Bloomberg Línea — El regreso de El Niño ya no figura como un riesgo remoto para América Latina. Citi sostiene que el fenómeno climático se está convirtiendo rápidamente en el escenario central para 2026, con una probabilidad cercana al 80% de que las condiciones asociadas al evento se materialicen durante el tercer trimestre y una posibilidad de entre 35% y 40% de que alcance una intensidad fuerte hacia finales de año.
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La advertencia llega en un momento en que la inflación regional ha moderado su ritmo respecto a los máximos registrados en años recientes y varios bancos centrales han concluido o están cerca de concluir sus ciclos de flexibilización monetaria.
Sin embargo, el análisis de Citi concluye que el impacto de El Niño no depende únicamente de la magnitud del fenómeno climático, sino también de las condiciones macroeconómicas en las que se produce.
Para Ernesto Revilla y Felipe Juncal, de Citi Research, “El Niño no es un riesgo de cola para América Latina en la medida en que rápidamente se está convirtiendo en el escenario base”.

Esa conclusión surge de un análisis realizado sobre ocho economías latinoamericanas entre 1990 y 2026, que encuentra que las respuestas de la inflación pueden multiplicarse entre dos y 17 veces cuando el fenómeno coincide con contextos de inflación elevada.
Los analistas sostienen que una lectura regional puede resultar engañosa, porque los efectos difieren significativamente entre países. Mientras Colombia y México aparecen como las economías más expuestas a presiones inflacionarias, Chile y Panamá muestran una vulnerabilidad considerablemente menor en términos de inflación general.
Colombia y México concentran los mayores riesgos
El informe identifica tres canales principales a través de los cuales El Niño puede trasladarse a los precios: alimentos, energía y pesca o materias primas. La importancia de cada uno varía según la estructura económica de cada país, su matriz energética y el peso de los alimentos dentro de las canastas de consumo.
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El canal alimentario suele ser el más rápido. El fenómeno altera los patrones de lluvia en distintas regiones de América Latina, provocando inundaciones en algunas zonas y sequías en otras. El resultado depende de la magnitud de las afectaciones sobre la producción agrícola y de la importancia de los alimentos dentro del índice de precios al consumidor.
En el caso colombiano, Citi considera que la electricidad representa el principal foco de atención. El país genera cerca del 70% de su energía mediante fuentes hidroeléctricas, por lo que una reducción de las precipitaciones puede disminuir los niveles de los embalses y obligar a utilizar generación térmica más costosa.
Esa vulnerabilidad explica por qué Colombia encabeza la clasificación de riesgos elaborada por la entidad. Según sus estimaciones, un choque asociado a El Niño podría generar una respuesta acumulada de la inflación general de hasta 3,26 puntos porcentuales seis meses después del evento, frente a apenas 0,19 puntos porcentuales en una estimación promedio no condicionada.

Los analistas afirman que “el resultado de Colombia es el más llamativo de la muestra”, al tiempo que sostienen que “los niveles de los embalses de Colombia son el indicador líder más importante que debe monitorearse en el corto plazo”.
México registra la segunda mayor sensibilidad dentro del grupo analizado. Citi calcula una respuesta acumulada de hasta 2,48 puntos porcentuales en la inflación general, aunque con un retraso considerablemente mayor, alcanzando su punto máximo alrededor del mes 16.
La diferencia respecto a Colombia refleja la diversidad de efectos regionales dentro de la economía mexicana. El informe vincula las presiones de precios a una combinación de aumentos en los costos agrícolas del sur del país y efectos energéticos que terminan trasladándose gradualmente a otros sectores.
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Brasil y Perú también presentan impactos relevantes. En Brasil, Citi estima una respuesta acumulada cercana a 1,47 puntos porcentuales, asociada principalmente a sequías en el noreste que pueden afectar productos como café, azúcar y cítricos.
En Perú, el efecto proyectado alcanza 1,15 puntos porcentuales y está relacionado tanto con alimentos como con las perturbaciones sobre la actividad pesquera.
Energía, alimentos y pesca explican la transmisión a los precios
Uno de los hallazgos centrales del estudio es que las correlaciones simples entre El Niño y la inflación tienden a subestimar el impacto real del fenómeno. Según Citi, los efectos no son lineales y se amplifican cuando el choque climático coincide con niveles elevados de inflación.

Los autores concluyen que “las respuestas de la inflación general en el estado de El Niño son entre 2 y 17 veces mayores que el promedio incondicional”, una diferencia que atribuyen a la interacción entre el fenómeno climático y las condiciones macroeconómicas existentes.
El canal energético adquiere especial importancia en varios países andinos. La reducción de los niveles de agua en los embalses suele traducirse en mayores costos de generación eléctrica, aunque ese efecto tarda entre seis y doce meses en reflejarse plenamente en las tarifas y posteriormente en los precios al consumidor.
Perú incorpora además un mecanismo adicional. El informe recuerda que el país es el principal exportador mundial de harina de pescado y que El Niño altera las corrientes frías que sostienen la población de anchoveta. Cuando esa dinámica se interrumpe, la producción pesquera puede verse afectada y generar consecuencias tanto a nivel local como internacional.
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Panamá enfrenta una situación distinta. Las menores precipitaciones pueden reducir los niveles de agua del lago Gatún y limitar el tránsito por el Canal de Panamá, aumentando los costos logísticos y afectando cadenas de suministro regionales.
A pesar de ello, Citi no encuentra una amplificación estadísticamente significativa de la inflación general en Panamá, Chile o Costa Rica durante episodios de El Niño. En Chile, sin embargo, el análisis detecta riesgos importantes en la inflación subyacente.
Las implicaciones para los bancos centrales
El informe señala que la inflación subyacente suele reaccionar con retraso respecto a la inflación general. Mientras los efectos sobre alimentos aparecen entre los meses dos y seis posteriores al choque, la transmisión hacia componentes más persistentes puede tardar entre seis y doce meses adicionales.

Ese patrón resulta especialmente relevante para las autoridades monetarias porque implica que, cuando la inflación subyacente comienza a acelerarse, el impacto inicial del fenómeno climático ya lleva varios meses desarrollándose.
México presenta una de las respuestas más elevadas en inflación subyacente, con un aumento acumulado de hasta 1,78 puntos porcentuales hacia el mes 17. Ecuador alcanza 1,85 puntos porcentuales alrededor del mes 11, mientras Brasil registra una respuesta cercana a 1,47 puntos porcentuales.
Chile destaca por la velocidad de transmisión. Citi calcula que la inflación subyacente podría aumentar hasta 1,53 puntos porcentuales en apenas cuatro meses.
Los analistas sostienen que “la respuesta dependiente del estado de la inflación subyacente de Chile merece una atención particular”, debido a que el efecto estaría impulsado principalmente por la energía y no por los alimentos.
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Para la política monetaria, el informe identifica riesgos especialmente elevados en Colombia y Perú. Citi estima que la inflación colombiana podría aumentar entre 1,5 y 3,3 puntos porcentuales acumulados durante los seis meses posteriores a un choque fuerte, un movimiento con capacidad para influir en las discusiones del banco central sobre tasas de interés.
Aunque la entidad reconoce que el contexto macroeconómico de 2026 es más favorable que el observado durante 2023 y 2024, también destaca que el fenómeno está avanzando más rápido que en ciclos anteriores.
Esa aceleración reduce el tiempo disponible entre las primeras señales meteorológicas y la aparición de efectos visibles sobre los precios, una variable que mercados y bancos centrales seguirán de cerca durante los próximos meses.













