Si existe una región en la que la administración Trump está generando un impacto significativo, esa es América Latina.
En menos de 16 meses, el segundo gobierno de Donald Trump derrocó por la fuerza a Nicolás Maduro y convirtió a Venezuela en un protectorado estadounidense de facto. Amenazó con “recuperar” el Canal de Panamá y, según informes, se prepara para actuar contra Cuba tras imponer un duro bloqueo petrolero. Interfirió en elecciones locales para favorecer a los aliados de Estados Unidos, impulsó deportaciones masivas hacia el sur, presionó a México y sancionó a funcionarios de gobiernos elegidos democráticamente. Y eso sin mencionar los aranceles ni su enfoque punitivo contra el narcotráfico.
Y, no obstante, a pesar de la asombrosa audacia de una Casa Blanca empeñada en restaurar abiertamente la preeminencia de Estados Unidos en el hemisferio occidental, su éxito hasta ahora ha sido limitado en lo que concierne a contrarrestar la influencia de China en toda la región, su mayor objetivo estratégico declarado.
La campaña de presión de Trump no ha conseguido desmantelar la asociación que la mayoría de los líderes de América Latina han forjado con Pekín.
Los flujos comerciales entre China y la región, en particular con Sudamérica, son más sólidos que nunca, al tiempo que los acuerdos comerciales se han mantenido firmes, a pesar de que las declaraciones públicas de simpatía se hayan atenuado.
Si Estados Unidos se toma en serio la intención de reducir la presencia de China en Latinoamérica, tendrá que redoblar sus esfuerzos y ofrecer más incentivos a la región, en vez de lo que a menudo se percibe como una interferencia constante.
Los incentivos económicos son los que permiten a los líderes de la región mostrar a sus electores avances concretos. De esta forma, Washington recuperará su prestigio y será considerado un socio fiable y afín. La afinidad ideológica y las sonrisas cordiales en las fotos con Trump en Mar-a-Lago no serán suficientes.
Consideremos Panamá como un ejemplo aleccionador: a partir de las amenazas iniciales de Trump sobre el canal, el gobierno del presidente José Raúl Mulino volvió decididamente a la órbita de Washington, frenando la influencia que China venía construyendo de forma constante en esa nación centroamericana.
A inicios de este año, la Corte Suprema de Panamá invalidó los contratos de la empresa CK Hutchison Holdings Ltd., con sede en Hong Kong, para gestionar dos puertos estratégicos situados en ambos extremos del canal, una decisión jurídica de gran alcance con consecuencias geopolíticas explícitas.
La respuesta de Pekín no se ha hecho esperar.
El Gobierno de Xi Jinping advirtió a Panamá de que pagaría un “alto precio” por ceder ante lo que denominó “hegemonía estadounidense”, mientras que, según se informa, ha tomado medidas contra los buques con bandera panameña y ha paralizado las inversiones.
Quizás China solo esté enviando una señal a otras naciones sobre el coste de provocar su ira, pero cualquiera que observa la situación en la región debería preocuparse por el tono y la postura que Pekín está adoptando hacia un país al que, hasta hace poco, trataba como un socio cercano.
Aun así, cuando el Departamento de Estado de EE.UU. emitió una declaración conjunta respaldando la soberanía de Panamá frente a los intentos de desestabilización de China, solo los gobiernos de Bolivia, Costa Rica, Guyana, Paraguay y Trinidad y Tobago la firmaron.
Ni Javier Milei Ni José Antonio Kast, ni Daniel Noboa, tres de los aliados ideológicos más cercanos de Trump en la región, ni ninguna de sus mayores economías firmaron, un resultado pobre para cualquier hegemón autoproclamado.
Sí, China ha experimentado recientemente una serie de reveses significativos más allá de Panamá. México le ha impuesto aranceles considerables a las importaciones chinas, Pekín se ha quedado sin aliados clave como Venezuela y Bolivia, y EE.UU. ha hecho avances en la cooperación con Brasil en materia de minerales críticos.
Ahora bien, la realidad general es que, por muy valioso que pueda parecer Washington como aliado ideológico y socio en materia de seguridad, el enfoque mercantilista de su estrategia para la región latinoamericana resulta cada vez más insuficiente.

Los datos comerciales lo dicen todo.
Durante los primeros cuatro meses de 2026, Brasil aumentó sus exportaciones a China, su mayor socio comercial, en más de un 25% interanual, hasta alcanzar los US$35.600 millones. Los envíos a EE.UU., por el contrario, cayeron casi un 17% durante el mismo periodo.
En la Argentina de Milei, las exportaciones a China se dispararon un 86%, aunque partiendo de una base mucho más baja. Se observan patrones similares en la mayoría de las principales economías de la región, con Colombia como principal excepción.
Incluso Honduras, que se ha acercado inequívocamente a Washington desde que Nasry Asfura asumió el cargo en enero, se ha mostrado muy cauteloso a la hora de deshacer los acuerdos con China firmados bajo su predecesora, Xiomara Castro, quien rompió relaciones diplomáticas con Taiwán en 2023.
“EE.UU. deberá hacer muchísimo más para desplazar a China, ideológicamente y también como partner comercial”, me dijo Carlos Ruiz-Hernández, diplomático panameño y exviceministro de Relaciones Exteriores, añadiendo que Washington debería promover la inversión en países específicos como forma de demostrar que estar de acuerdo con el Tío Sam reporta beneficios concretos. “Hay que ganarse los corazones y las mentes”.
Mientras Trump se reúne con Xi en Pekín esta semana, los responsables políticos de América Latina estarán observando la coreografía y cualquier acuerdo alcanzado entre las dos mayores economías del planeta.
Para algunos líderes regionales, una cumbre constructiva puede ser la señal que necesitan para profundizar su relación con China, y no lo contrario.
No sería sorprendente, por ejemplo, que Milei viaje a Pekín en las semanas posteriores a la visita de Trump. Se trata del mismo Milei que en su día llamó a China “asesina”. Al fin y al cabo, si los propios EE.UU. no pueden desvincularse por completo de China, ¿por qué una nación latinoamericana mucho más pequeña habría de sacrificarse por los objetivos de Washington?
Ahí está el principal reto al que se enfrenta la política estadounidense respecto a la región: debe ofrecer acuerdos lo suficientemente atractivos como para convencer de que vale la pena mantener esa alianza, más allá de los costes asociados a sus intervenciones y amenazas.
Y mientras la Casa Blanca de Trump se centra en contrarrestar los símbolos más visibles de la presencia de China en la región, desde el gigantesco puerto de Perú hasta los proyectos de telescopios en los Andes, el gigante de Asia continúa ampliando su influencia a través de VE asequibles e inversiones en empresas emergentes.
En definitiva, el dinero es lo que manda. Precisamente, Trump debería saberlo mejor que nadie.
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