Bloomberg Línea — La carrera presidencial brasileña de 2026 ya muestra señales de que seguirá el mismo guion que en 2022: una contienda centrada en dos candidatos, marcada por un alto índice de rechazo y decidida por un margen estrecho en la segunda vuelta.
Esa es la interpretación de Rafael Cortez, politólogo, socio de Tendências Consultoria y profesor de IDP, en una entrevista para el podcast Radar Eleitoral, de Bloomberg Línea.
Para Cortez, el diagnóstico no depende tanto de quién lidere las encuestas en una semana determinada, sino de un conjunto de factores estructurales que se repiten desde la última elección.
“Es muy difícil evitar la conclusión de que esta elección será similar a la de 2022: una segunda vuelta con una ventaja ajustada, en la que cada voto contará”, afirma.
Entre los factores estructurales se encuentran el bajo grado de volatilidad del electorado propenso a cambiar de candidato y la persistencia de los temas que movilizan la campaña electoral.
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Cortez señala el alto nivel de rechazo hacia los dos principales candidatos y la distancia entre los polos como elementos que sustentan esta consolidación. Según él, Lula y Flávio Bolsonaro ya cuentan con un nivel de reconocimiento consolidado entre el electorado, lo que reduce el margen para que los votos migren de un lado al otro.
Para él, este análisis es lo que permite filtrar el ruido de las encuestas: cuando los resultados apuntan a una consolidación, el panorama electoral tiende a mantenerse estable incluso ante episodios puntuales de la campaña.
“Estas fuerzas están muy distantes entre sí. Para un votante que se identifica con Lula, cambiar de opinión a lo largo de la campaña y pasarse a Flávio es muy difícil. Y lo mismo ocurre al revés”, afirma.
El punto de partida de este razonamiento es la evaluación del gobierno, que hoy se divide casi por la mitad entre aprobación y desaprobación, un nivel similar al observado en la elección anterior.
Según él, este tipo de análisis estructural ya permitía predecir, hace meses, que la contienda llegaría reñida a la segunda vuelta, incluso antes de que se designara a Flávio Bolsonaro como sucesor de Jair Bolsonaro.
Cortez recuerda que, cuando el expresidente eligió a su hijo como candidato, el efecto fue simplemente devolver la contienda al nivel que ya existía en las simulaciones entre Lula y el propio Bolsonaro. “A partir de la designación, solo se estaba volviendo a la normalidad, y la normalidad era un reñido enfrentamiento entre Lula y Bolsonaro”, dice.
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La agenda negativa marca el inicio de la campaña
Las primeras semanas de campaña, según el politólogo, han estado marcadas por una postura reactiva de los dos principales candidatos, más preocupados por responder a episodios puntuales que por presentar propuestas.
Él cita el caso Master y la investigación de la Policía Federal que involucra al hijo del presidente Lula como ejemplos de temas de la llamada agenda negativa que han acaparado la atención de la prensa.
Por parte de Flávio Bolsonaro, la tendencia es similar. Cortez describe un ciclo de idas y venidas en la estrategia de campaña. El intento inicial de moderación, resumido en el discurso “yo soy mi papá vacunado”, se abandonó tras la repercusión de las grabaciones en las que aparecían el candidato y el empresario Daniel Vorcaro.
La respuesta, según él, fue un regreso a la base bolsonarista más fiel, visible en materiales de campaña como un video producido con inteligencia artificial y en imágenes del candidato usando un chaleco a prueba de balas.
A pesar de la agenda negativa, Cortez considera que Lula y Flávio mantienen una ventaja consolidada sobre los demás candidatos, respaldada por un electorado más fiel y por un índice de reconocimiento que sus rivales aún no han alcanzado. “Es natural, porque estamos hablando de dos nombres que ya tienen un índice de reconocimiento muy alto. No solo el reconocimiento de saber quiénes son, sino en el imaginario político”, dice.
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La seguridad pública en el centro del debate
Uno de los puntos que aborda Cortez en la entrevista es la importancia sin precedentes que ha adquirido el tema de la seguridad pública en esta campaña. Según él, este tema ha ocupado el espacio que, históricamente, dominaban las cuestiones relacionadas con la corrupción en elecciones anteriores.
El politólogo relaciona este cambio con tres factores que han convergido en las últimas semanas: la tramitación de la Enmienda Constitucional sobre Seguridad Pública, el cambio impulsado por Estados Unidos en la clasificación de las organizaciones criminales brasileñas como grupos terroristas y la popularización de las referencias al modelo de seguridad adoptado en El Salvador. “Esto abrió la puerta para que este tema volviera a cobrar importancia”, afirma, refiriéndose al efecto de la medida estadounidense.
Por parte del gobierno, la estrategia pasa por la creación del Ministerio de Seguridad Pública. Por parte de la oposición, Flávio Bolsonaro lanzó el programa “Brasil Sem Medo” incluso antes de formalizar su candidatura.
Según Cortez, el tema debería combinarse, a lo largo de la campaña, con otros dos temas que él considera particularidades de las elecciones de 2026: la relación de Brasil con el gobierno estadounidense y la disputa en torno a los aranceles. “Los aranceles, la corrupción y la seguridad pública serán el motor de esta contienda”, resume.
La agenda del gobierno busca frenar el desgaste
Cortez también analiza el paquete de medidas que se está tramitando en el Congreso — que incluye, además de la Enmienda Constitucional sobre Seguridad Pública, la propuesta de revocar el impuesto sobre las compras internacionales y la llamada “escala 6 por 1” (modelo de jornada laboral en el que el empleado trabaja seis días seguidos y descansa el séptimo día).
Para él, el conjunto de temas funciona como una herramienta de control de la agenda por parte del gobierno. “Lo mejor de ser el gobierno durante una campaña es que, al tener el poder de la pluma, influye de manera más eficiente en qué temas de la campaña se van a discutir”, dice.
El efecto práctico, según el politólogo, es desviar el debate público lejos de la investigación que involucra al hijo del presidente Lula, al mismo tiempo que el gobierno intenta recuperar el aliento en una valoración que mejoró a lo largo del semestre, pero que más recientemente se ha estancado.
Cortez atribuye a esto un panorama de “ligero favoritismo” del gobierno para las elecciones de 2026, incluso ante el desgaste acumulado durante el primer semestre del año.
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Falta de unidad en el campo antipetista
En opinión de Cortez, una eventual victoria de Lula en 2026 dependería menos de los méritos del propio gobierno y más de la dificultad de la oposición para organizarse. “Si Lula gana, será menos por mérito del gobierno de Lula y más por el problema de la oposición”, afirma.
El análisis del politólogo es que el campo contra el Partido dos Trabalhadores (antipetista) es plural y no siempre coincide con el bolsonarismo, lo que genera disputas internas en diferentes estados. Menciona el caso de Santa Catarina, donde la candidatura de Carlos Bolsonaro al Senado dejó fuera al senador Esperidião Amin, quien es antipetista pero no forma parte del campo bolsonarista, lo que creó una competencia directa entre figuras que, en teoría, deberían estar del mismo lado.
Para Cortez, esta fragmentación ayuda a explicar por qué el rechazo al gobierno no se convierte automáticamente en un voto para la oposición, ya que parte del electorado que desaprueba al gobierno duda en apoyar a Flávio Bolsonaro.
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Encuestas, agregadores y abstención
Al ser preguntado sobre cómo deben interpretar los inversionistas las encuestas electorales, Cortez recomienda cautela ante las oscilaciones puntuales entre una encuesta y otra, y aboga por el uso de agregadores ante el aumento en el número de institutos en actividad.
Según él, gran parte de las variaciones recientes refleja diferencias metodológicas entre los institutos, y no cambios reales en el comportamiento del electorado.
Como variable adicional para la segunda vuelta, Cortez destaca la tasa de participación electoral, especialmente en los estados donde la contienda por la gobernación ya se haya definido en la primera vuelta — un escenario que, según él, tiende a aumentar la abstención entre los votantes poco comprometidos con la contienda presidencial.
Para el politólogo, esta dinámica perjudica más a la candidatura de Flávio Bolsonaro que a la de Lula, ya que la oposición depende de movilizar a los votantes que desaprueban al gobierno, pero que no necesariamente tienen la intención de votar.
Históricamente, afirma, la abstención tiende a perjudicar más al PT, ya que es mayor entre los votantes de ingresos más bajos. Sin embargo, en el escenario de segunda vuelta esbozado por Cortez, el reto de la movilización recae sobre el adversario del gobierno. “Flávio tiene que convencer al votante al que no le gusta Lula de que vote por él. Es un votante diferente. Por eso, Flávio tiene un problema mayor con la abstención”, dice.













