a los venezolanos y presionar al gobierno para que convoque elecciones libres, justas y en las que se respeten los resultados, debe retornar a su país lo antes posible, aun a riesgo de inquietar a Washington.

Su gira por Europa, que culminó con una multitudinaria manifestación en Madrid este sábado, y su negativa a reunirse con el primer ministro español de izquierdas, Pedro Sánchez, en quien gran parte de la diáspora venezolana desconfía profundamente, sugieren que ya se encuentra en modo de campaña.

Mientras que los funcionarios estadounidenses han pedido paciencia y se centran en la fase de recuperación, Rodríguez está consolidando su poder internamente e ignorando cualquier restauración institucional significativa.

Precisamente por eso Machado debe regresar: para exponer la escasa tolerancia de su rival hacia la disidencia, liderar un camino creíble hacia la reforma y construir las alianzas políticas que necesita para ampliar su coalición y emerger como una alternativa viable de gobierno al chavismo.

“Cada día que María Corina no está en Venezuela es un día que gana el régimen”, me dijo Tom Shannon, diplomático de carrera de EE.UU. con más de 40 años de experiencia, incluyendo en Caracas. “Es la única política con alcance nacional y tenerla fuera del país es un crimen”.

Shannon argumenta que el redespliegue de recursos militares estadounidenses en Medio Oriente ha eliminado una amenaza creíble que pendía sobre el régimen, lo que le da un incentivo para ofrecer a Washington lo justo para mantener satisfecho a Trump, al tiempo que refuerza el control interno y purga el círculo íntimo de Maduro.

El cambio de imagen proamericanista del chavismo en 2026, tras la destitución de Maduro, difícilmente representa una conversión repentina al capitalismo o una adhesión tardía al imperialismo.

Se trata de una pausa táctica, una forma cínica de ganar tiempo con la esperanza de que los cambios políticos en Washington le permitan, una vez más, perdurar sin renunciar al poder. Ese siempre ha sido el objetivo final del movimiento, ahora liderado por Delcy y su hermano Jorge, y una de las razones principales por las que Venezuela llegó a este punto catastrófico.

Si Trump cree que el éxito económico por sí solo resolverá la disputa política del país, debería reconsiderarlo. A menos que EE.UU. emprenda la tercera fase con convicción y firmeza, cualquier recuperación seguirá siendo limitada.

Lo que se necesita para una transición genuina es una presión constante sobre el gobierno venezolano para que se adhiera a una hoja de ruta electoral creíble, que incluya una autoridad electoral independiente, el levantamiento de todas las prohibiciones a candidatos y partidos, y la autorización del voto de la diáspora.

Ya debería quedar muy claro que la única solución duradera tras años de deterioro pasa por unas elecciones legítimas, en las que el chavismo también tenga libertad para presentar a su propio candidato, incluida la propia Rodríguez, si así lo decide, tras un proceso genuino de recuperación institucional que tomará tiempo.

No se deben precipitar las elecciones; en este momento no pueden realizarse en el plazo establecido por la Constitución de Venezuela, pero tampoco pueden aplazarse indefinidamente.

Asimismo, la estrecha supervisión de Washington y otros actores internacionales será esencial a fin de garantizar que la parte perdedora conserve su influencia en lugar de quedar políticamente destruida, como ocurrió en anteriores votaciones.

El embajador Shannon cita como modelo la transición de Sudáfrica del régimen del apartheid a Nelson Mandela en 1994. Esto requerirá que el Gobierno estadounidense se centre en construir la arquitectura política que permita celebrar esas elecciones mediante la diplomacia y la participación de los votantes. “Los venezolanos de a pie no tuvieron voz alguna en este proceso”, recuerda.

Puede que algunos miembros de la comunidad empresarial consideren el regreso de Machado como algo inoportuno. Cuando las perspectivas económicas parecen estar mejorando, ¿por qué arriesgar la estabilidad por lo que podría parecer una búsqueda descabellada de la democracia?

La respuesta es sencilla: más allá de cualquier beneficio a corto plazo, un país sin instituciones que funcionen, sin Estado de derecho y sin una gobernanza eficaz no llegará muy lejos. Venezuela necesita la democracia para progresar económicamente; intentar lo contrario es simplemente inviable.

Esta nota no refleja necesariamente la opinión del consejo editorial de Bloomberg LP y sus propietarios.

Lea más en Bloomberg.com

PUBLICIDAD