Cómo hizo Uruguay para lograr la inflación más baja en 70 años: la explicación del BCU

En febrero, los precios al consumidor alcanzaron el valor más bajo en siete décadas y en marzo se profundizó la tendencia.

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La baja de la inflación en Uruguay hasta niveles inferiores al 3% —el registro más bajo desde mediados del siglo pasado— fue presentada por el Banco Central del Uruguay (BCU) como el resultado de un proceso de cambio en la forma de conducir la política monetaria, en el que la gestión de expectativas ocupó un rol determinante.

Durante una exposición en Washington, en el marco de las Reuniones de Primavera del Fondo Monetario Internacional, el presidente del BCU, Guillermo Tolosa, repasó ese recorrido y puso el foco en un problema que, según explicó, había condicionado durante años la dinámica de precios: la persistencia de expectativas de inflación por encima de la meta, aun sin desequilibrios macroeconómicos evidentes.

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Ese desalineamiento, describió, configuraba una “falla de coordinación” que obligaba a sostener tasas de interés elevadas por períodos prolongados, con efectos sobre el crédito, la actividad y la confianza en la moneda local. Frente a ese escenario, el organismo redefinió su enfoque.

La comunicación en el centro

Nos dimos cuenta de que la comunicación tenía que estar en el centro de la estrategia para cambiar ese equilibrio. Necesitábamos un cambio en la coordinación para alcanzar un nuevo equilibrio”, señaló.

El esquema de metas de inflación —que utiliza la tasa de interés como principal instrumento— fue acompañado por una estrategia orientada a influir en la formación de expectativas. Según Tolosa, ese componente no debe ser interpretado como un complemento de la política monetaria, sino como una herramienta con capacidad propia para incidir sobre los resultados.

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“[La comunicación] es política en sí misma y no solo una explicación de la política; es ahí cuando empezamos a lograr resultados. Nuestras expectativas de inflación bajaron muy rápido”, afirmó.

En ese marco, el titular del BCU planteó que existe un vínculo directo entre credibilidad y costo de la desinflación. A mayor capacidad para alinear expectativas, menor necesidad de recurrir a instrumentos contractivos más intensos.

“Debido a que la comunicación tiene esta promesa de bajar la inflación a un menor costo, existe la responsabilidad moral de invertir tantos recursos como sea posible para hacerlo bien”, sostuvo.

El enfoque también implicó una redefinición del rol de los bancos centrales. Más allá de la fijación de tasas, la institución se concibe como un actor que construye interpretaciones sobre la economía que influyen en el comportamiento de los agentes.

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Los bancos centrales también están en el negocio de producir y construir narrativas sobre la economía... y si esas narrativas se creen, empiezan a dar forma a la realidad que están describiendo”, explicó.

En esa línea, Tolosa propuso incluso un cambio conceptual en la forma de denominar estas tareas. “No lo llamemos más comunicación... llamémoslo ‘ingeniería de expectativas de inflación’. No llamemos a los oficiales públicos ‘analistas de comunicación’, llamémoslos ‘arquitectos del discurso’”.

El proceso incluyó, además, ajustes en el diseño del propio régimen monetario. Entre ellos, destacó la modificación del esquema de metas: “Cambiamos lo que solía ser un rango objetivo con un punto medio a un punto target... eso jugó un papel muy importante para que las expectativas se coordinen”.

Según el funcionario, estos cambios no requirieron reformas legales para ser efectivos. En ese sentido, trazó un paralelo histórico: “Paul Volcker cambió la historia de la Fed para siempre sin ningún cambio legal... Nosotros no necesitamos un cambio legal para bajar las expectativas tanto como la gente decía”.

La experiencia uruguaya fue presentada en un foro que reúne a autoridades económicas, ejecutivos y académicos para analizar la evolución de la economía global. En ese ámbito, el caso se expuso como un ejemplo de cómo la coordinación de expectativas, sostenida en el tiempo, puede contribuir a consolidar un proceso de desinflación con menores costos sobre la actividad.

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