El ser humano promedio no puede sobrevivir más de 72 horas sin agua. En Puerto Rico, cientos de miles de ciudadanos estadounidenses se ven obligados a pasar hasta 48 horas sin agua corriente (running water) en sus hogares durante un verano caluroso y seco, mientras que tienen que soportar un suministro eléctrico inestable.
Si algo así ocurriera en una población continental de tamaño similar —por ejemplo, en Richmond, Virginia, o Cape Coral, Florida— sería una catástrofe política. Pero como sucede en Puerto Rico, apenas recibe atención en las noticias.
Pero todos deberíamos prestar atención, porque Puerto Rico es una muestra de lo frágil que puede volverse la civilización cuando se combinan el cambio climático y una gestión deficiente. Lo que hoy parece una molestia puede convertirse en una tragedia en cuestión de horas, y Puerto Rico no será el último ni siquiera el peor ejemplo.
Se ha pedido a los residentes de 180.000 hogares de San Juan, la capital de la isla, y de otras seis ciudades que prescindan del agua corriente durante 48 horas de forma rotativa para hacer frente a una grave escasez.
Los hoteles, restaurantes y otros negocios están perdiendo US$20 millones al día mientras continúa el racionamiento, según la Asociación de Minoristas Unidos.
San Juan acaba de registrar el mes de julio más seco de su historia, y el 68% de la isla sufre una sequía al menos moderada, de acuerdo con el Observatorio de Sequías de EE.UU. San Juan y ciertas ciudades de los alrededores se encuentran en situación de sequía grave.
No obstante, la naturaleza no es la única responsable de este tipo de racionamiento extremo, que también tuvo lugar en 2015 y 2020 con una magnitud todavía mayor, afectando en ambas ocasiones a 400.000 usuarios. La incompetencia del ser humano desempeña un papel clave.
Alrededor del 59% del agua de Puerto Rico se pierde en el trayecto desde la autoridad responsable del agua hasta los usuarios finales, de acuerdo con una evaluación realizada en 2019 por la Sociedad Americana de Ingenieros Civiles (ASCE, por sus siglas en inglés), principalmente por fugas en las instalaciones.
La media mundial de este tipo de pérdidas se sitúa entre el 30% y el 35%, según señala Tech Times. La ASCE otorgó a la isla una calificación de D-menos por su infraestructura de agua potable, lo que implica que está “en su mayor parte por debajo del nivel exigido… con un alto riesgo de fallo”.
De acuerdo con un estudio de 2024, la sedimentación ha reducido en un 45% la capacidad del embalse Carraizo, la principal fuente de agua de San Juan.
Durante meses, antes del último racionamiento, los usuarios de agua en San Juan sufrieron un suministro irregular debido a fallas en las bombasy a la rotura de una tubería. El Senado de Puerto Rico está investigando una crisis que se ha gestado durante décadas y que no muestra señales de mejorar pronto.
La espera podría ser muy larga, a juzgar por la red eléctrica de Puerto Rico.
La isla aún no se ha recuperado por completo de la devastación causada por el huracán María en 2017, que provocó un apagón de 11 meses, el más largo en la historia de EE.UU. La mayoría de los estadounidenses que no son puertorriqueños probablemente desconocían este hecho hasta que Bad Bunny lo mencionó en el espectáculo de medio tiempo del Super Bowl.
La ASCE ha calificado de forma negativa el suministro eléctrico de la isla, y con razón.
El puertorriqueño promedio sufre 27 horas al año sin electricidad, en comparación con las dos horas que sufre el habitante promedio del continente, según la Administración de Información Energética.
Eso sin contar los efectos de los desastres naturales; en 2022, el huracán Fiona obligó a los boricuas a pasar 199 horas sin electricidad, de media. Los cortes de electricidad son uno de los factores por los que un simple huracán puede convertirse en un desastre compuesto que multiplica los daños.
Este fracaso es, en cierto modo, una vergüenza para las administraciones de los presidentes Donald Trump y Joe Biden por permitir que millones de ciudadanos estadounidenses vivieran en condiciones tan precarias.
En lo que respecta a la electricidad, los puertorriqueños hoy en día tienen más en común con los cubanos que con los ciudadanos de Virginia o Florida, y eso que Trump intenta mantener a Cuba a raya. Lanzar toallas de papel parece, en retrospectiva, un acto de bondad.
No obstante, se necesita la colaboración de todos. El gobierno de EE.UU. ha invertido al menos US$14.000 millones en el problema de la red eléctrica de la isla durante la última década, pero solo el 25% de ese monto se ha utilizado, según un informe reciente de la Oficina de Responsabilidad Gubernamental.
La culpa la tienen diversos factores, desde la precaria situación financiera de la autoridad eléctrica de Puerto Rico hasta los largos procesos de obtención de permisos y la excesiva burocracia.
Conforme el clima siga calentándose, principalmente como consecuencia de la quema de combustibles fósiles, las sequías serán cada vez más frecuentes e intensas, y los huracanes resultarán más destructivos.
Todavía es posible limitar las muertes, las pérdidas económicas y el sufrimiento humano en general que estos fenómenos provocan mejorando las infraestructuras hidráulicas; reforzando las viviendas, los negocios y las redes eléctricas para protegerlos de los daños; e incrementando la resiliencia de las comunidades.
Puede que Puerto Rico sea un ejemplo extremo de cómo no hay que adaptarse, pero no es, ni mucho menos, el único caso, sobre todo ahora que la administración Trump frustra esos esfuerzos en todo Estados Unidos, incluida la cancelación de proyectos de energía solar en la isla por valor de cientos de millones de dólares.
Antes de que nos demos cuenta, el Puerto Rico de hoy será el Richmond o el Cape Coral de mañana.
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