Opinión

¿Están las cosas verdaderamente tan mal? En realidad, no

Las casas son más bonitas que el barrio.
Por Tyler Cowen
04 de julio, 2022 | 12:37 pm
Tiempo de lectura: 3 minutos

Bloomberg Opinión — Antes de comenzar, por favor, tenga en cuenta: no soy un pesimista. No voy en corto con el mercado, y creo que es mucho más probable que el mundo se las arregle a que se desmorone. Sin embargo, ahora creo que el futuro será mucho más irresponsable y estúpido de lo que yo creía.

Cada vez me preocupa más que el éxito y el fracaso de la humanidad se rijan por el gusto: el lado de la demanda, en términos económicos. Si hay menos barrios residenciales hermosos y encantadores después de la Segunda Guerra Mundial, es porque la mayoría de la gente no quiere vivir en ellos. Si hoy hay menos películas con el impacto dramático y el rigor compositivo de “Citizen Kane” (Ciudadano Kane), es porque la gente no quiere verlas. No es que sea demasiado difícil o caro hacer otro “Citizen Kane”.

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De nuevo, esto no es un argumento para el pesimismo. Las películas de Hollywood pueden ser peores, pero los programas de televisión son mucho mejores. Los barrios pueden parecer menos interesantes, pero el interior de las casas es más confortable. Por cada concierto barroco potencialmente perdido, hay ganancias en otras áreas de la vida.

Aun así, es sorprendente lo mucho que puede decaer la calidad del gusto, y mantenerse así durante largos periodos.

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El contagio social desempeña un papel importante en este proceso. Es decir, cuando algunas personas se interesan por un género concreto, muchas otras pueden seguirlo: Pensemos en el auge de la Beatlemanía. El proceso también funciona a la inversa: Pensemos en el declive de la música disco.

La cuestión es por qué algunos gustos particulares disminuyen y otros aumentan. Es probable que haya explicaciones estructurales profundas, pero en su mayor parte esas razones no son transparentes para nuestra comprensión. A efectos prácticos, muchos cambios en los gustos culturales son aleatorios.

También es importante darse cuenta de que gran parte de la política tiene que ver con los gustos estéticos por un conjunto particular de valores, un conjunto particular de personas, un conjunto particular de procesos y resultados. Hubo una serie de revoluciones democráticas que comenzaron a finales del siglo XVIII, al igual que hubo numerosas revoluciones fascistas que comenzaron a principios del siglo XX y revoluciones neoliberales en la década de 1990. El contagio social también puede ayudar a explicarlas.

Mi temor, sencillamente, es que hemos entrado en una época en la que el gusto popular por los buenos resultados políticos, y los procesos políticos justos, es mucho más débil de lo que solía ser. Se podría pensar que la gente siempre querría al menos resultados políticos decentes, pero esa hipótesis es cada vez más difícil de defender en los últimos 10 años, tanto en Estados Unidos como en el resto del mundo. El apego a la democracia, por ejemplo, parece significativamente más débil, al igual que el amor por el capitalismo. Los gustos de la gente están siendo arrastrados en diferentes direcciones, ya sean los Proud Boys o los extremadamente woke.

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Todo esto quiere decir que una posibilidad bastante simple y poco gloriosa es cada vez más probable: la gente ha dejado de querer que sucedan cosas buenas.

Me doy cuenta de que esta explicación es banal y no tiene mucho atractivo emocional. Mucha gente prefiere las teorías de la conspiración, o las hipótesis teóricas muy estructuradas, o echar la culpa a alguna facción política concreta, normalmente una a la que se oponen. O se centran en algún tema muy concreto, como el cambio climático.

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Yo considero que todos esos problemas, por muy reales que sean, se alejan de la cuestión más fundamental: ¿Por qué nuestros sistemas de gobierno no han respondido mejor a los dilemas que más nos preocupan?

Llegados a este punto, se preguntará cómo es que todavía me considero optimista. Permítame citar a Adam Smith: “Hay mucha ruina en una nación”. Tanto los Estados Unidos como el mundo tienen más talento, y más inversión de capital, de lo que nunca han tenido. Aunque cometamos muchos errores, nuestros problemas no serán tan graves como los que sufría el mundo en 1980, una época de pobreza generalizada y regímenes comunistas brutales en varios continentes.

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Y recuerde: Los gustos pueden y van a cambiar de nuevo, en direcciones más positivas. “Depende de nosotros” puede ser una fuente de alegría o de desesperación. Diga lo que quiera de la civilización moderna, pero no puedo dejar de notar que Mozart tiene muchísimos likes en YouTube.

Esta nota no refleja necesariamente la opinión del consejo editorial o de Bloomberg LP y sus propietarios.

Este artículo fue traducido por Estefanía Salinas Concha

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