Diez presidentes, un banquero central: cómo ha logrado Velarde consolidar su influencia en Perú

Desde que Julio Velarde asumió la presidencia del banco central en 2006, diez presidentes han pasado por Perú. Su influencia se ha extendido mucho más allá del ámbito técnico de la política monetaria.

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El Jefe del Banco Central de Perú, Julio Velarde.
Por Carla Samon Ros

Bloomberg — En uno de los países políticamente más turbulentos del mundo, un banquero central se ha mantenido como un ancla de estabilidad económica gobierno tras gobierno, sin que ninguno estuviera dispuesto a arriesgar su salida.

Desde que Julio Velarde asumió la presidencia del banco central en 2006, diez presidentes han pasado por Perú. Su influencia se ha extendido mucho más allá del ámbito técnico de la política monetaria. Este economista de 74 años recibe ovaciones de estudiantes universitarios, empresarios y personalidades de las redes sociales, e incluso es imitado por comediantes.

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Incluso ahora, con Keiko Fujimori, favorable al mercado, en el cargo y con la jubilación de Velarde con muchas menos probabilidades de provocar el pánico inversor que siguió a la elección de Pedro Castillo en 2021, se le pidió que permaneciera. Aceptó y este miércoles fue confirmado por el Senado.

Tras ganar la presidencia en su cuarto intento por un margen mínimo, Fujimori actuó con rapidez para enviar una señal de continuidad y confianza. Una de sus primeras reuniones como presidenta electa fue con Velarde, a quien pidió que permaneciera en el cargo durante otro mandato de cinco años. Reemplazarlo habría generado una incertidumbre innecesaria.

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Mientras tanto, su permanencia amplía la influencia de Velarde y lo posiciona para ayudar a definir su eventual sucesión en lo que probablemente sea su último mandato.

“Si hubiera habido más estabilidad, su permanencia en el cargo durante tanto tiempo no habría sido tan necesaria”, afirmó la economista Liliana Rojas-Suárez, directora de la Iniciativa Latinoamericana del Centro para el Desarrollo Global. “Existe este temor entre los políticos a perder el ancla”.

Velarde, que nunca se ha casado ni tiene hijos, ha convertido al banco central en prácticamente la misión de su vida.

Bajo su liderazgo, Perú ha mantenido la inflación bajo control con una de las tasas de interés de referencia más bajas entre las economías de mercados emergentes. El sol se cotiza frente al dólar aproximadamente al mismo nivel que hace un cuarto de siglo, mientras que las reservas internacionales han crecido hasta alcanzar casi el 30% del producto interior bruto.

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Según Rojas-Suárez, lo que distingue a Velarde es su negativa a seguir un modelo único para todos. En lugar de basarse principalmente en las tasas de interés, como hacen muchos otros bancos centrales, adaptó la política monetaria al desafío particular de Perú como economía semidolarizada.

Esto implicó permitir la libre flotación del sol mientras se acumulaban grandes reservas internacionales y se intervenía en los mercados cambiarios cuando era necesario. Dichas reservas se convirtieron en un colchón financiero durante crisis, como la crisis financiera mundial de 2008 y la pandemia. Cuando surgieron presiones inflacionarias tras esta última, Perú fue uno de los primeros países en responder, elevando las tasas de interés incluso antes que la Reserva Federal.

“Si hay algo que une a los peruanos, es el miedo a la inflación”, dijo Rojas-Suárez, recordando la hiperinflación que sufrió el país a finales de los años 80 y principios de los 90. “Julio se ha convertido en el representante de esto”.

ADN político

Tras dejar el cargo en 1990 con una inflación que alcanzó el 3000%, Alan García regresó a la presidencia en 2006 con la necesidad de reconstruir su credibilidad económica. Recurrió a Velarde, nombrándolo por primera vez para dirigir el banco central.

“Para entonces, Velarde ya gozaba de prestigio”, afirmó el entonces primer ministro de García, Jorge del Castillo, quien añadió que el nombramiento también suponía un gesto político de inclusión.

A principios de ese año, Velarde había liderado la plataforma económica del Partido Popular Cristiano, de tendencia conservadora, cuya candidata presidencial, Lourdes Flores Nano, quedó en tercer lugar con un importante respaldo del sector empresarial. Formado en Alemania y en Estados Unidos, Velarde había estado vinculado al partido desde su juventud en la década de los 80, según afirmó Flores Nano.

“Siempre fue la voz más destacada en macroeconomía”, dijo. “Excepcionalmente técnico, excepcionalmente brillante”.

Julio Valverde se ha mantenido como pilar de la estabilidad económica a lo largo de todos ellos.

En la década de los noventa, Velarde asesoró al primer ministro de Economía del expresidente Alberto Fujimori, padre de Keiko, cuyas reformas orientadas al mercado contribuyeron a sacar a la economía peruana del colapso y a abrir el país a los mercados internacionales. Durante esa misma década, Velarde impartió clases en una universidad local y formó parte del consejo de administración del banco central. Volvió a formar parte de dicho consejo a principios de la década de 2000.

Quienes lo conocen lo describen como un hombre que se siente igual de cómodo hablando de ópera y literatura que de política monetaria.

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La trayectoria de Velarde le ha dotado de una combinación poco habitual de conocimientos técnicos e instinto político. De carácter mesurado, ha evitado en gran medida las polémicas. Una de las pocas excepciones se produjo en 2008, cuando fue objeto de críticas tras sugerir que los residentes de los barrios más pobres de Lima cultivaran hortalizas en sus azoteas para ayudar a contrarrestar el aumento de los precios de los alimentos.

Sus explicaciones técnicas pueden resultar difíciles de seguir para quienes no son economistas, sobre todo porque tiende a unir palabras y a dejar las frases sin terminar. Sin embargo, su actitud serena y su credibilidad suelen compensarlo.

“El nivel de confianza que se ha ganado este hombre es tan alto que, aunque no entiendas lo que dice, das por sentado que tiene razón”, dijo Del Castillo.

--Con la colaboración de Marcelo Rochabrún y Robert Jameson.

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