Una mala revisión del T-MEC le costará más a México que no alcanzar ningún acuerdo

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Canadian, American and Mexican flags stand on stage ahead of a North American Free Trade Agreement (NAFTA) renegotiation in Washington, D.C., U.S. Photographer: Andrew Harrer/Bloomberg
Por Juan Pablo Spinetto

El Mundial de Fútbol arranca dentro de cinco semanas; sin embargo, los líderes empresariales de América del Norte se están preparando para una fecha mucho más trascendental: la revisión del acuerdo de libre comercio T-MEC (Tratado entre México, EE.UU. y Canadá), prevista para el 1 de julio.

El representante comercial de EE.UU., Jamieson Greer, ya ha advertido de que probablemente las negociaciones se prolongarán más allá del plazo fijado para julio, cuando todavía no han iniciado las conversaciones formales. Esto plantea la posibilidad de revisiones anuales en lugar de la prórroga sin condiciones de 16 años que México y Canadá hubieran deseado, hasta que los tres gobiernos lleguen a un acuerdo sobre una renovación, o hasta que el pacto expire en 2036 según su cláusula de extinción.

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En el caso de México, mucho está en juego.

Dado el crecimiento estancado, la caída de la inversión y el retroceso en la popularidad del Gobierno, un T-MEC renovado despejaría de inmediato la gran incertidumbre que pesa sobre la segunda economía más grande de Latinoamérica.

Asimismo, proporcionaría a la presidenta Claudia Sheinbaum una muy necesaria victoria, al desbloquear miles de millones en inversiones previstas y demostrar que es capaz de llegar a acuerdos con Trump.

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Por lo tanto, México debería resistir la tentación de sacrificar un buen acuerdo a cambio de uno rápido.

La administración de Sheinbaum debería enfocarse en maximizar los beneficios a largo plazo, aun a costa de que se produzcan roces a corto plazo con Washington o de tener que afrontar un ciclo de tediosas revisiones anualmente.

Los estrategas de México creen cada vez más que la era del libre comercio representada por el T-MEC, sucesor del TLCAN, promulgado en 2020, podría ser la última de su clase.

El secretario de Economía, Marcelo Ebrard,expresó esta opinión recientemente: “No debemos aferrarnos a la nostalgia de una época sin aranceles; ahora avanzamos hacia un sistema donde existen aranceles, no sobre todos los productos, pero están presentes”.

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El mensaje es doble: el éxito se juzgará en función de lo que otros proveedores estadounidenses puedan obtener ahora con Washington, no en comparación con un ideal de libre comercio ya desaparecido. Y algunos aranceles sobre las exportaciones mexicanas podrían ser inevitables dada la obsesión de Trump con el tema, lo que obliga a las empresas a aceptarlos.

Ebrard necesita adoptar una perspectiva más amplia: al imponer aranceles a los socios comerciales más cercanos de EE.UU. con pretextos dudosos, Trump está violando cínicamente el mismo pacto que hace seis años calificó como “el mejor acuerdo que jamás hayamos firmado“.

No solo está socavando su propio acuerdo, sino que también está erosionando la confianza necesaria para garantizar que lo acordado hoy se mantenga mañana.

México ha hecho varias concesiones en los últimos meses para congraciarse con la Casa Blanca, incluyendo la imposición de aranceles de hasta el 50% a los productos chinos y la profundización de la cooperación bilateral en materia de seguridad y migración. Sin embargo, Trump ha mostrado poca reciprocidad hacia el mayor comprador de exportaciones estadounidenses.

EE.UU.

Esa es la razón por la que, antes de hacer ningún anuncio, México debería obtener garantías explícitas de que se levantarán o se reducirán drásticamente los aranceles de Trump sobre el acero, el aluminio y los automóviles que cumplen con el T-MEC.

Si no es así, tal vez convenga más a los responsables políticos aguardar un cambio de rumbo en Washington, quizá tras las elecciones de mitad de mandato de noviembre o cuando la ausencia de un acuerdo empieza a pesar más de forma evidente sobre la producción industrial de EE.UU., la confianza de los inversionistas y la inflación.

Kenneth Smith Ramos, el negociador técnico jefe de México cuando se firmó originalmente el T-MEC, argumenta que el país debe centrarse en obtener concesiones concretas de la Casa Blanca, incluyendo garantías de que EE.UU. excluirá todos los productos originarios del T-MEC de la infame Sección 232 de la Ley de Expansión Comercial de 1962, una vía indirecta para imponer aranceles justificada por argumentos de seguridad falsos.

“No debemos precipitarnos y cerrar un mal acuerdo”, me dijo. “Lo ideal sería alcanzar el mejor acuerdo para México, sin importar el tiempo que lleve lograrlo”.

Más allá de su carácter de libre comercio, el T-MEC se diseñó para consolidar a América del Norte como un sistema de producción regional capaz de afrontar los desafíos geopolíticos de una China en ascenso.

Si EE.UU. se toma en serio su reindustrialización y la obtención de materiales estratégicos, necesita reubicar sus cadenas de suministro en la región y aprovechar las fortalezas complementarias de México, incluida su mano de obra joven.

El gran reequilibrio observado desde 2020, con México emergiendo como el principal socio comercial de Estados Unidos, en parte a expensas de los productos chinos, demuestra que el modelo funciona.

Si, en última instancia, la revisión del T-MEC depende del estado de ánimo de Trump o de las concesiones obtenidas en áreas similares, entonces la paciencia y alguna represalia táctica podrían ser la opción más estratégica.

Los inversionistas ya parecen estar contemplando la posibilidad de revisiones anuales, y el propio presidente estadounidense muestra poca inclinación a abandonar el pacto por completo, lo que sería la opción más drástica.

México no necesita imitar el enfoque más beligerante de Canadá. Sin embargo, sus indiscutibles ventajas geográficas y demográficas, junto con el respaldo de corporaciones estadounidenses y miembros del Congreso de Estados Unidos, le otorgan cierta influencia.

A estas alturas, Sheinbaum y su administración no deberían necesitar que les recuerden que los intentos por congraciarse con Trump pueden resultar contraproducentes.

Esta nota no refleja necesariamente la opinión del consejo editorial de Bloomberg LP y sus propietarios.

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