Bloomberg — La creciente intervención de Estados Unidos en América Latina, evidenciada en el salvataje financiero al Gobierno de Javier Milei, la intervención de Donald Trump en las elecciones de Honduras y la remoción de Nicolás Maduro en Venezuela reabrió el debate sobre el alcance real de la influencia de Washington en la región.
En Perú, donde las elecciones generales se celebrarán el 12 de abril, la pregunta no es sólo política: ¿puede EE.UU. influir en el voto cuando el principal vínculo externo del país es económico y apunta cada vez más a China?
Especialistas consultados por Bloomberg Línea señalaron que el regreso de EE.UU. a una estrategia más activa en la región responde menos a dinámicas internas latinoamericanas y más a la competencia geopolítica con China. En la última década, Pekín consolidó una nutrida presencia comercial, financiera y de infraestructura en Sudamérica.
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En los últimos años, esa influencia en Perú se consolidó a través de participaciones en megaproyectos como el puerto de Chancay, operado por la estatal COSCO Shipping. Con una inversión de US$3.500 millones, fue inaugurado en noviembre de 2024 y ofrece una conexión directa a Shanghái en 23 días.
En el sector eléctrico, China Southern Power Grid completó en 2023 la compra de Enel Perú por US$2.900 millones lo que, junto a la adquisición previa de Luz del Sur, otorga a empresas chinas el control total de la distribución eléctrica en Lima. En minería de cobre, Las Bambas sigue como la joya de la corona con una inversión de US$7.000 millones.
¿Influencia electoral de EE.UU. en Perú?
Juan Velit, excongresista peruano e internacionalista, considera probable que la política exterior de EE.UU. tenga algún grado de incidencia en el clima electoral, especialmente a través de mensajes explícitos o respaldos políticos, fieles al estilo poco sutil de Donald Trump. No obstante, duda de que esa influencia sea determinante en el resultado.
“El impacto podría sentirse en élites económicas y sectores urbanos de mayores ingresos, pero difícilmente en el electorado mayoritario”, afirma. En un país marcado por la fragmentación social y la volatilidad electoral, cualquier intento de presión externa enfrenta límites claros.
Perú celebrará elecciones generales el 12 de abril con una fragmentación sin precedentes: 35 fórmulas presidenciales competirán en un contexto de apatía ciudadana, donde el voto blanco e indecisos representan más de la mitad del electorado. Por primera vez en más de tres décadas se elegirá un Congreso bicameral, y todo apunta a una segunda vuelta presidencial, que se celebraría en junio.
En la derecha, el exalcalde de Lima, Rafael López Aliaga, lidera las preferencias con un margen modesto, seguido de cerca por Keiko Fujimori, excongresista e hija del dictador Alberto Fujimori (1990-2000) y el comediante, presentador de televisión y guionista Carlos Álvarez, quien ha capitalizado el descontento con un discurso antisistema.
El centro y la izquierda llegan atomizados y sin capacidad de tracción electoral significativa. Sólo Alfonso López-Chau, ex director del Banco Central de Reserva del Perú (BCRP), economista y exrector de la Universidad Nacional de Ingeniería, tiene un modesto respaldo entre los candidatos progresistas, seguido de Vladimir Cerrón, exgobernador de Junín, y prófugo de la justicia, apenas figura en las mediciones.
El resto de los candidatos de ambos sectores —incluyendo figuras como el excongresista Yonhy Lescano, en la centroizquierda, y el abogado Ronald Atencio en la izquierda radical— quedan relegados a posiciones marginales, lo que confirmaría que la disputa política se concentrará en el espectro conservador.
Presión política versus impacto económico
Para Fabián Vallas, internacionalista y docente de la Universidad de Lima, Estados Unidos retomó una lógica de influencia hemisférica que combina presión política, respaldo selectivo a gobiernos afines y, en casos extremos, uso de la fuerza. Sin embargo, advierte que la injerencia no siempre se traduce en efectos económicos inmediatos, especialmente en países con estructuras productivas y socios comerciales diversificados como Perú.
Desde una mirada más económica, Jimmy Astocóndor, economista de Pacífico Business School, subraya que es clave diferenciar el ruido político del impacto real en mercados y flujos de capital. “Los mercados reaccionan a corto plazo, pero los cambios estructurales toman años”, señala. En su análisis, el peso del Gobierno de Donald Trump en la economía peruana es hoy menor que el de China, tanto en comercio como en inversión.

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China gana terreno en la economía peruana
China se convirtió en el principal socio comercial de Perú y concentra más del 40% de su intercambio exterior, frente a alrededor de 11% con Estados Unidos. A ello se suma el megapuerto de Chancay, una de las mayores inversiones chinas en la región, que promete reducir costos logísticos y posicionar al país como un hub clave en el Pacífico.
El economista Astocóndor estima que sólo este proyecto podría aportar entre 1% y 1,5% del PBI peruano, un impacto difícil de igualar por cualquier iniciativa estadounidense de corto plazo. “Si EE.UU. estornuda, al Perú le cae un pañuelo; si China estornuda, al Perú le da un resfrío”, dijo.
Perú intenta mantener una estrategia de equilibrio económico: cooperación en seguridad y defensa con Estados Unidos, mientras profundiza su relación comercial con China. Para Vallas, este “multialineamiento” exige una alta destreza diplomática, sobre todo en un contexto de creciente rivalidad entre las dos potencias.
En ese escenario, las elecciones de abril se desarrollarán bajo una mayor atención internacional, pero los especialistas coinciden en que la economía —más que la política exterior— seguirá siendo la principal ancla de las decisiones del país.
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Aunque la presión geopolítica de Estados Unidos volvió a primer plano en América Latina, el consenso entre los analistas es que su capacidad para influir en el voto peruano es limitada frente al peso de factores internos y a una economía cada vez más integrada a Asia. Los fundamentos económicos de Perú —comercio, inversión y crecimiento— seguirán respondiendo más a tendencias estructurales que a intervenciones externas coyunturales.













